Pablo Dema, Toneladas de barro había en mi corazón



Pablo Dema, Toneladas de barro había en mi corazón




Colecho
                                                               para Virginia

Sin despertar veo surgir el día.
En la cama de al lado
una sombra dormida solloza.

Aprendí una cosa durmiendo
en albergues y pensiones.

Intentamos en vano
que nuestro niño duerma solo.
No puede ser ya un hombre
porque un hombre es un niño
que ha perdido a su madre
y la persigue a ciegas
en sueños
para siempre.



Toneladas de barro había en mi corazón

No te dedico un poema
porque todo lo que sale de mí
está sucio de mí.

Ninguna palabra en la noche,
solo mis manos
edificando la muralla muda
por donde nadie pasa.
Y vos dormida al otro lado,
mitad materna del nido que somos.

No te dedico un poema
porque todo lo que sale de mí
está sucio de mí.
Toneladas de barro había en mi corazón.



Un amigo
                                                                              
No hay flechazo de la amistad, sino más bien
un hacerse paso a paso,
una lenta labor del tiempo. 
Éramos amigos y no lo sabíamos.
                                                               Maurice Blanchot
1
Hablamos, hablamos,
pasan los días
y no nos hacemos amigos.
La llama del mechero
nos guarda en su círculo de luz,
cuando el sol agrande la cocina
no tendremos ya el mismo centro,
cada uno lo será
de un mundo grande
donde los dos estaremos solos.

2
Aparecen las manchas de humedad
en los altos muros de los diques interiores;
es la amistad que se filtra,
impregna la mampostería, hace olor,
crecen líquenes y hongos,
seres que viven en la felpa de la materia necrosada.

Hablamos, bebemos, reímos
y nos vamos haciendo amigos.

3
Hacer amigos
Hacerse amigos.

Un chico descubre que hay otro en el recinto,
de repente corre mirando al desconocido de soslayo,
el otro lo persigue,
ríen al mirarse de frente por primera vez:
son amigos
y vuelven a correr.

Fácil amistad,
tierna y dulce, pura amistad
que empieza de la nada
y termina sin dolor.


 Pablo Dema (General Cabrera, 1979), Filos. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Andrés Bohoslavsy, El acta



Andrés Bohoslavsky, El acta


a mi madre Sara

Yo, que estoy en el medio del mar
leo el acta, que con unos cuadraditos marcados con una x
deja constancia de la muerte de mi madre

mientras la rompo y el viento se la lleva
depositándola en unas olas gigantes
pienso en ella con sus lentes viejos, leyendo a Chejov
o las cartas familiares de Rusia
y en aquellos años en que era feliz, paseando con mi padre por la playa
mientras yo corría detrás de ellos

me doy vuelta y la veo sentada en una silla en la proa
rodeada por unos albatros que picotean restos de comida

me llama y me siento junto a ella, mientras saca unas fotos viejas
en paisajes extraños, junto a sus padres
y luego otras y otras, como un repaso de su vida
mientras hablamos de las cosas que quedaron sin hacer
de esos planes simples que teníamos
y ya no podremos realizar

giro la vista al mar y cuando me doy vuelta para abrazarla ya no está
a mis pies, veo la foto en que ella está delante de la casa de sus padres
en la calle de la revolución
la llevo al camarote, la pego en la pared
y me acuesto a dormir
en el sueño, escucho su voz, casi imperceptible, que me dice:

-no estés triste, ya nos veremos-

me despierto, me sirvo un vaso de vodka
y miro por el ojo de buey la tormenta que se avecina
voy a la sala de máquinas, a cumplir mi turno
y la escucho nuevamente:

-hijo, el lobo es lobo del hombre-

me río pensando en ella, en esos viejos tiempos
donde soñaba un mundo más justo
sin imaginar que nos convertiríamos en bestias.


Andrés Bohoslavsky (Río Negro, 1950), Una noche en bosque-poesía y otros poemas. Leviatán. Buenos Aires. 2014.

Jorge García Sabal, Él escribe en la noche



Jorge García Sabal, Él escribe en la noche



Infancia


No fue edad de oro; hería la luz
y un fondo oscuro cavaba
en el asombro de los ojos. La inocencia
-perplejidad, verdad desconocida-
encontró en los mayores, en sus sus hábitos
monótonos, el primer sabor agrio,
la intemperie de la soledad.

(¿Imaginaba aquel niño, perdido
en la solicitud doméstica,
las repeticiones, las sucesivas edades
como un faro ciego y solitario que acumula
la misma materia: resignaciones, grietas?)

Tarde y lejos, en infancia, en rostros
que queman el viento, él escribe en la noche.



Mirada


A veces se mira en el espejo, y se busca;
la tensión de los párpados, la frente intacta,
el desafío de los ojos.
Y sonríe y comprende y a veces llora.

Entonces piensa qué generosa fue la vida
y cuanto de amor y odio tuvo la belleza

a Nadia



Jorge García Sabal (Balcarce, 1948- Buenos Aires, 1996), Mitad de la vida. Tabla rasa. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2001.

Stéphane Chaumet, Derrapar




Stéphane Chaumet, Derrapar


el heno negro que mastico es amargo
como una carencia de desnudez

lo que derrapa lleva al encuentro

una lluvia desenfoca los cuerpos
aprovechan se arrugan

tu falda arrancada
donde secar mi rostro
trapo con la huella de un miedo

arañazo
entre las piernas lisas

no sabemos nada uno del otro
salvo el olor


Stéphane Chaumet (Francia, 1971), Reposo en Fuego. Antología poética [1996-2009]. Traducción Myriam Montoya y Stéphane Chaumet.

Roberto Malatesta, Trepado al naranjo un día de llovizna...



Roberto Malatesta, Trepado al naranjo un día de llovizna...

Trepado al naranjo un día de llovizna
mientras mi bolso arquea la rama,
mi abrigo se cubre de pequeñísimas gotas;
debo estar loco de no saber agradecer.

La vida es un árbol que se carga de frutos,
sólo que no hay por qué esperar un día de sol,
sólo que nada hay que esperar sino la vida
corriendo como un viento entre las hojas.

Trepado al naranjo mi bolso arquea la rama,
con esta carga será -pienso- difícil bajar,
mientras tanto prosigo cortando naranjas
entre espinas y gotas de lluvia.



El viento tiene algo que decirnos

El viento tiene algo que decirnos esta noche.
Si no le oímos será porque creemos demasiado en nuestros asuntos.
Será porque confiamos en que nuestras tristezas o nuestras preocupaciones
llegarán a algún sitio. Pero el viento pasa y nunca llega.
Nos hemos acostumbrado a un mundo demasiado seguro,
y si no vemos el fondo de cada cuestión no nos damos por satisfechos,
pero no hay fondo, y las cuestiones no importan.
La seguridad es lo que nos desvela, pero el viento,
el viento tiene algo que decirnos hoy.
No nos ponemos de acuerdo en nuestros desconciertos
y el viento pasa y nos dice algo que lleva nuestros nombres,
el viento que pasa y nunca llega.

Roberto Daniel Malatesta (Santa Fe, 1961). Flores bajo la lluvia. Ediciones del Dock. 1998.

Hilde Domin, Tres modos de tomar nota para escribir poemas



Tres modos de tomar nota para escribir poemas

1
Un cauce de río seco
un cordón blanco de guijarros
vistos desde lejos
desde acá arriba deseo escribir
en letra clara
o un lugar donde están los escombros
canto rodado
deslizándose bajo mis líneas
hacia fuera
para que la vida delicada de mis palabras
el a pesar de ustedes
sea un a pesar de cada letra


Drei Arten Gedichte aufzuschreiben

1
Ein trockenes Flußbett
Ein weißes Band von Kieselsteinen
von weitern gesehen
hierauf wünsche ich zu schreiben
in klaren Lettern
oder eine Schutthalde
Geröll
gleitend unter meinen Zeilen
wegrutschend
damit das heikle Leben meiner Worte
ihr Dennoch
ein Dennoch jedes Buchstabens sei


2
Letras pequeñas
exactas
para que las palabras lleguen sin hacer ruido
para que las palabras se introduzcan
para que deban entrar
a las palabras
busquen en el papel
blanco
sin hacer ruido
no se note cómo entran
a través de los poros
transpiración que fluye hacia adentro

Angustia
mi
nuestra
y a pesar de cada letra


2
Kleine Buchstaben
genaue
damit die Worte leise kommen
damit die Worte sich einschleichen
damit man hingehen muß
zu den Worten
sie suchen in den Weißen
Papier
leise
man merkt nicht wie sie eintreten
durch die Poren
Schweiß der nach innen rinnt

Angst
meine
unsere
und das Dennoch jedes Buchstabens


3
Soy una tira de papel
tan grande como yo
un metro sesenta
sobre un poema
que camina
así como uno que pasa por delante
camina en letras negras
que pide algo imposible
coraje civil por ejemplo
esa valentía que no tiene  ningún animal
con dolor por ejemplo
solidaridad en vez de rebaño
palabras extranjeras
que se hacen familiares en el hacer

Hombre
animal que tiene el coraje civil
hombre
animal que conoce el con-dolor
hombre palabra extranjera-animal palabra-animal
animal
la poesía escribe
poema
pide lo imposible
de cada uno que pasa por delante
con urgencia
ineludible
como si gritase
“Tome Coca-Cola”


3
Ich will einen Streifen Papier
so groß wie ich
ein Meter sechzig
darauf ein Gedicht
das schreit
sowie einer vorübergeht
schreit in schwarzen Buchstaben
das etwas Unmögliches verlangt
Zivilcourage zum Beispiel
diesen Mut den kein Tier hat
Mit-Schmerz zum Beispiel
Solidarität statt Herde
Fremd-Worte
heimisch zu machen im Tun

Mensch
Tier das Zivilcourage hat
Mensch
Tier das den Mit-Schmerz kennt
Mensch Fremdwort-Tier Wort-Tier
Tier
das Gedichte schreibt
Gedicht
das Unmögliches verlangt
von jedem der vorbeighet
dringend
unabweisbar
als rufe es
Trink Coca-Cola“


Hilde Domin (Alemania, 1909- 2006). Traducción: Silvana Franzetti (Buenos Aires, 1965). Tomado de Ich will dich/ Te quiero, Frankfurt am Main, en S. Fischer Verlag, 2001.


Joaquín Oreña, El misterio que nos conecta con la respiración



Joaquín Oreña, Yo tuve la suerte


yo tuve la suerte de encontrarte en esta vida

porque ahora que pasó el tiempo
y tal vez ya soy alguien diferente
me doy cuenta que tu mirada
me hizo ir más allá

sufrir e involucrarse
gritar en silencio
y pensar en el mar

cuando dormías conmigo
estabas tan calma
te acariciaba el pelo
y vos
recibías todo eso
sin ninguna restricción

¿te dabas cuenta
confundida entre tus sueños
cómo mirarse así la piel
significa finalmente conocer?

yo
de esa manera
me constituí

mientras vos tenías los párpados cerrados
y viendo como subía y bajaba suave tu vientre 
a la par de nuestras imperfecciones
sentí para siempre

el misterio que nos conecta con la respiración



Atlántico

desde el otro lado del atlántico
las cosas
parecen verse muy diferentes

quizás todavía no lo sepa con precisión
pero creo que cada día que pasa
en este viaje
me hace bien

por las noches
abandono el cuarto del hotel
y simplemente decido
salir a caminar

como si en este punto 
pequeño y preciso de mi vida
descubriese
que me alcanza sólo con ver
cómo las personas
transitan aquello que les toca
en el fondo
todos creemos parecernos un poco
a un marinero atrapado
en alta mar

y el divisar una estrella distante

que con su misterio y su luz
permite darnos cuenta
de nuestra propia soledad
no fuese lo único
que nos obliga a posar la mirada
en el cielo

porque a veces es bueno saber
que el infierno particular
que cada uno de nosotros porta en esta tierra

también puede estar vacío



Joaquín Oreña (Monte Quemado, Santiago del Estero, 1979), Una especie extraviada. Ediciones Viajero Insomne. Buenos Aires. 2014.

Graciela Perosio, Después de treinta y dos años...

Foto: Sara Facio


Graciela Perosio, Después de treinta y dos años...


Después de treinta y dos años
de ejercicio profesional
la escribana quería jubilarse, 
escuchaba la conversación
en la mesa de atrás
mientras tomaba café.
Nunca un problema, sólo aquella vez
que preparó el acta
-porque llamaron diciendo que ya venían...-
y, después no apareció nadie.
No llegaron, no aclararon.
Nunca supe qué ocurrió.
Su voz sonaba tan estricta, 
meticulosa, conforme a.
Fue en el 2006.
Había hecho el encabezamiento.
Y ahora ni siquiera puedo explicar
esa página en blanco.
Lástima, pensé, que no se dedicara a la poesía.
Sólo quise abreviar el trámite.
Tan puntillosa ella.
Tan severa.
Pero una página en blanco
manchaba sin piedad
-quién lo diría-
un expediente impecable.


Graciela Perosio (Buenos Aires, 1950), Balandro. Paradiso. Buenos Aires. 2014.

Marta Cwielong, Los perros son otros pero aparecen cada tanto...


Marta Cwielong, Los perros son otros pero aparecen cada tanto...


Los perros son otros
pero aparecen / cada tanto,
fragmento de alguna historia.
Extraño, no creí pertenecer a alguna. Los 

días fueron
sucediendo/
como las nubes.
Todavía no entiendo qué hice con las horas.
Hasta cuándo hay inocencia?

No puedo recordar mi infancia.
Quién era mi padre?

borracho por las noches,
refugiado,
el nazi,
un polaco,
un
alemán
el que salvó a la niña del campo minado
quien amaba a mi madre
quien amaba a madre de mi hermana
quien castigaba a mi hermano

el ateo

el nazi
el que hace que no tenga memoria?



Marta Cwielong (Buenos Aires, 1952), Pleno de ánimas. Ediciones La Guacha. Buenos Aires. 2008.

Patti Smith, sueño de rimbaud



Patti Smith, sueño de rimbaud


soy una viuda. podría ser charleville podría ser cualquier parte. 
muévase detrás del arado. los campos. el joven arthur acecha 
alrededor de la granja (¿roche?). bombea el pozo artesiano. 
arroja cristal verde alias vidrio roto
me llama la atención.

estoy arriba, en el dormitorio, vendando mi herida. él
entra. se apoya contra uno de los barrotes. sus carrillos sonrosados.
aire despectivo, manos grandes. me parece endiabladamente sexy.
cómo pasó esto pregunta él sin afectar importancia. demasiado indiferente.
levanto el vendaje. enseño el sanguinolento caos de mi ojo; un sueño de Poe, 
él habla con voz entrecortada.

lo suelto sin más consideraciones. alguien lo hizo. tú lo hiciste. 
cae sobre sus rodillas. llora y se aferra a mis piernas. agarro 
su pelo. casi quema mis dedos. espeso fuego de zorro.
suave pelo amarillo, pero con ese inconfundible matiz rojo.
pelo del único. fulguración roja.

oh jesús, lo deseo. puerco hijo de puta. me lame
la mano. yo sobria. vete rápidamente, tu madre espera. él
se levanta. está yéndose. pero no sin la mirada de
esos fríos ojos azules que desintegran. quien vacila
es mío. estamos sobre la cama. tengo un cuchillo junto a su
cuello. lo dejo caer. nos abrazamos. devoro su pelo.
piojos como el dedo gordo de un bebé. piojos, caviar de los cráneos.

oh arthur arthur. estamos en abisinia, en adén. haciendo el amor.
fumando cigarrillos. nos besamos. pero es mucho más. azul brillante.
piscina azul. diestro lago de aceite. las sensaciones se concentran,
se animan. dorado cristalino. bolas de cristal coloreado estallando.
costura de tienda berebere desgarrándose. aberturas, abierta como
una caverna, más abierta. rendición total.

Patti SmithBabel. 1978.

Fabián San Miguel, Sueño 800



Fabián San Miguel, Sueño 800


Sueño 801
se distorsiona la señal de radio, parece sumergida en una tormenta. Tengo un pie en el agua y me confundo. Me acosté con jeans y doy vueltas en la cama, atrapado. Averiguo lo que hay en la caja, el zumbido insistente de un insecto. Alguien dice: "en Laos se coloca un coleóptero en el sexo para provocar mayor placer en el momento del orgasmo". Busco el mío mientras suena el teléfono, un aparato blanco, inmaculado. Está apoyado sobre un mesa negra, inmensa. Tengo frío y tiemblo acurrucado. Hablo con un extraño: "Bautizaría este sueño con el nombre de Alicia". Apenas un desliz de claridad me despierta, guardo un sabor extraño en la boca.


Sueño 803
estoy despierto. Hablo con alguien sobre las burbujas en la sangre. El televisor se acuesta a mi lado, con el volumen en mínimo, apenas los gestos. Lo demás lo recordaré más tarde. Busco un libro en la mesa de luz, un fogonazo. Se cae uno de los murciélagos que duermen en el taparrollo de la ventana. Sueño que sueño con un pintor sin manos, la sombra de su obra es apenas un boceto que anuncia el alba. Acaricio los hongos con la palma de los pies, es un prado extenso. Una mujer llora en otro cuarto. Estoy despierto, anoto un recuerdo que después olvido. Cuando más tarde vuelvo al papel la escritura me parece rasgada, ajena. Temo volverme inútil.

  
Sueño 814
estoy guarecido en un maizal que se quiebra. Los relámpagos abren huellas en una habitación vacía, el lugar huele a campo abierto. Nado hasta uno de los rincones del cuarto, trato de comprender lo que sucede: recorro una ruta cerrada. Es de noche. No siento más que mis pies adormecidos. Las gotas de lluvia ocupan la totalidad de una mirada. El cuerpo, entrelazado en sueños, aún está seco y a cobijo. La ventana recobra mis sentidos para volverlos opacos, intransferibles. El negativo de una fotografía deja entrever a un caballo desbocado refugiarse más allá de la tormenta. Abro el vidrio y apenas toco el aire mis manos se estremecen. En el cielo, las cruces blancas se reflejan desde un costado del asfalto. Cuando regreso a la cama la luz me ahoga, el resto es lo que permanece en la retina.

a la Kon-tiki, Junín.


Sueño 806
escribo una carta que nunca te escribí. Me cuesta anotar en el sobre San Francisco, no reconozco mi caligrafía. Te cuento un sueño, los gatos cruzan la calle detrás mío, veo los autos y me despierto escuchando los maullidos de dolor. Busco mensajes en el contestador. Recuento los cuerpos que yacen en mi memoria, su dolor se parece tanto a la muerte. Tomo mucho líquido; creo que es agua pero parece viscoso, elástico. En el lugar donde debería estar mi boca hay un enorme vacío. Intento gritar y tengo la sensación de caerme de la cama. Ahora sí, te envío la carta que nunca te escribí. Tu voz se escuchaba extraña, tan parecida a la mía.

a lelé santilli.


Sueño 826
las uñas se despedazan contra el mármol. Es una madrugada prematura. Sé que estoy aquí y, sin embargo, no puedo entenderlo: al tacto mi epitafio resulta grotesco. Observo las vendas y un colgajo de sábanas secándose en la parte de atrás de un edificio desconocido. Ginsberg acaba de fotografiarlas desde su cocina. Ahora realiza varias tomas del interior: es un lugar amplio, hay platos sucios por todas partes. Las cortinas se mecen por el viento. Estoy ahí, afuera o adentro. Apenas alcanzo a reconocer las fechas en los negativos. Un ángel canoso está sentado a la mesa, en un papel escribe el poema que más tarde llamará Sao Paulo revisited. Todo se detiene unos instantes, nos miramos a los ojos. Con él sólo puedo ir hacia la apertura del juego. Con cierto temor muevo una primera pieza. Las palabras desnudan mis sentidos y la cama se llena de presencias inútiles. Intento salir del sueño pero un cigarrillo me retiene en la ranura del silencio. Veo por encima de mi naturaleza el hombro del horror que nos acompaña.


a Mario Trejo.


Fabián San Miguel (Buenos Aires, 1964- 2013) en BEAT 57. El Camino Nunca Termina. Año 1 – N° 1 / noviembre del 2000.

Patricio Foglia, No había escapatoria



Patricio Foglia, No había escapatoria


Algunas noches de insomnio, en plena madrugada
caminaba hacia la heladera.
Era chico y también
uno de los más gordos de la escuela.
No tenía muy claro por qué
pero en medio de la noche, abrir la heladera
y dejarme hipnotizar por su luz
me calmaba. Por eso
me siento amigo de los que roban,
de los que se drogan, de todos esos pibes
en la esquina, esperando.

*

No había escapatoria, aunque afuera el sol
iluminara la tarde en el campito. 
Yo podía bajar, fingir que jugaba
con mis nuevos vecinos
pero en realidad no había escapatoria.
Como cualquier hámster, estaba desesperado,
mis dedos ardían de tanto rasgar un vidrio
al que nada ni nadie parecía quebrarlo.


Patricio Foglia (Buenos Aires, 1985), Lugano 1 y 2. Viajero insomne. Buenos Aires. 2014.

Huang O, A la canción Nubes suspendidas

Jos Van Riswick. Black Cherry



Huang O, A la canción Nubes suspendidas

Tuviste mi capullo de loto entre tus labios 
y te dedicaste a jugar con el pistilo.
Comimos una parte del 
cuerno mágico de rinoceronte
y no pudimos dormir en toda la noche.
Toda la noche la cresta colorida del gallo
se mantuvo erguida. Toda la noche la abeja
se aferró temblando a los estambres de la flor.
¡Oh, mi dulce joya perfumada!                                      
Sólo permitiré
que mi señor posea mi sagrado
estanque de loto, y cada noche
hará nacer en mí
flores de fuego.


Huang O (China, 1498- 1569)

Carlos Battilana, Unos días


Carlos Battilana, Unos días


Imagen

Haces sombra, dolor. ¿Es posible
que pueda, sin mediaciones, tocarte?

Nombro con palabras precisas
a los seres queridos
pero
sin respiración.

En el lago ácido
de la memoria
una niña enferma
se ahoga
perpetuamente
en aguas brumosas y negras.
Esa imagen tenaz
me acompaña
convive
con las palabras
nuevas
que un antiguo lenguaje
me concede. Entonces
mediante un esfuerzo
físico
apelo a mi parte más religiosa
y elaboro un estado material,
como si se tratara
de una sólida
piedra que se acumula
a pesar de mí.

Aire invernal, ramas
del viento, hojas verdes y amarillas
en la
quietud
y en el movimiento
lo que acontece
es un cúmulo silencioso
de bondad, como una
espuma delgada.

En esa larga acumulación
de energía
miro mi cara en el agua,
remojo los ojos
las regiones más
crueles, y sin mayor optimismo
sin miedo

que estuve en lugares
oscuros: mesas gentes casas.
El deseo ¿qué fue de mi deseo?
Mi culpa ¿qué
fue de la culpa? ¿De qué modo
constato una ideología?
¿Es posible
la bondad?

- En el tiempo.



El pasto que hace poco me acompaña

Mi madre me pone el delantal
blanco. Nos sacan
a los dos hermanos
la foto
del comienzo de clases. Sonreímos.
Al fondo
la pared gris
es lisa,
hace de nuestra vida
un panorama lleno de color
monótono. Sin embargo
la luz del sol
el aire liviano del verano
acompañan
nuestros primeros días de marzo.
De algún modo
somos felices
estamos habilitados
para querer
a nuestro Padre.

Hoy,
mi hijo Marcos
nombra a Andrés
a Ricardo. Le pongo
el delantal, lo acaricio,
sus palabras no me reclaman
nada, y hago un esfuerzo
sobrehumano
por comprender, por devolverle
parte de mi vida.
En la comparación
siempre me vuelvo menor. Los días
pasan. ¿Qué hacer?
Acumulo poco a poco
todas las horas vividas,
no podré leer muchos más libros,
mi comunicación
resulta insuficiente, ¿qué hacer?

Con el oxígeno que queda
haré un círculo perfecto
y no alabaré
el desgaste de la materia, lo que pronto
se acaba. Furioso, impasible,
pediré
besar todas las noches a mi hijo
mirar por TV todos los partidos del Campeonato
caminar sobre el pasto verde
que hace poco
me acompaña.



Una pieza

Toco a mi mujer. Nos besamos, rastreamos en la piel el punto ignorado de la felicidad. Hallamos tramos de la infancia en la saliva, en la oscura ternura de nuestro abrazo, y el deseo se circunscribe a tomarnos de la mano como dos personas que se acarician amorosamente, que comprenden el lapso pequeño que los días les han asignado. Como una guerra perdida, miramos el sol del sur, vamos en busca de un pozo al que llamamos nuestra intimidad.


Carlos Battilana (Paso de los Libres, Corrientes, 1964). Velocidad Crucero y otros libros. Editorial Conejos. Buenos Aires. 2014.