Santiago Sylvester, Los casos particulares


Santiago Sylvester, Los casos particulares


(peripecia del cuerpo)


El cuerpo es exigente: reclama, ofrece prestaciones, y ahora
me doy cuenta de que elige sólo a medias:
                                                                    sin embargo,
en él está lo que gano y pierdo: vértigo de lo que llega,
descarte de lo que sobra y
perpetuamente sobrará.


                                             La memoria
forma parte del cuerpo: no difieren naturaleza y cultura: todo
en este caso es todo, pero no con el fastidio ontológico sino
con la contundencia del verbo estar.
                                                            La voz, el entusiasmo,
forman parte del cuerpo como la mirada forma parte del
ojo: no hay separación que valga.


Un cuerpo sano o enfermo es igualmente el cuerpo, incluso
la cicatriz;
la caída de un diente, un moretón, son tan cuerpo como la
punta de los dedos:
hasta lo que puede ser cortado, uña, pelo o pellejo, que es
donde más se esmera porque ahí
puede desaparecer.


El enigma que circula por el cerebro, lo intenso del tendón
y resueltamente el sexo: cada tarea
pregunta qué vino mi cuerpo a decir de mí, cuál es la
justificación que me rodea:
el cuerpo, el exigente.


                               Con él
me siento en confianza, no sé si en calma:
un ojo cerrado, el otro abierto,
como el animal que se tiende al lado de su dueño y se duerme,
y sospecha que por ahora todo está bien.




(¿hablando solo?)


En lo mejor de la charla,
vienes a decirme que se ha ido: a dónde se va a ir
con lo que le gusta mirar por esta ventana del café:
no va a dejarme con la palabra en la boca, siendo gente de 
buena educación:
no va a dejarme hablando solo.

Sin embargo, hay enigmas en todas partes: lo que se va y no
desaparece, lo que desaparece y sigue por aquí:
también los amigos tienen su enigma,
además del enigma mayor: que no haya nada que entender.

Estas cosas suceden según lo previsto, y no hablo de asuntos
pendientes o lo que sirva para teorizar: ninguna teoría
sino pura práctica: aquí estuvimos y seguimos con la lógica
confusa en la que suelo estar,
y no vengan con noticias raras:

                                                  decir que estoy hablando solo
es no saber nada de la conversación.



a Javier Adúriz
(1948-2011)


Santiago Sylvester (Salta, 1942), Los casos particulares. Ediciones del Dock. Buenos Aires. 2014.

Anahí Mallol: Como un iceberg

Anahí Mallol: Como un iceberg. Paradiso. 2013.

Habla para que pueda escribir-te

Riesgos de un libro de poemas de amor: ser llorón, obvio o meloso, exacerbar lo sexual, ostentar la disparidad de los vínculos, exhibir la soledad. No es el caso de Como un iceberg, último libro de Anahí Mallol. ¿Poemas a, de, sobre, desde el amor?
Cada texto está trabajado al modo de un artesano que al quitar materia hace surgir la forma real. Como un iceberg, la poesía sólo muestra su verdadera naturaleza si nos animamos a ir más allá de la superficie. Tomemos, por ejemplo, este “iceberg”: “sorprendente y hermoso/ como un iceberg/ descubrir/ una nueva forma del amor/ en la maravilla del cuerpo: / cuando él llora/ de la punta de los pechos brota/ una forma/ perfecta de consuelo/ una leche/ blanca y dulcísima”. Notable economía de palabras con la que el poema revela su alcance mucho más allá de lo que dice. Buena ocasión para recordar uno de los acápites del libro: alude al Kāma-Sūtra, de Vātsyāyana (en sánscrito: kāma: placer sexual y sūtra: hilo, frase corta: aforismos sobre el placer sexual): “No se logra hacerse amar sino dependiendo de las palabras”. En el capítulo cuarto de ese antiguo texto indio (“Sobre las cosas que debe hacer el hombre para conquistar a la mujer y también sobre lo que debe hacer una mujer para conquistar y mantener a un hombre a su lado”), se hace énfasis en la importancia de la conversación. Un hombre nunca conquistará a una mujer sin invertir una gran cantidad de palabras. “Habla para que te conozca”, sí, y también: habla para que pueda escribir-te. Los hombres a veces hablan y a veces dicen cosas. Mallol captura el discurso masculino y lo pasa por su tamiz. Por ejemplo, cuando un hombre pregunta qué quiere una mujer: “¿me preguntás qué quiero?/ quiero tomar tu cara/ con mis dos manos/ que sientas/ fuerte mis manos chicas/ sobre tus mejillas suaves afeitadas/ quiero mirarte fijo y derecho a los ojos/ para que puedas/ de ahora al final/ reconocerte en los míos/ para que en adelante ya no sea posible/ escucharte decir esas cosas”. Si se tratara de otro libro, podría pensarse con cinismo en una versión femenina de: “Me gustas cuando callas…”. Moraleja: el reflejo en los ojos adecuados vuelve vana la pregunta. 
Con una pasión sin estridencias, los textos están hilvanados por un amor calmo y articulados por un yo que es uno y varios recorriendo las distintas instantáneas: el aire zen de esa arquera amorosa, niños-grandes que juegan con pueril seriedad, un abrazo que no llega en la oscuridad de la noche, el cuerpo enfermo de un hermano, un hombre y una mujer que tuvieron –quién lo diría- sus años felices…
La falta de mayúsculas y la ausencia casi total de puntuación no representan problemas, ya que, como recursos, están elegidos a conciencia. Los cortes de versos, en cambio, generan una tensión en la sintaxis que entrecorta un poco el ritmo de lectura. Estas elecciones enrarecen un clima que, de otro modo, correría el riesgo del azucaramiento debido a las características del tema.
Las ilustraciones de la artista Gabi Rubí remarcan cierto tono de infancia que se prolonga en la adultez. La idea de juego insiste en varios momentos. La ternura, plena en este libro, en el mundo adulto se omite o censura y en cambio se exalta su fracaso: la crueldad. Un gesto tierno no sólo vuelve deseable al que lo muestra, como señala Mallol, si no que marca un camino posible: el único que vale la pena transitar.


Griselda García

Se permite la reproducción de este trabajo citando la fuente y esta dirección: http://griseldagarcia.blogspot.com  

Silvia Camerotto, La grosse fugue.


Silvia Camerotto, La grosse fugue. Ediciones Del Dock. 2012.

En La grosse fugue Camerotto desacraliza los temas prestigiosos -que abundan en la poesía- e incluye lo cotidiano en su registro: “Bajo el discreto encanto de la pantalla japonesa/ de la cocina escribo/ la lista del supermercado” (“Continuum”, p.20). “Bajo el encanto de una ristra de ajos/ agotamos los cuerpos” (“Fiesta”, p. 26). Estudiar medicina implica no menos perseverancia que esa mano que baja y sube sobre la tabla de picar. (“Fuga”, p. 24). Pero lo cotidiano es cotidiano y ya… ¿qué es lo que distingue a estos poemas? Hay que seguir buscando en el universo emocional de esa voz poética que a veces se incluye en un nosotros, y otras interpela a un tercero.
Enchastre, traición, perseverancia: una rejilla hacia donde todo escurre. El marco, una casa extrañada, en la que todo está corrido de lugar, sucio, donde los huevos se fríen en un maelstrom, la fruta se pudre, y el café chorrea sobre los zapatos… este desfasaje parece decir que si hubo algo bueno, ya pasó. “Ayer festejamos a Baco/ Ahora, el televisor encendido trae el invierno/ y la lluvia deja tu nombre” (“En el nombre del padre”, p.21); “Limpio las costras de la fuente/ Sonrío/ Él todavía era joven y bello.” (Continuum”, p.20). Además, todo está fuera de tiempo: si se llega a esa casa para fugarse de toda realidad, qué peor que el otro diga: “Voy a comprar un reloj.” (“Tempo”, p. 23). No entendiste nada o el desencuentro es feroz.
En la presentación del libro le preguntaron a Camerotto por el origen del título. Ella dijo que había estado escuchando esa obra de Beethoven mientras escribía los poemas. Dada la complejidad de su técnica, los críticos consideran a La grosse fugue una de sus piezas más inaccesibles. Algo de esa complejidad pudo haberse filtrado al libro, ya que por momentos su entramado resulta arduo de penetrar. Eso podría ser un filtro para lectores desatentos. Para los que nos gusta el lío, este tipo de poemas incita nuestra curiosidad. Y en definitiva les estamos agradecidos porque nos hacen ir en profundidad.
El libro de Camerotto comienza con la palabra “aprovecho” y termina con “fuego”. Propongamos, entonces, un carpe diem recargado: aprovechá el fuego.
  

Griselda García

Se permite la reproducción de este trabajo citando la fuente y esta dirección: http://griseldagarcia.blogspot.com  

Pedro Centeno, En mi aurícula izquierda


Pedro Centeno (Orán, Salta, 1964), En mi aurícula izquierda. Ediciones Cartografías. Río Cuarto. Córdoba. 2013.

En mi aurícula izquierda es el tercer libro de poemas de Pedro Centeno, poeta salteño residente en Río Cuarto. En la contratapa, Jorge Esteban Mussolini afirma que su poesía es “… pura, despojada de cualquier tipo de retórica o jactancia, para dar testimonio de una realidad cotidiana…” Esta escritura de las pequeñas cosas, incluye aquellas imágenes que gritan incluime a mí, decí qué ves y cómo: “Una mujer duerme en el último asiento de un colectivo/ dos adolescentes fuman marihuana en una plaza/ un anciano esculpe en las últimas horas de la tarde…” (“Retracto”).
¿Qué hacer con el vacío? Si creías que el arte va a responder… no lo hace. Si es bueno, propone más preguntas: “A veces/ pero sólo a veces/ cuando el vacío (como una noche de tormenta fea)/ me rapta/ me resta/ me llega/ aparecen tus senos y tus piernas/ y tus manos/ a sostener: / mi sueño/ mi cuenta/ mi rabia/ de inventarte/ de invitarte/ ahí o aquí/ adonde nadie acude.” (“Cuando el vacío”). “En esta mañana fría” (gris y lluviosa), también plantea que hay ausencia cuando se ven caer las hojas al costado de la ruta, una pareja ingresa a un motel, un indigente empuja su carro, y todo es sin: la pileta sin agua limpia, sin el pelo de ella fragante, sin su cuerpo soleado. “… y te miro (pero no quiero verte)/ y me lleno de alegría (pero me siento triste)/ y sé que estás ahí (en mi aurícula izquierda)”. Vamos, una vez más, a Jorge Luis Borges en “Nubes”: ahí aprendimos que sólo es nuestro lo perdido. Aquí, la voz poética hace de esa pérdida ganancia incorporando la figura del ser amado, cuya esencia alumbra y hiere a la vez.
En una obra de teatro el terapeuta le pregunta al paciente “¿Y usted cree en Dios?”, “Sí”, dice el paciente, “cuando estoy solo y tengo miedo”. ¿Qué hacés cuando estás solo y tenés miedo? Centeno propone conjurar el vacío con palabras, invocar presencias que lo mitiguen. Su libro logra hacerlo arte, literatura.



Griselda García

Se permite la reproducción de este trabajo citando la fuente y esta dirección: http://griseldagarcia.blogspot.com  

Natalia Romero, Tus cosas



Natalia Romero, Tus cosas


Dejé la casa y no recuerdo cuando fue.
No sé adonde fui tampoco.
Dejé la casa y nunca abrí el placard. 
No me metí en tus cosas.
Nunca quise tocarlas. 
Nunca quise tocar tu ropa. 
Dejé los aros las pulseras
la cajita de música con la cuerda rota
las cartas en los cajones
el álbum los zapatos
las remeras el maquillaje los adornos.
¿Alguien habrá tirado tu cepillo de dientes?
La vecina dijo que guardaría todo para mí
para cuando mi hermana y yo
quisiéramos volver a tener algo tuyo.
El día en que le dije que los óleos pastel
que me mostraba eran de mi mamá
ella insistió en que no era así
dijo haberlos comprado en una feria hacía unos años
pero yo conocía esos crayones magenta y ese rojo rubí
gastado más que los demás colores de la caja.
Nunca más volví a la casa de la vecina.
Tampoco a la casa en la que vivíamos con mamá.
El único contacto que tuve con los objetos 
fue tirarlos en bolsas de color oscuro o madera
a escondidas, durante años
a la hora de la siesta
en la casa de los abuelos.
Lo que más me costó
fueron esas pantuflas rosas
que usabas cuando estabas enferma.
La abuela insistía en guardarlas
ella veía algo tuyo 
yo veía todo lo ajeno.


Natalia Romero (Bahía Blanca, 1985), Nací en verano. El ojo del mármol. Buenos Aires. 2014.

Mariana Chami, El mandato de Helga Rohr



Mariana Chami, El mandato de Helga Rohr


La alfombra es verde
con algunas flores
y la aspiradora no limpia el polvo
acumulado en tantos años

bajo la mirada atenta
de un sin fin de retratos
Helga guarda secretos muy viejos
casi reliquias invaluables

y en su perfecto castellano pregunta
¿quién quiere tener
las obras completas de Shakespeare
en alemán gótico?

más tarde

se acomoda sus lentes
y en sus ojos celestes
sólo la perseverancia resta

el plan es sencillo
ser puntual y sobrevivir

a los ocho años le marcaron
la estrella judía en el corazón

hija única de Rosel y Julio
Helga escapó de una guerra
y llegó a Buenos Aires

si hay amor
que no se note
escasean los abrazos
y no sabemos desperdiciar

siempre decía 
que las nenas que lloran
se ponen feas, muy feas
hay que cuidar hasta las lágrimas

así creció
así crecí
llena de reglas a cumplir

Frau
Fräuline Helga.



Mariana Chami (Buenos Aires, 1978), El amor es esto. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2011.

Vicente Luy, 2da vez que voy, rompo el barrote, calculo la distancia...



Vicente Luy, 2da vez que voy, rompo el barrote, calculo la distancia...


2da vez que voy, rompo el barrote, calculo la distancia
y no me tiro.
Mi idea del suicidio era otra:
el sueño de morir dormido
¡y la fantasía del coma!
    despertar cuando todo
             estuviera
              mejor.
Pero 180 pastillas no me hicieron mella.
Ahora, imaginar mi cabeza reventada contra el piso
no lo soporté. No me dio.
Tratándome de cagón y aleccionado para no errar
a la semana fui y subí de nuevo.
Y acá me tienen, corrigiendo poemas;
flojos; pero útiles a un fin; quiero decir:
lo 1ro es el equipo.-



Vicente Luy (Córdoba 1961- 2012) Poesía popular argentina. Añosluz editora. Buenos Aires. 2014.

Diana Bellessi, Nos hicimos a la mar a medianoche...



Diana Bellessi, Nos hicimos a la mar a medianoche...


XII

Nos hicimos a la mar a medianoche,
una pequeña colmena de pescadores.
Con dinamita
sacaban la carnada;
vi los hermosos jureles corcovear
entre las manos diestras. Vomitando
y casi ciegos los vi caer
tras una niebla de sangre
golpeados contra las tablas.
Era buena la pesca,
cada ola me tiraba al piso, y reía
y lloraba agarrándome de tus piernas
por tanta fortuna, tanta desgracia.
Qué joven tan hermoso. ¿Sabías
cuando te encontré en París,
después de creerte muerto,
y nos abrazamos en una esquina
de Vincennes como locos,
sabías, que te hubiera hecho el amor,
el veloz el misterioso,
aquella única madrugada
que pasamos juntos
con siete pescadores
en el puerto salobre de Antofagasta?


V

Dormí a la sombra de su casa
en la Isla San Cristóbal, bautizada Chatman
por balleneros norteamericanos.
Me invitó con té, un mazo de cartas y su serena
desgracia. Caminé despacio. Playas de seda
festoneadas de cangrejos e iguanas,
el volcán al centro y las lloviznas sobre el lago,
los naranjales pudriéndose a orillas de las estancias.
Después me fui a Floreana, la de la arena negra,
y a Santa Cruz, donde abundan las tortugas gigantes,
los refugiados nazis y los manglares.
En la Isabella recogimos cocos con el chileno
pescador de tiburones, a quien luego perdí el destino
y quizás, se hizo a la mar en balsa
de Guayaquil a las Galápagos.
De regreso visité al ciego, contador de historias,
guitarrero, en cuya casa dormí.
Me dio una carta para sus parientes
en Guayaquil. Y nunca la entregué.
¿Sería de vida o muerte?,
¿de qué sería la espesa grafía que dictara el ciego
puesta entre mis manos sin sospecha?
Nunca la entregué.
Estará esperando todavía.
Estará esperando.


Diana Bellessi (Zavala, Santa Fe, 1946), Crucero ecuatorial. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.

Consuelo Fraga, A la Corporación...

Foto: Tania



A la Corporación
                                                                       In space no one hear you scream.
                                                                                                                         Alien.
Despreocúpense, yo
no vine acá buscando información.
Es cierto que tampoco fue casual
el sentarme a esta mesa,
que estuviera leyendo en aquel banco
o esperara ese taxi allá en la esquina.
Fue mi necesidad de constatar
si les pica la piel
cuando el mosquito, el ácaro o el piojo
posan su amenazante cuerpo encima
de vuestra ¿humanidad? Era mi duda.
“No puedo concebir la indiferencia.”
–diría si me fuera ajeno el paño
y no es el caso, tengo
años de permanencia en la familia.
Es ingenuo, por eso, fantasear
con la voz moderada y comprensiva,
mesiánica, sincera, no ofensiva
que avanzará hacia ustedes
haciéndoles llegar una denuncia:
pasa esto y aquello allá tan lejos
donde mandan a encierro a las personas
con orgullo, tres firmas y ocho sellos.



Estaciones intermedias
Cuando se me acercaron
desde otra moto y vi esa mano
queriendo girar la llave
en el tambor de la NX400
aceleré y pensé: “Me voy,
yo de ésta me voy.”
Y no fue así
sino que di unos trompos en el piso,
no se hizo presente el consejo
que mandaba soltar
cuando las papas queman.
En su lugar se apersonó
la quebradura:
una clavícula partida en dos
sus puntas desafiándose
como enemigos blandiendo facas.
Soldó con el tiempo el hueso
aunque quedó deformado
el que fuera ayer
esbelto como un escarbadientes
liviano, gracioso y funcional.
Ese hueso me sostiene,
me sigue sosteniendo
cuando te escucho
contarme el sueño
donde el guarda te pregunta
a qué estación vas,
y no sabés qué responderle.


Bienvenida Casandra
Si pregunta, le diría
hay cosas que todos necesitamos
y para algunos es un lío buscarlas
sin alejarse de su familia.
Cierta gente nunca te va a dejar
vivir en paz, igual
no te preocupes mi amor
nadie espera que imites a tu padre.
Con las nenas se les escapa
un poco la tortuga.
Van cabeza a cabeza.
Están cursando la primaria.
No hablar, no mirar, no contar
porque es así como te dice Bart
si algo puede llegar a usarse
en contra tuyo, va a pasar.
Pero mis hijas serán inteligentes
a la manera tonta de la poesía:
“Ma, ¿no parecen todos primos?
Mami, ¿por qué en el penal
casi no hay rubios de ojos celestes?”
Y si es varón y no pregunta
y parece otro primo más del imputado
le diría: Cielo, mirá cómo papá
le pone una re onda a construir la vida.


Consuelo Fraga (Buenos Aires, 1969). Poemas inéditos, cortesía para este, su blog amigo.

José Ioskyn, A la hora de la siesta...


José Ioskyn, A la hora de la siesta...


A la hora de la siesta
se le va el dramatismo a tu aspereza
recuerdo cómo nos divertíamos antes
antes de que nacieran los chicos
antes de trabajar como dementes
recuerdo y siento el lomo como
la piel de un caimán
pero uno con dientes que no hacen daño

cierro las ventanas
te gusta dormir a media luz

buscando el pantanal


José Ioskyn (La Plata, 1962). Nunca vi el mar. Huesos de Jibia. Buenos Aires. 2014.

Enrique Solinas, Lux amicitia

F. © Carolina García - 2013


Enrique Solinas, Lux amicitia


Tengo un amigo que es capaz de encender
con la belleza de sus palabras la noche.
Mientras intenta el sueño, bajo las sábanas
su cuerpo desnudo es asaltado
por algo parecido al amor,
una máscara triste y lejana,
un juego de reflejos.

Mi amigo canta en la oscuridad y pronto,
pronto se irá de aquí su pena,
pronto se irá como pájaro de fuego.

Porque sé que mi amigo
es más puro que la luz,
aunque no lo pueda ver.

Porque tengo un amigo
que a veces olvida
que es capaz de encender
con la belleza de sus palabras
la noche. 


Enrique Solinas (Buenos Aires, 1969), Corazón sagrado. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.

Luciana "Tani" Mellado, Mi pecho es una pared hueca...



Luciana "Tani" Mellado, Aunque el eclipse


Engullir por el sexo un hijo muerto
y escupirlo al costado del tiempo
para arrancar la maleza
de su carne.

Los granos el maíz oscuro
no siempre son veneno.

Crece la luna en el blanco
aunque el eclipse.

Desde adentro la vida enrojece
la muerte y viceversa.

En la distancia me desboco
los deseos,

animal que chilla

sangro.

Hasta un insecto puede ser
una treta de Dios.



Una pared hueca


el pecho se me llena
de ruidos
como ratas 
que chillan
adentro de una pared
hueca

mi pecho es una pared
hueca

no me puedo dormir
con tanto ruido
callada no es mejor
el silencio exagera
su ladrido en la piel
del sueño
que no viene.

¿escuchás los ladridos?
¿los chillidos?

hay animales pequeños
que dan miedo


Luciana "Tani" Mellado (Buenos Aires, 1975), Animales pequeños. Ediciones La Carta de Oliver. Buenos Aires. 2014. 

José Watanabe, El kimono

Illustration by Kerry Hyndman 


José Watanabe, El kimono


Mi padre y mi madre eran sombras dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero. 

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosísimos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.

Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.


José Watanabe (Trujillo, 1945- Lima, 2007).

Silvina López Medin, Como ese cumpleaños al que llegamos tarde



Silvina López Medin, Como ese cumpleaños al que llegamos tarde


Y al preguntar por la tía enferma
una prima dijo "tenía sueño, se fue a dormir"
por la forma en que miró el rincón
donde una nena chupaba restos 
de corazón de torta
pegados a una vela, supimos
no la veríamos otra vez.

Alguien hizo con los dedos un hueco
probó encender la llama que el viento apagaba,
alguien recogió del suelo uno por uno
pañuelos de papel,
alguien tomó papel y lapicera
pero la tinta no salía,
alguien dejó su pálido rouge en el borde de una copa,
alguien frotó el círculo de esa copa marcado en la madera,
alguien miró la madera y dijo "Oh"
cuando no había 
de qué asombrarse, antes
de que otra nena
saliera de su escondite bajo la mesa y de un tirón
del mantel
arrasara con la medida de esos gestos.


Silvina López Medin (Buenos Aires, 1976), Esa sal en la lengua para decir manglar. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Corto Blanco



Rita Kratsman, El grano del poema también germina en el caos

F: Fernando Lipina



Rita Kratsman, Salgo de Giverny como se sale de una frase…



Salgo de Giverny como se sale de una frase y
entro a un sueño aderezado:

(bazar de alimentos
o mercado de idiomas y colores

Ese toque de vehemencia contenido en palabras
de ciertas lenguas no
de todas
¿por qué este hecho debería justificar el desencuentro?

y a cada rato

descubro algo que antes no había visto
la vida fluye
alrededor de los inciensos mientras canta
un minarete
hay que oler y tocar
los frutos secos, canela en ramas, jabones
de aceite de oliva y otras cosas

el regateo es parte del negocio
como la paciencia de acosamiento

elijo un té perfumado, de manzana
para compartir con
fumadores de opio)



//

tierra firme, recibo bruscamente la intemperie, hora
en que también el mar azul de la vegetación bajo un cielo
plomizo…

si la casa es segura la tormenta es buena aunque
la próxima vez debería escuchar un poco más
al viento
barullo de pájaros, los arcos oscilantes del ramaje anuncian
las primeras gotas, voy hasta la galería para ver desde ahí
cómo se arma el revuelo
pulverización momentánea del lenguaje

¿en qué lenguaje puedo ser comprendida?

al fin me convenzo, el motivo
no desaparece por el simple hecho de llover
el grano del poema también germina en el caos, me digo
hay que escribir aunque esté sola en mi alta soledad
la visión del estanque
empieza a hacerse borrosa
oh qué triste
no podría haberlo dicho de otro modo.


Rita Kratsman. Giverny. Editorial El jardín de las delicias. Buenos Aires. 2014.




Sylvia Plath, Borde



Sylvia Plath, Borde (traducción: Griselda García)


La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo

Muerto tiene la sonrisa de la realización,
La ilusión de una necesidad griega

Fluye por los pliegues de su toga,
Sus pies

Desnudos parecen decir:
Hemos llegado tan lejos, se terminó.

Cada niño muerto enroscado, una serpiente blanca,
Uno a cada pequeña

Jarra de leche, ahora vacía.
Ella los ha plegado

De nuevo hacia su cuerpo como pétalos
De una rosa cerrada cuando el jardín

Se endurece y los olores sangran
Desde las dulces, profundas gargantas de la flor nocturna.

La luna no tiene por qué estar triste
Mientras observa desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.



Sylvia Plath, Edge

The woman is perfected.   
Her dead

Body wears the smile of accomplishment,   
The illusion of a Greek necessity

Flows in the scrolls of her toga,   
Her bare

Feet seem to be saying:
We have come so far, it is over.

Each dead child coiled, a white serpent,   
One at each little

Pitcher of milk, now empty.   
She has folded

Them back into her body as petals   
Of a rose close when the garden

Stiffens and odors bleed
From the sweet, deep throats of the night flower.

The moon has nothing to be sad about,   
Staring from her hood of bone.

She is used to this sort of thing.
Her blacks crackle and drag.



Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963), The Collected Poems. HarperCollins. New York. 2008. Traducción: Griselda García


N.B.: Esta traducción está en periódica revisión. 

Verónica Yattah, Me pedís que te ate el pelo...



Verónica Yattah, Me pedís que te ate el pelo...


Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís "haceme un peinado".
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.


Verónica Yattah (Buenos Aires, 1987), Los perros también se van. Viajero insomne editora. Buenos Aires. 2014.

Víctor Redondo, lo mío es hundir las manos en el fango



Víctor Redondo, lo mío es hundir las manos en el fango


VI

Pero las raíces del hombre se pierden
en tiempos que ninguna memoria alberga.
El hombre es tan colosal como el Mato Grosso
tan inmenso como los Andes -esa mujer dormida sobre el cuerpo de América-
y su fuerza es, finalmente, 
más poderosa que cualquier mecanismo.
Y no me interesa la política
ni las estadísticas ni la demografía
lo mío es otra cosa
es un viaje a tientas hacia el comienzo de todo
es una visión hacia atrás
un espejo boca abajo sobre la cresta de los siglos
y la vida y la muerte de Todo condensada en un punto.
Pero también me interesa la política
y las estadísticas y la demografía
porque lo mío es hundir las manos en el fango
es sacar a luz la mierda de las cloacas
es un espejo hacia adelante
un espejo manchado con mi aliento
porque vivo y vivimos
porque una mujer aún derrocha su alegría en mis ojos
porque en la noche
siento el placer de millones de amantes
siento el universo arrodillado en mis sábanas
porque el amor
ese Capitán de la Luz al timón de nuestro barco
porque la vida
             y cometas
              y astros errantes
              y las plantaciones y los ríos y los bosques
porque amor
              como un ave sagrada que resurge de los océanos
amor o vida     o dos mil años de incivilización
Entonces jóvenes
todo el amor 
pero ninguna piedad. 


Víctor Redondo (Buenos Aires, 1953), 70 poemas. Hilos editora. Buenos Aires. 2014.