Verónica Yattah, Me pedís que te ate el pelo...



Verónica Yattah, Me pedís que te ate el pelo...


Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís "haceme un peinado".
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.


Verónica Yattah (Buenos Aires, 1987), Los perros también se van. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.

Víctor Redondo, lo mío es hundir las manos en el fango



Víctor Redondo, lo mío es hundir las manos en el fango


VI

Pero las raíces del hombre se pierden
en tiempos que ninguna memoria alberga.
El hombre es tan colosal como el Mato Grosso
tan inmenso como los Andes -esa mujer dormida sobre el cuerpo de América-
y su fuerza es, finalmente, 
más poderosa que cualquier mecanismo.
Y no me interesa la política
ni las estadísticas ni la demografía
lo mío es otra cosa
es un viaje a tientas hacia el comienzo de todo
es una visión hacia atrás
un espejo boca abajo sobre la cresta de los siglos
y la vida y la muerte de Todo condensada en un punto.
Pero también me interesa la política
y las estadísticas y la demografía
porque lo mío es hundir las manos en el fango
es sacar a luz la mierda de las cloacas
es un espejo hacia adelante
un espejo manchado con mi aliento
porque vivo y vivimos
porque una mujer aún derrocha su alegría en mis ojos
porque en la noche
siento el placer de millones de amantes
siento el universo arrodillado en mis sábanas
porque el amor
ese Capitán de la Luz al timón de nuestro barco
porque la vida
             y cometas
              y astros errantes
              y las plantaciones y los ríos y los bosques
porque amor
              como un ave sagrada que resurge de los océanos
amor o vida     o dos mil años de incivilización
Entonces jóvenes
todo el amor 
pero ninguna piedad. 


Víctor Redondo (Buenos Aires, 1953), 70 poemas. Hilos editora. Buenos Aires. 2014.

Gabriel Balmaceda, Me arrodillo y te lo hago sin manos...



Gabriel Balmaceda, Me arrodillo y te lo hago sin manos...


Me arrodillo
y te lo hago sin manos

se escuchan
los perros ladrar afuera
quizás un fantasma
esté cruzando la calle

subo y bajo
aprieto los labios
contra la carne
firme y caliente

siento tu voz
que se apaga 
a lo lejos
como una radio
que deja de funcionar

te miro 
desde abajo
y tus ojos
se hacen más profundos
con cada impulso

la luz 
entra por la ventana
cada vez más blanca
e ilumina todo

cada fracción de segundo
cada parte de vos

ahora 
mi boca 
está prendida fuego
tus manos
no saben qué hacer
y tu pija 
a punto de explotar.



Gabriel Balmaceda (Buenos Aires, 1990) Inédito. 2014.

Catalina Boccardo, he decidido arrojarme a búsquedas poco controladas...



Catalina Boccardo, Figura doce


he decidido arrojarme
a búsquedas poco controladas

antes me paraba detrás de un cuerpo
en el patio frío

corregía conductas
"no debo molestar" "no debo hablar"

hasta rompí dibujos por una sanción severa
doscientas oraciones

esas mujeres eran mis maestras
exigían tomar distancia


Catalina Boccardo (Buenos Aires, 1961), Clases de collage. Plaquettes de La mariposa y la iguana. Buenos Aires. 2014.

Patti Smith, No tengo idea de dónde estoy ni deseos de preguntar




Patti Smith, No tengo idea de dónde estoy ni deseos de preguntar.

Pienso que levantaré campamento. Repetición de una fórmula anterior. La almohada del dinero, la larga fumada, el libro. El libro toma el lugar de la música. No tengo idea de dónde estoy ni deseos de preguntar. Estoy en Munich y la luz está cayendo. Tengo un relámpago de inspiración. Paro un auto y entretengo al conductor a cambio de que me lleve a la ciudad. Pago un amplificador, una guitarra eléctrica, cuerdas, púas y una tira para sujetármela. Prometo volver pocas horas después. Me consigo un hornillo, algo de papel y una máquina de escribir. En una parte remota de la ciudad encuentro un cuarto. Necesita pintura por lo cual ofrezco placer a uno de los chicos locales. Trabaja como camarero a poca distancia, en un club de rock and roll. Él trabaja para mí pero se niega a tomar nada a cambio. Me trae licor y chicle y dice que quizá la próxima vez. No tiene nombre y tiene el rostro de un ángel.
Las tiendas han cerrado. No puedo recoger mis compras. Me tiro en la cama y miro el techo. De repente me siento sucia, agitada. Tomo una campera de cuero color chocolate y me aventuro por las tristes calles comerciales. Camino largo rato. No hay nadie a mi alrededor. Estoy perdida en el sistema solar de un condominio alemán moderno. Llamo a un taxi y le digo que me deje junto a la rampa del club Yes. No me quedo mucho porque las mujeres me crean problemas. Una me da su collar. Otra me da todo. La llevo a un coche estacionado en la parte de atrás. La música es aburrida; las luces, chillonas. Estaba pensando llevármela de vuelta a mi cuarto pero decidí hacérmela allí mismo en el coche. Agradecí su estupidez y su bonito vestido. Hice que se arrodillara para mí. Retorcí sus pezones y le anestesié el coñito masajeándolo con un lento movimiento circular. Ella seguía con las medias puestas. Me la trabajé lenta y maquinalmente. Perdió el control y dejó caer un zapato. Dentro había un fajo de marcos alemanes que me robé. Se abrió para un beso y le metí una pequeña goma de borrar rosada. La dejé maldiciéndome atragantada y partí con mi ángel guardián en su motocicleta.


Patti Smith, Babel, 1978.

Sandra Cornejo, Bajo los ríos del cielo


Sandra Cornejo, Bajo los ríos del cielo





Isla de los manzanos

Qué es la vida sino detalles.
Cerrar las ventanas por la noche.
Aguardar que las manzanas asadas
te cobijen.
Observar en el verde
lo frondoso que ha crecido el ficus.
Comprobarle a la casa sus sueños.
Leer en su texto indeleble
la certeza tallada con el corazón.
Como si de pronto un druida
se hubiera hecho cargo
del mundo y su peso
sentirse
de tanto en tanto
a salvo.


Nombre

Una vez tuve un nombre
que me arrancaron abruptamente luego.


En mi mente y mi cuerpo
quedé yo
-hijo de alguien-
venido un día al universo.


Desde entonces
con mi alma floto
en la placenta a la cual
a medias pertenezco


solo de mí
como cada uno de nosotros
pero más desnudo todavía.


Sandra Cornejo (La Plata, 1962), Bajo los ríos del cielo. Ediciones al Margen. 2014. 

Julio Ramón Ribeyro, “Las botellas y los hombres


Julio Ramón Ribeyro, "Las botellas y los hombres" (fragmento)


En un rincón, Luciano asistía mudo a esta escena. Sus ojos animados, en lugar de posarse en su padre, viajaban por los rostros de sus amigos. La atención que en ellos leía, el regocijo, la sorpresa, eran los signos de la existencia paterna: en ellos terminaba su orfandad. Ese hombre de gran quijada lampiña, que él había durante tantos años odiado y olvidado, adquiría ahora tan opulenta realidad, que él consideraba como una pobre excrecencia suya, como una dádiva de su naturaleza. ¿Cómo podría recompensarlo? Regalarle dinero, retenerlo en Lima, meterlo en sus negocios, todo le parecía poco. Maquinalmente se levantó y se fue aproximando a él, con precaución. Cuando estuvo detrás suyo, lo cogió de los hombros y lo besó violentamente en la boca.
El viejo, interrumpido, hizo un movimiento de esquive sobre la silla. Los amigos rieron. Luciano quedó desconcertado. Abriendo los brazos a manera de excusa, regresó a su silla. Su padre prosiguió, luego de limpiarse los labios con la manga.
Se hablaba de mujeres. Luciano se sintió de súbito triste. En su copa de champán quedaba un concho espumoso. Con un palillo de fósforo perforó sus burbujas mientras se acordaba de su madre, a quien visitaba de cuando en cuando en el callejón, llevándole frutas o pañuelos. Su atención se dispersaba. Alguien hablaba de ir a las calles alegres de La Victoria. Siempre era así: en las reuniones de hombres, por más numerosas que fueran, siempre llegaba un momento en que todos se sentían profundamente solos.


Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994), “Las botellas y los hombres”. En La palabra del mudo. Carlos Milla Batres editor. Lima. 1972.

Consuelo Fraga, un modo de esperar que hierva el agua...



Consuelo Fraga, El juego de la Oca


De las arañas 
mi tía abuela decía
-como yo de las penas- 
no importa, hay que matarlas
de chiquitas
si no, se vienen grandes y te pican.

A María Luisa
le gustaba la farra,
pintarse, salir con amigos
ir al casino y las novelas
de Agatha Christie.

Hacía ñoquis
y antes de echarlos al agua
los contaba de a uno
con las esperanza de arrancarles
algún día, el numerito ganador.

La quiniela es más difícil
que matar a un burro a pellizcones.
Era su pasatiempo de invierno,
la verdadera joda venía después,
de diciembre a marzo
metiendo ficha en la rula.

Números lindos
el diecisiete, el veintiuno...
Números feos, el cero, sobre todo.

Feo es ser gorda y pobre
decía, a veces, como aburrida.
Vaya a saber si ésa era su pena,
o simplemente un chiste,
una ironía, un modo de esperar
que hierva el agua. 


Consuelo Fraga (Buenos Aires, 1969), Stabat mater. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2013.

Luis Bacigalupo, El perro y la felicidad




Luis Bacigalupo, El perro y la felicidad

                                          Si algunos hombres te tienen en gran estima, desconfía de ti mismo.
                                                                                   Epícteto

¿Has visto? Mi paso por ese teatrito fue breve,
recogí algunos aplausos y partí al ágora con la serena
felicidad de un lagarto al sol.
Allí se hablaba de todo,
pero en esencia, se hablaba de nada.
Los cínicos ladraban
mientras unos hipócritas que andaban por ahí
decían esto y lo otro,
en este orden y el inverso.
Eran besados por delante y por detrás,
pero más por detrás que por delante.
Como correspondía, a mi turno hice lo propio,
ladré, lo que significó que me diesen la palabra.
De inmediato experimenté la ferviente felicidad
de una cacatúa.
No obstante hablé lo justo y necesario
para cosechar la piedad de un rebaño afín.
Sus balidos revalidaron mis virtudes
de un decoro menor al de mis vicios.
Nunca fui un Diógenes de Sínope
ni jamás aspiré a serlo.

Mi paso por allí duró, sin embargo, lo que el sueño
de una mariposa.
Curiosamente, luego me convertí en gusano.
¿Pero quién no se ha convertido en gusano alguna vez?

¿Estiércol?
Allí me hospedo de un tiempo a esta parte.
Hay una puerta de entrada y otra de salida.
Es la simplicidad pálida de un menester menesteroso.
Una ventana allí sería una suntuosidad.

Cierto frío esmerilado se adhiere a la superficie de las cosas.
El día, la noche, la lluvia, el sol componen
el conjuro de un barroquismo necio: la vida.
Quién sería capaz de afirmar lo contrario
cuando lo contrario no admite afirmación.

En este estiércol donde he recitado a Blake
presa de visiones incandescentes,
he acariciado por fin la gélida felicidad del alacrán.
Por otra parte,
no hay trámite más engorroso que la vida
para obtener un certificado de defunción.
Qué más se puede pedir.
¿Amor? ¿Fe? ¿Porvenir?

Mejor reír o hacer silencio

a perseguir esa presa absurda.


Luis Bacigalupo (Buenos Aires, 1958). Inédito.

Cristina Piña, Hermandad


Cristina Piña, Hermandad



Hermanos cancerosos,
leprosos, cardíacos y accidentados,
amputados y aplastados por el dolor,
           yo me he unido a ustedes
           desde el grito sin descanso,
           yo comulgué con ustedes
           desde la miseria de un cuerpo
           que se niega a obedecer,
           un cuerpo autónomo en su forma de sufrir
           de pedir un remedio 
           para el daño inaguantable.

Hermanos infartados,
tuberculosos y con delirium tremens,
con el pie baldado por la parálisis cerebral,
con el páncreas hecho trizas por la infección,
           yo como de su mesa y mendigo su pan,
           yo busco en la bella analgesia
           el olvido de la sierra que pulveriza mis huesos,
           yo comparto en la desgracia de un cuerpo
           herido por la enfermedad,
           la condición humana abyecta
           que nos hace más hermanos
           que el amor.

Hermanos sin alivio ni cordura,
hermanos en la escrófula y el herpes,
picados de viruelas, trozados por la peste,
ahogándose en un enfisema atroz,
            yo sé lo que se siente cuando todo el universo
            se reduce a un punto que entra en erupción
            y la lava del dolor nos arrastra 
                                                          nos crucifica 
                                                                             nos cunde
            plegados en el grito y la experiencia del filo
            en las entrañas o en el hueso.

Hermanos en el dolor del cuerpo,
hermanos en la bilis que se vuelca,
las células que, enloquecidas, se devoran a sí mismas,
en el aullido silencioso de la noche de hospital,
en la plegaria entrecortada rumbo al quirófano,
           yo he comido la carne del delirio por el dolor
           que no cesa,
           he bebido el acíbar de la caricia que no calma,
           he conocido la magia sin par de la morfina que de pronto sí,
           de pronto envuelve los nervios calcinados
           con su lienzo y su consuelo.

Hermanos cancerosos, hemipléjicos
o atravesados por una bayoneta,
            somos la idéntica carne irredenta,
            el mismo grito estentóreo o silencioso
            donde claudica nuestra especie.


Cristina Piña (Buenos Aires, 1949), Meditaciones orgánicas. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Pablo Dema, Toneladas de barro había en mi corazón



Pablo Dema, Toneladas de barro había en mi corazón




Colecho
                                                               para Virginia

Sin despertar veo surgir el día.
En la cama de al lado
una sombra dormida solloza.

Aprendí una cosa durmiendo
en albergues y pensiones.

Intentamos en vano
que nuestro niño duerma solo.
No puede ser ya un hombre
porque un hombre es un niño
que ha perdido a su madre
y la persigue a ciegas
en sueños
para siempre.



Toneladas de barro había en mi corazón

No te dedico un poema
porque todo lo que sale de mí
está sucio de mí.

Ninguna palabra en la noche,
solo mis manos
edificando la muralla muda
por donde nadie pasa.
Y vos dormida al otro lado,
mitad materna del nido que somos.

No te dedico un poema
porque todo lo que sale de mí
está sucio de mí.
Toneladas de barro había en mi corazón.



Un amigo
                                                                              
No hay flechazo de la amistad, sino más bien
un hacerse paso a paso,
una lenta labor del tiempo. 
Éramos amigos y no lo sabíamos.
                                                               Maurice Blanchot
1
Hablamos, hablamos,
pasan los días
y no nos hacemos amigos.
La llama del mechero
nos guarda en su círculo de luz,
cuando el sol agrande la cocina
no tendremos ya el mismo centro,
cada uno lo será
de un mundo grande
donde los dos estaremos solos.

2
Aparecen las manchas de humedad
en los altos muros de los diques interiores;
es la amistad que se filtra,
impregna la mampostería, hace olor,
crecen líquenes y hongos,
seres que viven en la felpa de la materia necrosada.

Hablamos, bebemos, reímos
y nos vamos haciendo amigos.

3
Hacer amigos
Hacerse amigos.

Un chico descubre que hay otro en el recinto,
de repente corre mirando al desconocido de soslayo,
el otro lo persigue,
ríen al mirarse de frente por primera vez:
son amigos
y vuelven a correr.

Fácil amistad,
tierna y dulce, pura amistad
que empieza de la nada
y termina sin dolor.


 Pablo Dema (General Cabrera, 1979), Filos. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Andrés Bohoslavsy, El acta



Andrés Bohoslavsky, El acta


a mi madre Sara

Yo, que estoy en el medio del mar
leo el acta, que con unos cuadraditos marcados con una x
deja constancia de la muerte de mi madre

mientras la rompo y el viento se la lleva
depositándola en unas olas gigantes
pienso en ella con sus lentes viejos, leyendo a Chejov
o las cartas familiares de Rusia
y en aquellos años en que era feliz, paseando con mi padre por la playa
mientras yo corría detrás de ellos

me doy vuelta y la veo sentada en una silla en la proa
rodeada por unos albatros que picotean restos de comida

me llama y me siento junto a ella, mientras saca unas fotos viejas
en paisajes extraños, junto a sus padres
y luego otras y otras, como un repaso de su vida
mientras hablamos de las cosas que quedaron sin hacer
de esos planes simples que teníamos
y ya no podremos realizar

giro la vista al mar y cuando me doy vuelta para abrazarla ya no está
a mis pies, veo la foto en que ella está delante de la casa de sus padres
en la calle de la revolución
la llevo al camarote, la pego en la pared
y me acuesto a dormir
en el sueño, escucho su voz, casi imperceptible, que me dice:

-no estés triste, ya nos veremos-

me despierto, me sirvo un vaso de vodka
y miro por el ojo de buey la tormenta que se avecina
voy a la sala de máquinas, a cumplir mi turno
y la escucho nuevamente:

-hijo, el lobo es lobo del hombre-

me río pensando en ella, en esos viejos tiempos
donde soñaba un mundo más justo
sin imaginar que nos convertiríamos en bestias.


Andrés Bohoslavsky (Río Negro, 1950), Una noche en bosque-poesía y otros poemas. Leviatán. Buenos Aires. 2014.

Jorge García Sabal, Él escribe en la noche



Jorge García Sabal, Él escribe en la noche



Infancia


No fue edad de oro; hería la luz
y un fondo oscuro cavaba
en el asombro de los ojos. La inocencia
-perplejidad, verdad desconocida-
encontró en los mayores, en sus sus hábitos
monótonos, el primer sabor agrio,
la intemperie de la soledad.

(¿Imaginaba aquel niño, perdido
en la solicitud doméstica,
las repeticiones, las sucesivas edades
como un faro ciego y solitario que acumula
la misma materia: resignaciones, grietas?)

Tarde y lejos, en infancia, en rostros
que queman el viento, él escribe en la noche.



Mirada


A veces se mira en el espejo, y se busca;
la tensión de los párpados, la frente intacta,
el desafío de los ojos.
Y sonríe y comprende y a veces llora.

Entonces piensa qué generosa fue la vida
y cuanto de amor y odio tuvo la belleza

a Nadia



Jorge García Sabal (Balcarce, 1948- Buenos Aires, 1996), Mitad de la vida. Tabla rasa. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2001.

Stéphane Chaumet, Derrapar




Stéphane Chaumet, Derrapar


el heno negro que mastico es amargo
como una carencia de desnudez

lo que derrapa lleva al encuentro

una lluvia desenfoca los cuerpos
aprovechan se arrugan

tu falda arrancada
donde secar mi rostro
trapo con la huella de un miedo

arañazo
entre las piernas lisas

no sabemos nada uno del otro
salvo el olor


Stéphane Chaumet (Francia, 1971), Reposo en Fuego. Antología poética [1996-2009]. Traducción Myriam Montoya y Stéphane Chaumet.

Roberto Malatesta, Trepado al naranjo un día de llovizna...



Roberto Malatesta, Trepado al naranjo un día de llovizna...

Trepado al naranjo un día de llovizna
mientras mi bolso arquea la rama,
mi abrigo se cubre de pequeñísimas gotas;
debo estar loco de no saber agradecer.

La vida es un árbol que se carga de frutos,
sólo que no hay por qué esperar un día de sol,
sólo que nada hay que esperar sino la vida
corriendo como un viento entre las hojas.

Trepado al naranjo mi bolso arquea la rama,
con esta carga será -pienso- difícil bajar,
mientras tanto prosigo cortando naranjas
entre espinas y gotas de lluvia.



El viento tiene algo que decirnos

El viento tiene algo que decirnos esta noche.
Si no le oímos será porque creemos demasiado en nuestros asuntos.
Será porque confiamos en que nuestras tristezas o nuestras preocupaciones
llegarán a algún sitio. Pero el viento pasa y nunca llega.
Nos hemos acostumbrado a un mundo demasiado seguro,
y si no vemos el fondo de cada cuestión no nos damos por satisfechos,
pero no hay fondo, y las cuestiones no importan.
La seguridad es lo que nos desvela, pero el viento,
el viento tiene algo que decirnos hoy.
No nos ponemos de acuerdo en nuestros desconciertos
y el viento pasa y nos dice algo que lleva nuestros nombres,
el viento que pasa y nunca llega.

Roberto Daniel Malatesta (Santa Fe, 1961). Flores bajo la lluvia. Ediciones del Dock. 1998.

Hilde Domin, Tres modos de tomar nota para escribir poemas



Tres modos de tomar nota para escribir poemas

1
Un cauce de río seco
un cordón blanco de guijarros
vistos desde lejos
desde acá arriba deseo escribir
en letra clara
o un lugar donde están los escombros
canto rodado
deslizándose bajo mis líneas
hacia fuera
para que la vida delicada de mis palabras
el a pesar de ustedes
sea un a pesar de cada letra


Drei Arten Gedichte aufzuschreiben

1
Ein trockenes Flußbett
Ein weißes Band von Kieselsteinen
von weitern gesehen
hierauf wünsche ich zu schreiben
in klaren Lettern
oder eine Schutthalde
Geröll
gleitend unter meinen Zeilen
wegrutschend
damit das heikle Leben meiner Worte
ihr Dennoch
ein Dennoch jedes Buchstabens sei


2
Letras pequeñas
exactas
para que las palabras lleguen sin hacer ruido
para que las palabras se introduzcan
para que deban entrar
a las palabras
busquen en el papel
blanco
sin hacer ruido
no se note cómo entran
a través de los poros
transpiración que fluye hacia adentro

Angustia
mi
nuestra
y a pesar de cada letra


2
Kleine Buchstaben
genaue
damit die Worte leise kommen
damit die Worte sich einschleichen
damit man hingehen muß
zu den Worten
sie suchen in den Weißen
Papier
leise
man merkt nicht wie sie eintreten
durch die Poren
Schweiß der nach innen rinnt

Angst
meine
unsere
und das Dennoch jedes Buchstabens


3
Soy una tira de papel
tan grande como yo
un metro sesenta
sobre un poema
que camina
así como uno que pasa por delante
camina en letras negras
que pide algo imposible
coraje civil por ejemplo
esa valentía que no tiene  ningún animal
con dolor por ejemplo
solidaridad en vez de rebaño
palabras extranjeras
que se hacen familiares en el hacer

Hombre
animal que tiene el coraje civil
hombre
animal que conoce el con-dolor
hombre palabra extranjera-animal palabra-animal
animal
la poesía escribe
poema
pide lo imposible
de cada uno que pasa por delante
con urgencia
ineludible
como si gritase
“Tome Coca-Cola”


3
Ich will einen Streifen Papier
so groß wie ich
ein Meter sechzig
darauf ein Gedicht
das schreit
sowie einer vorübergeht
schreit in schwarzen Buchstaben
das etwas Unmögliches verlangt
Zivilcourage zum Beispiel
diesen Mut den kein Tier hat
Mit-Schmerz zum Beispiel
Solidarität statt Herde
Fremd-Worte
heimisch zu machen im Tun

Mensch
Tier das Zivilcourage hat
Mensch
Tier das den Mit-Schmerz kennt
Mensch Fremdwort-Tier Wort-Tier
Tier
das Gedichte schreibt
Gedicht
das Unmögliches verlangt
von jedem der vorbeighet
dringend
unabweisbar
als rufe es
Trink Coca-Cola“


Hilde Domin (Alemania, 1909- 2006). Traducción: Silvana Franzetti (Buenos Aires, 1965). Tomado de Ich will dich/ Te quiero, Frankfurt am Main, en S. Fischer Verlag, 2001.