Enrique Solinas, Lux amicitia

F. © Carolina García - 2013


Enrique Solinas, Lux amicitia


Tengo un amigo que es capaz de encender
con la belleza de sus palabras la noche.
Mientras intenta el sueño, bajo las sábanas
su cuerpo desnudo es asaltado
por algo parecido al amor,
una máscara triste y lejana,
un juego de reflejos.

Mi amigo canta en la oscuridad y pronto,
pronto se irá de aquí su pena,
pronto se irá como pájaro de fuego.

Porque sé que mi amigo
es más puro que la luz,
aunque no lo pueda ver.

Porque tengo un amigo
que a veces olvida
que es capaz de encender
con la belleza de sus palabras
la noche. 


Enrique Solinas (Buenos Aires, 1969), Corazón sagrado. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.

Luciana "Tani" Mellado, Mi pecho es una pared hueca...



Luciana "Tani" Mellado, Aunque el eclipse


Engullir por el sexo un hijo muerto
y escupirlo al costado del tiempo
para arrancar la maleza
de su carne.

Los granos el maíz oscuro
no siempre son veneno.

Crece la luna en el blanco
aunque el eclipse.

Desde adentro la vida enrojece
la muerte y viceversa.

En la distancia me desboco
los deseos,

animal que chilla

sangro.

Hasta un insecto puede ser
una treta de Dios.



Una pared hueca


el pecho se me llena
de ruidos
como ratas 
que chillan
adentro de una pared
hueca

mi pecho es una pared
hueca

no me puedo dormir
con tanto ruido
callada no es mejor
el silencio exagera
su ladrido en la piel
del sueño
que no viene.

¿escuchás los ladridos?
¿los chillidos?

hay animales pequeños
que dan miedo


Luciana "Tani" Mellado (Buenos Aires, 1975), Animales pequeños. Ediciones La Carta de Oliver. Buenos Aires. 2014. 

José Watanabe, El kimono

Illustration by Kerry Hyndman 


José Watanabe, El kimono


Mi padre y mi madre eran sombras dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero. 

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosísimos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.

Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.


José Watanabe (Trujillo, 1945- Lima, 2007).

Silvina López Medin, Como ese cumpleaños al que llegamos tarde



Silvina López Medin, Como ese cumpleaños al que llegamos tarde


Y al preguntar por la tía enferma
una prima dijo "tenía sueño, se fue a dormir"
por la forma en que miró el rincón
donde una nena chupaba restos 
de corazón de torta
pegados a una vela, supimos
no la veríamos otra vez.

Alguien hizo con los dedos un hueco
probó encender la llama que el viento apagaba,
alguien recogió del suelo uno por uno
pañuelos de papel,
alguien tomó papel y lapicera
pero la tinta no salía,
alguien dejó su pálido rouge en el borde de una copa,
alguien frotó el círculo de esa copa marcado en la madera,
alguien miró la madera y dijo "Oh"
cuando no había 
de qué asombrarse, antes
de que otra nena
saliera de su escondite bajo la mesa y de un tirón
del mantel
arrasara con la medida de esos gestos.


Silvina López Medin (Buenos Aires, 1976), Esa sal en la lengua para decir manglar. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Corto Blanco



Rita Kratsman, El grano del poema también germina en el caos

F: Fernando Lipina



Rita Kratsman, Salgo de Giverny como se sale de una frase…



Salgo de Giverny como se sale de una frase y
entro a un sueño aderezado:

(bazar de alimentos
o mercado de idiomas y colores

Ese toque de vehemencia contenido en palabras
de ciertas lenguas no
de todas
¿por qué este hecho debería justificar el desencuentro?

y a cada rato

descubro algo que antes no había visto
la vida fluye
alrededor de los inciensos mientras canta
un minarete
hay que oler y tocar
los frutos secos, canela en ramas, jabones
de aceite de oliva y otras cosas

el regateo es parte del negocio
como la paciencia de acosamiento

elijo un té perfumado, de manzana
para compartir con
fumadores de opio)



//

tierra firme, recibo bruscamente la intemperie, hora
en que también el mar azul de la vegetación bajo un cielo
plomizo…

si la casa es segura la tormenta es buena aunque
la próxima vez debería escuchar un poco más
al viento
barullo de pájaros, los arcos oscilantes del ramaje anuncian
las primeras gotas, voy hasta la galería para ver desde ahí
cómo se arma el revuelo
pulverización momentánea del lenguaje

¿en qué lenguaje puedo ser comprendida?

al fin me convenzo, el motivo
no desaparece por el simple hecho de llover
el grano del poema también germina en el caos, me digo
hay que escribir aunque esté sola en mi alta soledad
la visión del estanque
empieza a hacerse borrosa
oh qué triste
no podría haberlo dicho de otro modo.


Rita Kratsman. Giverny. Editorial El jardín de las delicias. Buenos Aires. 2014.




Sylvia Plath, Borde



Sylvia Plath, Borde (traducción: Griselda García)


La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo

Muerto tiene la sonrisa de la realización,
La ilusión de una necesidad griega

Fluye por los pliegues de su toga,
Sus pies

Desnudos parecen decir:
Hemos llegado tan lejos, se terminó.

Cada niño muerto enroscado, una serpiente blanca,
Uno a cada pequeña

Jarra de leche, ahora vacía.
Ella los ha plegado

De nuevo hacia su cuerpo como pétalos
De una rosa cerrada cuando el jardín

Se endurece y los olores sangran
Desde las dulces, profundas gargantas de la flor nocturna.

La luna no tiene por qué estar triste
Mientras observa desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.



Sylvia Plath, Edge

The woman is perfected.   
Her dead

Body wears the smile of accomplishment,   
The illusion of a Greek necessity

Flows in the scrolls of her toga,   
Her bare

Feet seem to be saying:
We have come so far, it is over.

Each dead child coiled, a white serpent,   
One at each little

Pitcher of milk, now empty.   
She has folded

Them back into her body as petals   
Of a rose close when the garden

Stiffens and odors bleed
From the sweet, deep throats of the night flower.

The moon has nothing to be sad about,   
Staring from her hood of bone.

She is used to this sort of thing.
Her blacks crackle and drag.



Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963), The Collected Poems. HarperCollins. New York. 2008. Traducción: Griselda García


N.B.: Esta traducción está en periódica revisión. 

Verónica Yattah, Me pedís que te ate el pelo...



Verónica Yattah, Me pedís que te ate el pelo...


Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís "haceme un peinado".
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.


Verónica Yattah (Buenos Aires, 1987), Los perros también se van. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.

Víctor Redondo, lo mío es hundir las manos en el fango



Víctor Redondo, lo mío es hundir las manos en el fango


VI

Pero las raíces del hombre se pierden
en tiempos que ninguna memoria alberga.
El hombre es tan colosal como el Mato Grosso
tan inmenso como los Andes -esa mujer dormida sobre el cuerpo de América-
y su fuerza es, finalmente, 
más poderosa que cualquier mecanismo.
Y no me interesa la política
ni las estadísticas ni la demografía
lo mío es otra cosa
es un viaje a tientas hacia el comienzo de todo
es una visión hacia atrás
un espejo boca abajo sobre la cresta de los siglos
y la vida y la muerte de Todo condensada en un punto.
Pero también me interesa la política
y las estadísticas y la demografía
porque lo mío es hundir las manos en el fango
es sacar a luz la mierda de las cloacas
es un espejo hacia adelante
un espejo manchado con mi aliento
porque vivo y vivimos
porque una mujer aún derrocha su alegría en mis ojos
porque en la noche
siento el placer de millones de amantes
siento el universo arrodillado en mis sábanas
porque el amor
ese Capitán de la Luz al timón de nuestro barco
porque la vida
             y cometas
              y astros errantes
              y las plantaciones y los ríos y los bosques
porque amor
              como un ave sagrada que resurge de los océanos
amor o vida     o dos mil años de incivilización
Entonces jóvenes
todo el amor 
pero ninguna piedad. 


Víctor Redondo (Buenos Aires, 1953), 70 poemas. Hilos editora. Buenos Aires. 2014.

Gabriel Balmaceda, Me arrodillo y te lo hago sin manos...



Gabriel Balmaceda, Me arrodillo y te lo hago sin manos...


Me arrodillo
y te lo hago sin manos

se escuchan
los perros ladrar afuera
quizás un fantasma
esté cruzando la calle

subo y bajo
aprieto los labios
contra la carne
firme y caliente

siento tu voz
que se apaga 
a lo lejos
como una radio
que deja de funcionar

te miro 
desde abajo
y tus ojos
se hacen más profundos
con cada impulso

la luz 
entra por la ventana
cada vez más blanca
e ilumina todo

cada fracción de segundo
cada parte de vos

ahora 
mi boca 
está prendida fuego
tus manos
no saben qué hacer
y tu pija 
a punto de explotar.



Gabriel Balmaceda (Buenos Aires, 1990) Inédito. 2014.

Catalina Boccardo, he decidido arrojarme a búsquedas poco controladas...



Catalina Boccardo, Figura doce


he decidido arrojarme
a búsquedas poco controladas

antes me paraba detrás de un cuerpo
en el patio frío

corregía conductas
"no debo molestar" "no debo hablar"

hasta rompí dibujos por una sanción severa
doscientas oraciones

esas mujeres eran mis maestras
exigían tomar distancia


Catalina Boccardo (Buenos Aires, 1961), Clases de collage. Plaquettes de La mariposa y la iguana. Buenos Aires. 2014.

Patti Smith, No tengo idea de dónde estoy ni deseos de preguntar




Patti Smith, No tengo idea de dónde estoy ni deseos de preguntar.

Pienso que levantaré campamento. Repetición de una fórmula anterior. La almohada del dinero, la larga fumada, el libro. El libro toma el lugar de la música. No tengo idea de dónde estoy ni deseos de preguntar. Estoy en Munich y la luz está cayendo. Tengo un relámpago de inspiración. Paro un auto y entretengo al conductor a cambio de que me lleve a la ciudad. Pago un amplificador, una guitarra eléctrica, cuerdas, púas y una tira para sujetármela. Prometo volver pocas horas después. Me consigo un hornillo, algo de papel y una máquina de escribir. En una parte remota de la ciudad encuentro un cuarto. Necesita pintura por lo cual ofrezco placer a uno de los chicos locales. Trabaja como camarero a poca distancia, en un club de rock and roll. Él trabaja para mí pero se niega a tomar nada a cambio. Me trae licor y chicle y dice que quizá la próxima vez. No tiene nombre y tiene el rostro de un ángel.
Las tiendas han cerrado. No puedo recoger mis compras. Me tiro en la cama y miro el techo. De repente me siento sucia, agitada. Tomo una campera de cuero color chocolate y me aventuro por las tristes calles comerciales. Camino largo rato. No hay nadie a mi alrededor. Estoy perdida en el sistema solar de un condominio alemán moderno. Llamo a un taxi y le digo que me deje junto a la rampa del club Yes. No me quedo mucho porque las mujeres me crean problemas. Una me da su collar. Otra me da todo. La llevo a un coche estacionado en la parte de atrás. La música es aburrida; las luces, chillonas. Estaba pensando llevármela de vuelta a mi cuarto pero decidí hacérmela allí mismo en el coche. Agradecí su estupidez y su bonito vestido. Hice que se arrodillara para mí. Retorcí sus pezones y le anestesié el coñito masajeándolo con un lento movimiento circular. Ella seguía con las medias puestas. Me la trabajé lenta y maquinalmente. Perdió el control y dejó caer un zapato. Dentro había un fajo de marcos alemanes que me robé. Se abrió para un beso y le metí una pequeña goma de borrar rosada. La dejé maldiciéndome atragantada y partí con mi ángel guardián en su motocicleta.


Patti Smith, Babel, 1978.

Sandra Cornejo, Bajo los ríos del cielo


Sandra Cornejo, Bajo los ríos del cielo





Isla de los manzanos

Qué es la vida sino detalles.
Cerrar las ventanas por la noche.
Aguardar que las manzanas asadas
te cobijen.
Observar en el verde
lo frondoso que ha crecido el ficus.
Comprobarle a la casa sus sueños.
Leer en su texto indeleble
la certeza tallada con el corazón.
Como si de pronto un druida
se hubiera hecho cargo
del mundo y su peso
sentirse
de tanto en tanto
a salvo.


Nombre

Una vez tuve un nombre
que me arrancaron abruptamente luego.


En mi mente y mi cuerpo
quedé yo
-hijo de alguien-
venido un día al universo.


Desde entonces
con mi alma floto
en la placenta a la cual
a medias pertenezco


solo de mí
como cada uno de nosotros
pero más desnudo todavía.


Sandra Cornejo (La Plata, 1962), Bajo los ríos del cielo. Ediciones al Margen. 2014. 

Julio Ramón Ribeyro, “Las botellas y los hombres


Julio Ramón Ribeyro, "Las botellas y los hombres" (fragmento)


En un rincón, Luciano asistía mudo a esta escena. Sus ojos animados, en lugar de posarse en su padre, viajaban por los rostros de sus amigos. La atención que en ellos leía, el regocijo, la sorpresa, eran los signos de la existencia paterna: en ellos terminaba su orfandad. Ese hombre de gran quijada lampiña, que él había durante tantos años odiado y olvidado, adquiría ahora tan opulenta realidad, que él consideraba como una pobre excrecencia suya, como una dádiva de su naturaleza. ¿Cómo podría recompensarlo? Regalarle dinero, retenerlo en Lima, meterlo en sus negocios, todo le parecía poco. Maquinalmente se levantó y se fue aproximando a él, con precaución. Cuando estuvo detrás suyo, lo cogió de los hombros y lo besó violentamente en la boca.
El viejo, interrumpido, hizo un movimiento de esquive sobre la silla. Los amigos rieron. Luciano quedó desconcertado. Abriendo los brazos a manera de excusa, regresó a su silla. Su padre prosiguió, luego de limpiarse los labios con la manga.
Se hablaba de mujeres. Luciano se sintió de súbito triste. En su copa de champán quedaba un concho espumoso. Con un palillo de fósforo perforó sus burbujas mientras se acordaba de su madre, a quien visitaba de cuando en cuando en el callejón, llevándole frutas o pañuelos. Su atención se dispersaba. Alguien hablaba de ir a las calles alegres de La Victoria. Siempre era así: en las reuniones de hombres, por más numerosas que fueran, siempre llegaba un momento en que todos se sentían profundamente solos.


Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994), “Las botellas y los hombres”. En La palabra del mudo. Carlos Milla Batres editor. Lima. 1972.

Consuelo Fraga, un modo de esperar que hierva el agua...



Consuelo Fraga, El juego de la Oca


De las arañas 
mi tía abuela decía
-como yo de las penas- 
no importa, hay que matarlas
de chiquitas
si no, se vienen grandes y te pican.

A María Luisa
le gustaba la farra,
pintarse, salir con amigos
ir al casino y las novelas
de Agatha Christie.

Hacía ñoquis
y antes de echarlos al agua
los contaba de a uno
con las esperanza de arrancarles
algún día, el numerito ganador.

La quiniela es más difícil
que matar a un burro a pellizcones.
Era su pasatiempo de invierno,
la verdadera joda venía después,
de diciembre a marzo
metiendo ficha en la rula.

Números lindos
el diecisiete, el veintiuno...
Números feos, el cero, sobre todo.

Feo es ser gorda y pobre
decía, a veces, como aburrida.
Vaya a saber si ésa era su pena,
o simplemente un chiste,
una ironía, un modo de esperar
que hierva el agua. 


Consuelo Fraga (Buenos Aires, 1969), Stabat mater. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2013.

Luis Bacigalupo, El perro y la felicidad




Luis Bacigalupo, El perro y la felicidad

                                          Si algunos hombres te tienen en gran estima, desconfía de ti mismo.
                                                                                   Epícteto

¿Has visto? Mi paso por ese teatrito fue breve,
recogí algunos aplausos y partí al ágora con la serena
felicidad de un lagarto al sol.
Allí se hablaba de todo,
pero en esencia, se hablaba de nada.
Los cínicos ladraban
mientras unos hipócritas que andaban por ahí
decían esto y lo otro,
en este orden y el inverso.
Eran besados por delante y por detrás,
pero más por detrás que por delante.
Como correspondía, a mi turno hice lo propio,
ladré, lo que significó que me diesen la palabra.
De inmediato experimenté la ferviente felicidad
de una cacatúa.
No obstante hablé lo justo y necesario
para cosechar la piedad de un rebaño afín.
Sus balidos revalidaron mis virtudes
de un decoro menor al de mis vicios.
Nunca fui un Diógenes de Sínope
ni jamás aspiré a serlo.

Mi paso por allí duró, sin embargo, lo que el sueño
de una mariposa.
Curiosamente, luego me convertí en gusano.
¿Pero quién no se ha convertido en gusano alguna vez?

¿Estiércol?
Allí me hospedo de un tiempo a esta parte.
Hay una puerta de entrada y otra de salida.
Es la simplicidad pálida de un menester menesteroso.
Una ventana allí sería una suntuosidad.

Cierto frío esmerilado se adhiere a la superficie de las cosas.
El día, la noche, la lluvia, el sol componen
el conjuro de un barroquismo necio: la vida.
Quién sería capaz de afirmar lo contrario
cuando lo contrario no admite afirmación.

En este estiércol donde he recitado a Blake
presa de visiones incandescentes,
he acariciado por fin la gélida felicidad del alacrán.
Por otra parte,
no hay trámite más engorroso que la vida
para obtener un certificado de defunción.
Qué más se puede pedir.
¿Amor? ¿Fe? ¿Porvenir?

Mejor reír o hacer silencio

a perseguir esa presa absurda.


Luis Bacigalupo (Buenos Aires, 1958). Inédito.

Cristina Piña, Hermandad


Cristina Piña, Hermandad



Hermanos cancerosos,
leprosos, cardíacos y accidentados,
amputados y aplastados por el dolor,
           yo me he unido a ustedes
           desde el grito sin descanso,
           yo comulgué con ustedes
           desde la miseria de un cuerpo
           que se niega a obedecer,
           un cuerpo autónomo en su forma de sufrir
           de pedir un remedio 
           para el daño inaguantable.

Hermanos infartados,
tuberculosos y con delirium tremens,
con el pie baldado por la parálisis cerebral,
con el páncreas hecho trizas por la infección,
           yo como de su mesa y mendigo su pan,
           yo busco en la bella analgesia
           el olvido de la sierra que pulveriza mis huesos,
           yo comparto en la desgracia de un cuerpo
           herido por la enfermedad,
           la condición humana abyecta
           que nos hace más hermanos
           que el amor.

Hermanos sin alivio ni cordura,
hermanos en la escrófula y el herpes,
picados de viruelas, trozados por la peste,
ahogándose en un enfisema atroz,
            yo sé lo que se siente cuando todo el universo
            se reduce a un punto que entra en erupción
            y la lava del dolor nos arrastra 
                                                          nos crucifica 
                                                                             nos cunde
            plegados en el grito y la experiencia del filo
            en las entrañas o en el hueso.

Hermanos en el dolor del cuerpo,
hermanos en la bilis que se vuelca,
las células que, enloquecidas, se devoran a sí mismas,
en el aullido silencioso de la noche de hospital,
en la plegaria entrecortada rumbo al quirófano,
           yo he comido la carne del delirio por el dolor
           que no cesa,
           he bebido el acíbar de la caricia que no calma,
           he conocido la magia sin par de la morfina que de pronto sí,
           de pronto envuelve los nervios calcinados
           con su lienzo y su consuelo.

Hermanos cancerosos, hemipléjicos
o atravesados por una bayoneta,
            somos la idéntica carne irredenta,
            el mismo grito estentóreo o silencioso
            donde claudica nuestra especie.


Cristina Piña (Buenos Aires, 1949), Meditaciones orgánicas. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Pablo Dema, Toneladas de barro había en mi corazón



Pablo Dema, Toneladas de barro había en mi corazón




Colecho
                                                               para Virginia

Sin despertar veo surgir el día.
En la cama de al lado
una sombra dormida solloza.

Aprendí una cosa durmiendo
en albergues y pensiones.

Intentamos en vano
que nuestro niño duerma solo.
No puede ser ya un hombre
porque un hombre es un niño
que ha perdido a su madre
y la persigue a ciegas
en sueños
para siempre.



Toneladas de barro había en mi corazón

No te dedico un poema
porque todo lo que sale de mí
está sucio de mí.

Ninguna palabra en la noche,
solo mis manos
edificando la muralla muda
por donde nadie pasa.
Y vos dormida al otro lado,
mitad materna del nido que somos.

No te dedico un poema
porque todo lo que sale de mí
está sucio de mí.
Toneladas de barro había en mi corazón.



Un amigo
                                                                              
No hay flechazo de la amistad, sino más bien
un hacerse paso a paso,
una lenta labor del tiempo. 
Éramos amigos y no lo sabíamos.
                                                               Maurice Blanchot
1
Hablamos, hablamos,
pasan los días
y no nos hacemos amigos.
La llama del mechero
nos guarda en su círculo de luz,
cuando el sol agrande la cocina
no tendremos ya el mismo centro,
cada uno lo será
de un mundo grande
donde los dos estaremos solos.

2
Aparecen las manchas de humedad
en los altos muros de los diques interiores;
es la amistad que se filtra,
impregna la mampostería, hace olor,
crecen líquenes y hongos,
seres que viven en la felpa de la materia necrosada.

Hablamos, bebemos, reímos
y nos vamos haciendo amigos.

3
Hacer amigos
Hacerse amigos.

Un chico descubre que hay otro en el recinto,
de repente corre mirando al desconocido de soslayo,
el otro lo persigue,
ríen al mirarse de frente por primera vez:
son amigos
y vuelven a correr.

Fácil amistad,
tierna y dulce, pura amistad
que empieza de la nada
y termina sin dolor.


 Pablo Dema (General Cabrera, 1979), Filos. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Andrés Bohoslavsy, El acta



Andrés Bohoslavsky, El acta


a mi madre Sara

Yo, que estoy en el medio del mar
leo el acta, que con unos cuadraditos marcados con una x
deja constancia de la muerte de mi madre

mientras la rompo y el viento se la lleva
depositándola en unas olas gigantes
pienso en ella con sus lentes viejos, leyendo a Chejov
o las cartas familiares de Rusia
y en aquellos años en que era feliz, paseando con mi padre por la playa
mientras yo corría detrás de ellos

me doy vuelta y la veo sentada en una silla en la proa
rodeada por unos albatros que picotean restos de comida

me llama y me siento junto a ella, mientras saca unas fotos viejas
en paisajes extraños, junto a sus padres
y luego otras y otras, como un repaso de su vida
mientras hablamos de las cosas que quedaron sin hacer
de esos planes simples que teníamos
y ya no podremos realizar

giro la vista al mar y cuando me doy vuelta para abrazarla ya no está
a mis pies, veo la foto en que ella está delante de la casa de sus padres
en la calle de la revolución
la llevo al camarote, la pego en la pared
y me acuesto a dormir
en el sueño, escucho su voz, casi imperceptible, que me dice:

-no estés triste, ya nos veremos-

me despierto, me sirvo un vaso de vodka
y miro por el ojo de buey la tormenta que se avecina
voy a la sala de máquinas, a cumplir mi turno
y la escucho nuevamente:

-hijo, el lobo es lobo del hombre-

me río pensando en ella, en esos viejos tiempos
donde soñaba un mundo más justo
sin imaginar que nos convertiríamos en bestias.


Andrés Bohoslavsky (Río Negro, 1950), Una noche en bosque-poesía y otros poemas. Leviatán. Buenos Aires. 2014.

Jorge García Sabal, Él escribe en la noche



Jorge García Sabal, Él escribe en la noche



Infancia


No fue edad de oro; hería la luz
y un fondo oscuro cavaba
en el asombro de los ojos. La inocencia
-perplejidad, verdad desconocida-
encontró en los mayores, en sus sus hábitos
monótonos, el primer sabor agrio,
la intemperie de la soledad.

(¿Imaginaba aquel niño, perdido
en la solicitud doméstica,
las repeticiones, las sucesivas edades
como un faro ciego y solitario que acumula
la misma materia: resignaciones, grietas?)

Tarde y lejos, en infancia, en rostros
que queman el viento, él escribe en la noche.



Mirada


A veces se mira en el espejo, y se busca;
la tensión de los párpados, la frente intacta,
el desafío de los ojos.
Y sonríe y comprende y a veces llora.

Entonces piensa qué generosa fue la vida
y cuanto de amor y odio tuvo la belleza

a Nadia



Jorge García Sabal (Balcarce, 1948- Buenos Aires, 1996), Mitad de la vida. Tabla rasa. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2001.