Jorge Rivelli, besame la frente...



Jorge Rivelli, besame la frente...


besame la frente
que hace frío y
tengo fiebre
besame besame
que las piernas
arden en el aire
la luz es oro
que quema
canta y cae
besame
que cauteriza
calma la furia
y el brillo alza
flores y frutas
besame y frotá
la espalda húmeda
como una lámpara
sin genio encendido
viste la noche
de luna negra
entre sombras y
los ojos lácteos
en el patio
dame aliento
que alivie
la frente
del hervidero
de pólvora y
el sol estival
bajame todo
que encandila
el corazón
sabe de tus
nervios de seda
besame y
dejame los pies
en el mar
que mañana
te espero
en llamas


Jorge Rivelli (Buenos Aires, 1954), baila baco baila. la porteña. colección acento urbano. Buenos Aires. Agosto 2013.

Gonzalo Rojas, La salvación


Gonzalo Rojas, La salvación

Me enamoré de ti cuando llorabas
a tu novio, molido por la muerte,
y eras como la estrella del terror
que iluminaba al mundo.

Oh cuánto me arrepiento
de haber perdido aquella noche, bajo los árboles,
mientras sonaba el mar entre la niebla
y tú estabas eléctrica y llorosa
bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento
de haberme conformado con tu rostro,
con tu voz y tus dedos,
de no haberte excitado, de no haberte
tomado y poseído,
oh cuánto me arrepiento de no haberte
besado.

Algo más que tus ojos azules, algo más
que tu piel de canela,
algo más que tu voz enronquecida
de llamar a los muertos, algo más que el fulgor
fatídico de tu alma,
se ha encarnado en mi ser, como animal
que roe mis espaldas con sus dientes.

Fácil me hubiera sido morderte entre las flores
como a las campesinas,
darte un beso en la nuca, en las orejas,
y ponerte mi mancha en lo más hondo
de tu herida.

Pero fui delicado,
y lo que vino a ser una obsesión
habría sido apenas un vestido rasgado,
unas piernas cansadas de correr y correr
detrás del instantáneo frenesí, y el sudor
de una joven y un joven, libres ya de la muerte.

Oh agujero sin fin, por donde sale y entra
el mar interminable
oh deseo terrible que me hace oler tu olor
a muchacha lasciva y enlutada
detrás de los vestidos de todas las mujeres.

¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé
de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos?
¿Por qué no te preñé como varón
aquella oscura noche de tormenta?


Gonzalo Rojas (Chile, 1917-2011). Audio.

Diego E. Suárez, Para quien está al lado



Diego E. Suárez, Para quien está al lado

Para quien está al lado
los días pasan pesadamente
arrastrando los pies.

A no ser por los ciclos de la luna
y los resignados amaneceres
cualquiera pensaría: esto
es un mal sueño que nunca termina
de empezar. Después de todo
quien está al lado sabe que está
ahí para algo: asiste a otro cuerpo
(al sufrimiento de otro en su cuerpo)
y al asirlo por dentro se siente carcomer
a medida que en su roce contra el suelo
cada hora levanta una polvareda insoportable.


Diego E. Suárez (Posadas, 1979), Sufrimiento de otro en su cuerpo. Editorial Serapis. Rosario. 2013.

Fernando Escobar Páez, Chiquito



Fernando Escobar Páez, Chiquito

Volverse loco es como no haber nacido
Y hasta es cómico:
Pasar del confinamiento del útero al confinamiento del manicomio.

Osvaldo Lamborghini

Cada vez que escribo
me convierto en peor persona,
cuando no lo consigo
                                    solo soy un fracasado inocente
                                                                        añorando la mierda
                                                                        que marca su frente,
mi sombra más puerca
donde solo la venganza me vuelve hermoso,
lo que no pude ser,
aplauso genérico
cuando me quejo
obedeciendo mi supuesta herencia judía
que –además de la nariz ganchuda-
justificaría mi proverbial culto a los muros
                        inutilidad para jugar al fútbol
                        temor al mar
                        y mi verga chiquita de tanta culpa
tanta pero tanta tanta
                                         culpa
que solo es visible cuando le sonríe una pantalla,
todo un Alexander Portnoy pero posmoderno y más pajero todavía.

Madre, dile a esa puta que no me mande más fotos en tanga
que mis trabajadoras manos se estancan
                                                                  de tanta tanga,
yo demasiado culpable para secarme bien
y no dejar pegajoso el teclado
                                            que luego usarán padre, hermana y empleada
para mandar e-mails donde notifiquen
a los medios de comunicación
que ya mismo consigo trabajo honesto,
que mis treinta años no han sido tan fieros,
solo confusión y alcoholismo que no hace mucho daño
porque sigo siendo chiquito como un pene mal circuncidado,
                                             tan chiquito
que no lastima
a nadie más que a mí mismo,
y que a veces hasta llevo dinero a la casa
                                                        con esa farsa de la literatura,
aunque pareciera que trabajo en ese shawarma
donde siempre me encuentran fumando lechuga
y con siete botellas menos,
las manos como servilleta vieja
llenas de ceniza y orines ajenos
                                                    como mi futuro
cuando al fin ustedes se decidan
a mandarme a la casita de la verga,
porque solo les presento chicas ebrias
a las que no siempre me culeo,
y a veces familia quisiera nietos
que no se parezcan a mí,
porque entre mi tío muerto y yo
nos hemos bebido mínimo tres ríos Jordan y un Mar Muerto
y mi primo va por el mismo camino.

¡Vergüenza!
                 ¡vergüenza!
                                  ¡vergüenza!
en el vasito de cerveza
que me pego lunes en la mañana
                                                      porque si me quedo en casa
pongo en la compu la foto en tanga que me mandó esa pendejita que no me follé
y aunque me moje la verga,
                                             no se me quita la sed del cráneo,
y que pereza hacer la tesis o buscar trabajo
cuando uno se siente tan chiquito y seco
como la cadena de pixeles rojos
que cubren ese pubis playero
                                                que jamás oleré.

Mejor beberse la culpa
y bancarse la puteada de madre judía
cuando llegue ebrio y chiro
peor que egipcio en fiestas de Seth
a fingir que duermo y no siento
los paraísos muertos
donde yo tenía churos
y era el mejor alumno al que todos sus compañeros golpeaban,
pero que era admirado por su madre,
pese a que nunca escribió

un solo poema decente.


Fernando Escobar Páez (Quito, 1982), Escúpeme en la vergaAntrología de textículos, 2002 – 2012.

Jhumpa Lahiri, La hondonada



Bijoli lleva el sari manchado y sus huesos se han reblandecido, los dientes le bailan en las encías. Ha olvidado lo vieja que es, pero, sin necesidad de pararse a pensarlo, sabe que Udayan habría cumplido treinta y nueve años esa primavera.
Lleva un amplio cesto poco profundo donde se guarda carbón. Camina hasta la hondonada, levantándose el bajo del sari, de modo que se le ven las pantorrillas con manchas marrones, que recuerdan la cáscara de algunos huevos. Se mete en un charco y se agacha para remover el agua con un palo. Entonces, con las manos, empieza a sacar objetos del agua, verde y turbia. Un poco, unos minutos cada día; ése es su plan, mantener la zona de alrededor de la lápida de Udayan libre de basura.
Va metiendo la basura en el cesto, que vacía un poco más allá, antes de empezar a llenarlo otra vez. Saca botellas vacías de Dettol, de champú Sunsilk. Cosas que no comen las ratas, que los cuervos no se molestan en llevarse. Paquetes de cigarrillos que la gente tira al pasar. Una compresa ensangrentada.
Sabe que nunca lo sacará todo. Pero sale cada día y llena su cesto una vez y luego unas cuantas más. No le importa que algunos, cuando se paran a ver qué hace, le digan que es un esfuerzo inútil. Que es repugnante, que está por debajo de su dignidad. Que podría contraer alguna enfermedad. Está acostumbrada a que los vecinos no sepan qué pensar de ella. Está acostumbrada a no hacerles caso.
Todos los días retira una pequeña porción de las cosas que la gente no quiere en su vida, a pesar de que antes sí las querían, de que en su momento les fueron útiles. Nota el sol abrasándole la nuca. Es la época más calurosa del año, todavía faltan unos meses para que lleguen las lluvias. La tarea la satisface. Hace que pase el tiempo.



Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) La hondonada. Ediciones Salamandra, 2014.

Marina Serrano, Simón, que nos decías...



Marina Serrano, Simón, que nos decías...



Sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos.
Evangelio de Mateo


Simón, que nos decías:
Ustedes eligen: ser cola de león o cabeza de ratón.
Cola de león: pelos endurecidos por el estiércol, rey
que se espanta las moscas y deja su oficio caudal
de a ratos a la intemperie.
Cabeza de ratón: apéndice cefálico, materia gris
dentro de una calavera, humus del ser omnívoro e inteligente.

Ser cola de león, o cabeza de ratón, 
significan ahora lo mismo para mí
porque tus opciones
ya no son las únicas, Simón.
Yo quería ser parte del gran animal, de lo grandioso,
pero no lo entendí entonces: sólo podía
y puede conformarme
ser la testa, la voracidad, la musculatura toda, y el esperma
del animal más feroz sobre la tierra.


Marina Serrano (Quequén, 1973). La única cosa necesaria. Ediciones Del Copista. Córdoba. 2012

Hokusai, el viejo loco por la pintura




Pese a sus deseos por seguir viviendo una década más, el día 18 del cuarto mes del 1849, «el viejo loco por la pintura», como él mismo se definía, murió a los 89 años, sin haber satisfecho la búsqueda de la última verdad sobre la pintura.

Años antes, en el prefacio de la publicación de Cien vistas del Monte Fuji había escrito:

[...] a la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia [...]

Patti Smith, Tejiendo sueños

Patti SmithTejiendo sueños.

PH: Annie Leibovitz


Era una tarde húmeda, vaporosa, y aunque estaba de buen humor, notaba en las muñecas, en todo el cuerpo, la tormenta que se avecinaba. En la esquina había una bañera cilíndrica colocada del revés que utilizaba como mesa para poner mi dorje, un pequeño arcón, un cuenco de plata para ofrendas y una lámpara de aceite tibetana, pequeña pero muy antigua. Lo retiré todo con cuidado y lo envolví en una tela. Luego limpié la bañera, la llené con agua muy caliente y sal morena, y me bañé un largo rato. El dolor de las extremidades se fue con la sal, y después de una sencilla comida a base de pan y café saqué el costurero. Quería hacer una colcha para mi hermano: una colcha de retazos para un cowboy. Pero como yo cosía a mano despacio y con poca destreza, él seguramente soportaría varios inviernos sin ella.
Disfrutaba con la tarea no solo por amor a mi hermano, sino también por cada retazo, ya que todos eran vestigios de nuestra niñez o de algún lugar lleno de vida. La tela a cuadros de nuestras camisas, el bordado en relieve del vestido de mi hermana, la franela marrón de Nepal, el raso muaré del estudio de Robert, la guinga, los terciopelos... cada retazo me transportaba, como una semilla silvestre o una taza de una infusión poco común. Sin embargo, confieso que la tarea me adormecía, y me dejé llevar hasta un lugar que parecía más presente que yo misma, ahí sentada, cosiendo sumisa mientras mis dedos dejaban escapar el hilo para reunirse con mi mente en otra parte.



Patti Smith, Tejiendo sueños. Lumen. 2014.

Joaquín Valenzuela, la lavandera





Joaquín Valenzuela, la lavandera


hay que juntar la ropa es jueves
hay que ir a lo de la lavandera
a su casa de fondo de chapa y
le vamos a dejar
el atado del toallón

hay que juntar la ropa los batones
las camisas de alfredo el saco que
no destiñe el camisón de la chiquita armar
el atado de negra entre las piedras de un
río de tanque de agua 
llovida y todo a mano

dónde estará el alfiler de gancho?
dónde se lo dejó la última vez? o algo
que contenga en el toallón las
cosas firmes oh la
gran manzana de la casa
bomba de crema de
lo usado en la semana

es loco ahora que pasó tiempo y que
la lavandera sobrevivió a sus lavandos acordarse
de cuando pasó por casa las veces en que
hubo que caer trayendo flores
de su jardín
de donde yo desde el auto miraba
a mi abuelo caminar entre las calas y muy atento
saludar a la que fue su alumna decía del
magisterio
jubilada ahora
lavandera
por naturalidad o por opción

yo ya me olvidé de ese barrio
que no sería difícil de ubicar si no fuese
por el asfalto y por las cloacas
por el tendido de obras sanitarias
por la falta de espuma en el cordón de la vereda


Joaquín Valenzuela (Buenos Aires, 1971). La casa del deshielo. Huesos de Jibia. Buenos Aires. 2013.

Diego Roel, Noche solar



Diego Roel, Noche solar

ahora que nadie vive
me renazco y vivo en mí
  es posible
ahora que amanece y anochece adentro de los círculos

entonces giro y me llamo por mi nombre
giro y me ato al potro de tortura de mi Padre
de mi Tótem de sangre de los altares del cielo

estoy en Él
en sus ojos livianos como guerras
azules como estallidos de palomas

estoy en Él y Él en mí

estoy en su abrazo en su frenesí
en su vuelo de noche alta y solar



por eso digo:
tengo los pies crucificados
y soy las partes que mi nombre deja

soy mi grito en expansión
la ansiada espera de mi Padre
de mi Madre envuelta en llamas de varón

digo no digo me fragmento espero:
todavía no hay tiempo en el Tiempo
todavía no me nazco

no me puedo matar tan vivo

no puedo alzar los ojos en fusión de vírgenes voraces
no puedo pronunciar una palabra el nacimiento
mi caída de espiral en espiral

entonces digo:
tengo los pies las manos los ojos
crucificados por la extrema luz del mediodía

no me puedo matar tan vivo

porque no tengo un techo una guarida
un Padre Tótem que adorar o destruir
y mientras me circundan
las sombras de los oscuros ángeles del desasosiego


no tengo un nombre propio todavía


Diego Roel (Temperley, 1980), Padre TótemLibros de Tierra Firme. Buenos Aires. 2004.

Juana Bignozzi, La virgen de la Wallace


Juana Bignozzi, La virgen de la Wallace


en lo alto del cuadro un ángel toca el violín
hasta ángeles santos jóvenes
hasta mis amigas liberadas
hasta mis amigas olvidadas
hasta las jóvenes bellas
que me ayudan a bajar la escalera
y abusivamente llamo amigas
hasta mis amigas seguras en la desesperación
buscan abrazarse a otro
más viejo más duro
más mentiroso en su seguridad más conocedor de la máscara
más dispuesto a dar la batalla por su imagen
quién vendrá a tocarnos una melodía
que nos aquiete nos haga recordar
el desamparo de una adolescencia en un barrio del 50
dónde estás ángel del violín sé que me acompañaste
escuchá este sonido
sólo es para vos
no me verás no te verán
porque en la base del cuadro la gloria consagra
te quedarás solo como yo cuando suban al cielo
y en el fondo una figura que clama
no es un asceta ni un juez ni mi padre
ellos no aprendieron a suplicar
¿la virtud envuelta en paños?
te quedarás solo como yo cuando ellos ya estén en el cielo
pero sólo vos me escucharás
para acompañarme en la muerte
cuando nadie ni él pueda acompañarme


Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937). Las poetas visitan a Andrea del Sarto. Adriana Hidalgo. Buenos Aires. 2014.

Sylvia Plath, Últimas palabras


Sylvia Plath, Últimas palabras (traducción: Griselda García)

No quiero una caja simple, quiero un sarcófago
Con rayas atigradas, y una cara en él,
redonda como la luna, para contemplar.
Quiero estar mirándolos cuando vengan
Juntando los tontos minerales, las raíces.
Ya los veo -las caras pálidas, distantes como estrellas.
Ahora no son nada, no son ni siquiera bebés.
Los imagino sin padres ni madres, como los primeros dioses.
Se van a preguntar si fui importante.
¡Debería azucarar y conservar mis días como frutas!
Mi espejo se está nublando-
Unas pocas respiraciones, y no reflejará nada más.
Las flores y las caras se blanquean como una sábana.

No confío en el espíritu. Se escapa como vapor
En sueños, a través de la boca o del ojo. No puedo detenerlo.
Un día no volverá. Las cosas no son así.
Permanecen, sus pequeños brillos especiales
Tibios de tanto manoseo. Casi ronronean.
Cuando las plantas de mis pies se enfríen,
El ojo azul de mi turquesa me confortará.
Dejen que me lleve mis ollas de cobre, dejen que mis potes de rouge
Florezcan sobre mí como flores nocturnas, con buen aroma.
Me envolverán con vendas, guardarán mi corazón
Bajo mis pies en un prolijo paquete.
Difícilmente me reconoceré. Va a estar oscuro,
Y el brillo de estas pequeñas cosas, más dulce que la cara de Ishtar.




Sylvia Plath, Last Words

I do not want a plain box, I want a sarcophagus
With tigery stripes, and a face on it
Round as the moon, to stare up.
I want to be looking at them when they come
Picking among the dumb minerals, the roots.
I see them already--the pale, star-distance faces.
Now they are nothing, they are not even babies.
I imagine them without fathers or mothers, like the first gods.
They will wonder if I was important.
I should sugar and preserve my days like fruit!
My mirror is clouding over ---
A few more breaths, and it will reflect nothing at all.
The flowers and the faces whiten to a sheet.

I do not trust the spirit. It escapes like steam
In dreams, through mouth-hole or eye-hole. I can't stop it.
One day it won't come back. Things aren't like that.
They stay, their little particular lusters
Warmed by much handling. They almost purr.
When the soles of my feet grow cold,
The blue eye of my turquoise will comfort me.
Let me have my copper cooking pots, let my rouge pots
Bloom about me like night flowers, with a good smell.
They will roll me up in bandages, they will store my heart
Under my feet in a neat parcel.
I shall hardly know myself. It will be dark,
And the shine of these small things sweeter than the face of Ishtar.


Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963), The Collected Poems. HarperCollins. New York. 2008. Versión de Griselda García


N.B.: Esta traducción, como todas las de mi autoría en este sitio, está en periódica revisión. 

Sergio Rigazio, 36 sapos



Sergio Rigazio, 36 sapos


casi en la línea que limita la pobreza
me mojo los labios con lo que me es dado

algo me dice que todo es bendición
que hasta en el más perfecto caos hay cierto orden

alrededor de esta casa por ejemplo

en estas cosas pienso 
mientras destapo los desagües de la cocina

meto treinta y seis sapos en una bolsita de supermercado
y creo que en algún punto nos parecemos

no tienen la menor idea a dónde irán a parar
pero aún así cantan


Sergio Rigazio (Buenos Aires, 1957), Kon tiki blues (rimas pampeanas). Llanto de mudo. Córdoba. 2012.

Gustavo Borga, dos poemas de Un puntito negro




Gustavo Borga, dos poemas de Un puntito negro


el poeta más grande
de una ciudad pequeña
me preguntó
tenés hambre?

muero de hambre
le dije
pero de tus poemas
no voy a comer



*-*


es viejo

vive solo

practica yoga

su postura 
preferida
el perro

hace tres días
que está muerto
en su casa

un perro viejo
y solitario
que se pudre


Gustavo Borga (Villa Nueva, 1960), Un puntito negro. Ediciones Cartografías. Río Cuarto. 2013.

Walt Whitman, Los durmientes




Walt Whitman, Los durmientes (traducción: Griselda García)

6
Ahora, lo que mi madre me contó un día mientras cenábamos juntos,
De cuando ya era casi una chica grande viviendo con sus padres en la vieja granja.
Una india fue un día a la hora del desayuno a la vieja granja,

En la espalda llevaba un atado de juncos para hacer asientos de sillas,
Su pelo, lacio, brillante, grueso, negro, abundante, a medias envolvía su cara,
Su paso era libre y elástico, y su voz sonaba exquisita cuando hablaba.

Mi madre miraba con deleite y asombro a la extraña,
Miraba la frescura de su cara altiva y sus rellenos y flexibles miembros,
Cuanto más la miraba más la amaba,
Nunca antes había visto tan maravillosa hermosura y pureza,
La hizo sentarse en un banco junto a la jamba de la chimenea, cocinó para ella,
No tenía trabajo para darle, pero le dio su homenaje y su cariño.

La india se quedó toda la mañana y hacia la mitad de la tarde se fue,
Oh, mi madre no quería que ella se fuera,
Toda la semana pensó en ella, la esperó muchos meses,
La recordó durante muchos inviernos y muchos veranos,

Pero la india nunca regresó ni volvió a oírse de ella.


Walt Whitman, The sleepers

6
Now what my mother told me one day as we sat at dinner together,
Of when she was a nearly grown girl living home with her parents on the old homestead.
A red squaw came one breakfast-time to the old homestead.

On her back she carried a bundle of rushes for rush-bottoming chairs,
Her hair, straight, shiny, coarse, black, profuse, half-envelop'd her face,
Her step was free and elastic, and her voice sounded exquisitely as she spoke.

My mother look'd in delight and amazement at the stranger,
She look'd at the freshness of her tall-borne face and full and pliant limbs,
The more she look'd upon her she loved her,
Never before had she seen such wonderful beauty and purity,
She made her sit on a bench by the jamb of the fireplace, she cook'd food for her,
She had no work to give her, but she gave her remembrance and fondness.

The red squaw staid all the forenoon, and toward the middle of the afternoon she went away,
O my mother was loth to have her go away,
All the week she thought of her, she watch'd for her many a month,
She remember'd her many a winter and many a summer,
But the red squaw never came nor was heard of there again.



Walt Whitman (West Hills, 1819 – Camden, 1892). Traducción: Griselda García


N.B.: Esta traducción, como todas las de mi autoría en este sitio, está en constante revisión.  

Comienzo nuevo taller

Taller de escritura creativa

Lo imposible lo haremos posible. 
Lo posible lo haremos fácil.

Lo fácil lo haremos excelente.

Marianne Costa



Actividad dirigida a todos aquellos que deseen experimentar de qué se trata un taller literario. La dinámica grupal enriquecerá el trabajo de cada uno de los integrantes. Nos juntamos a disfrutar de la lectura y escritura. Se darán consignas y disparadores. Los textos generados irán puliéndose hasta que no sobre ni falte una palabra. Revisión exhaustiva, crítica constructiva, corrección constante, trabajo arduo.

Día y hora: lunes de 18.30 a 20 aprox.
Nivel: iniciantes
Comienzo: 10 de marzo de 2014
Extensión: marzo a junio

Lugar: Almagro

Requisitos: 
1- entrevista telefónica previa.
2- leer las preguntas frecuentes


Informes e inscripción:
155-723-2277

N.B.: Todos nuestros talleres demandan un compromiso intenso. Es necesario que usted esté presente por entero en cada encuentro, para aprovechar la oportunidad de observarse y aprender de sí mismo y de los demás. Las ausencias y tardanzas no son aceptadas. Por favor, contáctese sólo si está dispuesto a dar ese nivel de compromiso.



Otros talleres


Anne Sexton, Comprando a la puta


Anne Sexton, Comprando a la puta [traducción: Griselda García]


Eres la carne asada que he comprado
y te relleno con mi propia cebolla.

Eres un bote que alquilé por hora
y te guío con mi rabia hasta que quedas varado.

Eres un cristal que he pagado para romper
y trago los pedazos con mi saliva.

Eres la parrilla en la que entibio mis manos temblorosas
dorando la carne hasta que esté buena y jugosa.

Apestas como mi mamá bajo tu corpiño
y vomito en tu mano como un premio
sus fríos y duros centavos.



Buying the Whore
You are the roast beef I have purchased/ and I stuff you with my very own onion.// You are a boat I have rented by the hour/ and I steer you with my rage until you run aground.// You are a glass that I have paid to shatter/ and I swallow the pieces down with my spit.// You are the grate I warm my trembling hands on, / searing the flesh until it's nice and juicy.// You stink like my Mama under your bra/ and I vomit into your hand like a jackpot/ its cold hard quarters. 

Anne Sexton (1928-1974), traducción de Griselda García.

N.B.: Esta traducción, como todas las de mi autoría en este sitio, está en constante revisión.