Patti Smith | Meando en un río

F: www.thefrontrowview.com



Patti Smith | Meando en un río
[Traducción: Griselda García]

Meando en un río, viéndolo elevarse
dedos tatuados, huyan de mí
voces voces, cautivan
voces voces, el mar atrayendo
vení vení volvé volvé
volvé volvé volvé

Rayo de rueda, punta de cuchara
boca de cueva, soy esclava soy libre
¿cuándo venís? Espero que pronto
dedos, dedos, envuelven los tuyos
vení vení vení vení vení vení
vení vení vení vení vení vení por mí, oh

Mis intestinos están vacíos, excretando tu alma
¿Qué más puedo darte? Nene, no sé
¿Qué más puedo darte para que esto crezca?
No me des la espalda, ahora, te estoy hablando

¿Debería seguir un camino tan retorcido?
¿Debería gatear, derrotada y dotada?
¿Debería ir a lo largo de un río?
(el real, el trono, el llanto de un río)

Todo lo que hice, lo hice por vos
oh, doy mi vida por vos
cada movimiento que hice, me muevo hacia vos
y me arrastro como un imán hacia vos ahora.

Qué pasa, me vas a dejar
qué pasa, no me necesitás
qué pasa, no puedo vivir sin vos
qué pasa, nunca dudé de vos
¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

¿Debería seguir un camino tan retorcido?
¿Debería gatear, derrotada y dotada?
¿Debería ir a lo largo de un río?
(el real, el trono, el llanto de un río)
¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
Oh, estoy meando en un río.



Pissing in a river

Pissing in a river, watching it rise
Tattoo fingers shy away from me
Voices voices mesmerize
Voices voices beckoning sea
Come come come come back come back
Come back come back come back

Spoke of a wheel, tip of a spoon
Mouth of a cave, I'm a slave I'm free.
When are you coming ? Hope you come soon
Fingers, fingers encircling thee
Come come come come come come
Come come come come come come for me oh

My bowels are empty, excreting your soul
What more can I give you ? Baby I don't know
What more can I give you to make this thing grow?
Don't turn your back now, I'm talking to you

Should I pursue a path so twisted ?
Should I crawl defeated and gifted ?
Should I go the length of a river
[The royal, the throne, the cry me a river]
Everything I've done, I've done for you
Oh I give my life for you.
Every move I made I move to you,
And I came like a magnet for you now.

What about it, you're gonna leave me,
What about it, you don't need me,
What about it, I can't live without you,
What about it, I never doubted you
What about it ? What about it ?
What about it ? What about it ?

Should I pursue a path so twisted ?
Should I crawl defeated and gifted ?
Should I go the length of a river,
[The royal, the throne, the cry me a river]
What about it, what about it, what about it ?
Oh, I'm pissing in a river.

Patti Smith. Traducción: Griselda García.

Pablo Dema | Una amiga



Pablo Dema | Una amiga



I


Pasé frente a tu edificio esta mañana
y vi la ventana del departamento
en el que solíamos estudiar.

Si vivieras allí todavía,
si te hubieras quedado,
serías una autora
con un par de poemarios buenos;
pasarías frío en el invierno,
trabajarías de cualquier cosa
porque te cuesta dar las últimas materias,
ganarías poco
y no mucho más que eso
sería tu vida.

Pero te fuiste como todas
las estudiantes pueblerinas
para habitar una casa
con calefacción central,
un marido algo recio pero bueno
y unos niños que son
la luz de tus ojos.

Notarás que no abro juicios
ni hablo de chatura.
La aplanadora del tiempo
nos pasa por encima a todos,
a los que somos
y a los que quisimos ser.


II

Querías ser Alejandra
pero el furor lírico
te duró dos cuatrimestres.

Si escribieras todavía
serías
la loca de la familia,
pasarías con tu estampa etérea,
un buzo arratonado demasiado largo
y el pelo cortado a lo garçon.
Serías invisible en la calle
y un par de críticos distantes
te habrían dedicado
una reseña favorable.
Nos veríamos de vez en cuando
comentaríamos con amargura el estado
calamitoso de la nueva poesía
aunque no sabríamos ni por asomo
de qué estamos hablando.

Serías ella,
serías por fin vos misma,
no serías nadie
y estarías sola
con la poesía.


III

Al llegar, un poco de Satie o Leonard Cohen,
un par de tomates, naranjas
y una botella de agua bebida del pico.

Tu flacura blanca
desparramada en la cama,
el cigarrillo y un libro de poemas.

Toda la noche
haciendo la noche,
sólo vos
y tu cuaderno de notas;
a veces
una amante furtiva
despedida al poco tiempo
para producirte una llaga que lamer
en los días siguientes.

Harías
        una literatura salvaje
que haría
        estallar tu antigua furia
contra los paredones del mundo.
Si fueras así,
fotofóbica y neurótica,
adicta al café y a Emily Dickinson
tendrías tal vez
noticias mías.



Pablo Dema (General Cabrera, 1979), Filos. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Alejandro Schmidt | Otros rayos

F: La voz del interior

Alejandro Schmidt | Otros rayos


calor


el lobo que soltó tu corazón
tembló al sacudir sus pelos de la nieve

no te guíes por temor o venganza
no aprietes su garganta

seguramente necesitó calor

descansar
en los hondones de la pena




único cielo


la rosa pálida de lo bien herido
o el pie camino a una gran pérdida

flaca es la opción
actúan los venenos

después de los agravios

elegimos.


Alejandro Schmidt (Villa María, 1955), Otros rayos. Borde perdido editora. Córdoba. 2016.

Irene Gruss | Finísima cuerda

Foto: Tony Valdéz


Irene Gruss | Finísima cuerda


El pez muere por la boca,
muerde una ilusión casi carnal
y una cuerda finísima lo empuja
hacia arriba. Es aquí,
en la superficie,
con la ilusión a medio masticar,
que el pez divino muta en pescado.
Los perros se acercan
y el pescador se afirma: vendrá
la muerte y tendrá tus ojos.
Alguien que cierre esa mirada
tonta, insensiblemente neutra.
Es aquí, en la superficie.
Tu boca no emite siquiera
la burbuja que pudo haberte salvado,
largar el aire, girar hacia otra parte.
Al pescador no le bastan
tus ojos; corta la cabeza
y la arroja en un balde.
Vendrá la muerte otra vez
como carnada, como quien dice agua va
buscaré la finísima cuerda, morderé
el anzuelo,
es aquí la cosa, es aquí,
en la superficie.



Irene Gruss (Buenos Aires, 1950), La mitad de la verdad. Bajo la luna. Buenos Aires. 2008.

Diego Colomba | El largo aliento



Diego Colomba | El largo aliento


La decisión

Nuestro coche fue aminorando la marcha hasta que se 
detuvo y vos resoplaste.

Estabas cansado, te quejabas, de que no podías dormir,
aunque yo te había escuchado roncar en más de una 
ocasión

preferí no gastarte una broma. Me limité a contemplar
por la ventanilla el resplandor de una estación de
servicio bastante animada.

Llevábamos medio día viajando y aún faltaban seis
horas más según esos choferes somnolientos

que estiraban las piernas cerca de los surtidores que
remarcaban que eran quince los minutos que teníamos
para ir al baño y tomar un refrigerio.

Le pediste una ginebra con hielo al mozo del bar y no sé
qué prurito (te tomabas fácilmente una botella a diario)

te llevó a cancelar la petición: yo solo había señalado
sin mucho énfasis que no me parecía el momento de
pedir semejante cosa

y vos obligaste al mozo a volver sobre sus pasos para
pedirle un café con leche como el mío.

Fue, pienso,algún tipo de concesión a mi demanda
infinita de amor y fruto también de un momento de
debilidad de tu parte.

Pero lo cierto es que no fue una buena decisión y no
me hubiera gustado, pocas horas después, estar en tus
pantalones

que se arrugaban siguiendo tus pasos nerviosos a lo
largos de un pasillo estrecho

apenas mejor iluminado que el mundo exterior.



Aire de familia

Ahora que llevo la barba ensortijada
encanecida desde la nuez hasta el mentón
a una edad en que papá también encanecía
al frente de su familia numerosa
que mi mujer ha encontrado mi rostro enrojecido
mientras bebíamos bajo el cielo pintado de gris
que brotan las várices de mis piernas huesudas
que el vientre abulta y los ojos se hinchan
y el despachante ha sentenciado en otro idioma
que se trata de la última botella por venir
las distancias hablan por sí solas.




Diego Colomba (San Nicolás, Buenos Aires, 1972), El largo aliento. Alción Editora. Córdoba. 2016.

Loreley El Jaber | La espesura

Foto: Gabi Salomone




Loreley El Jaber | La espesura



Frente a la ventana
nieva
finito, grueso, a copones
Prendo un marlboro
dos, tres
miro mi planta nueva
veo cómo resiste su violeta
a pesar del humo y el calor aquí adentro
Mientras tanto
la nieve sigue su ritmo
y yo
pierdo color
sola frente a la ventana
cada vez más blanca



/



Lo veo andar entre las plantas
remover la tierra
traspasar árboles
enterrar semillas
Cuando lo conocí
su jardín me pareció desproporcionado
me apabullaba esa variedad de especies
ese moverse
pidiéndole permiso a la naturaleza

Hay en él una vitalidad verde
que me resulta ajena
ese respirar entre plantas tiene
un sentido más allá
como si ellas fueran
su modo de espantar las sombras

Veo a mis hijos acompañarlo al jardín
los tres con las manos en la tierra
como buscando el tesoro más fantástico
y al mirarlos deseo
que ellos hereden eso que está
tan fuera de mí
porque intuyo
que en esa humedad terrosa
iluminada de cielo
la espesura de lo triste
no encuentra materia
donde arraigar



Loreley El Jaber (Buenos Aires, 1972), La espesura. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

Ignacio Di Tullio | Famiglia

Foto: Gabi Salomone



Ignacio Di Tullio | Famiglia


Responso


Hay un plato de fideos olvidado
enfriándose sobre la mesa.
Siempre decías que era una ofensa
no comer lo que a uno le servían.
Nosotros limpiábamos los platos
en nombre de tu hambre.
Aquella noche estabas del otro lado de una puerta
en una cama de hospital
esperando que se desarrollara el trámite.
Un pulmón fuera del cuerpo te ayudaba a respirar.
Mi madre tomaba tu mano derecha
a mi padre le había ganado el sueño.
Yo envolví tu otra mano
y me gustó pensar que aún ausente
los dedos se te cerrarían apenas.
Recordé cuando de chico me veías venir
corriendo hacia vos.
Decías mi amore: me llamabas como al amor.
Entonces noté que por primera vez en mucho tiempo
respirabas por tu cuenta
la boca abierta
como queriéndote meter
todo el aire de aquella noche.
Cerré los ojos
para buscarte en esa oscuridad
que habitan los que se van.
Me escuchaste.
Abriste un poco más la boca
y empezaste a respirar el alma hacia afuera.
Todavía hoy escucho esa música pareja y regresiva
y vuelvo a recordar que sos mi nonna.
Cuando abrí los ojos, sonreías
en el fondo te daba gracia
esa burda retórica con que van cargados
los adioses.
Mi madre bajó la mirada.
Despertá a tu padre y avisále
pero mi padre está tranquilo en su sillón de acompañante
apenas lo toco se despierta y sonríe
viene de encontrarse con vos
en ese lugar oscuro y último
donde las madres despiden a sus hijos.
Afuera, algo había cambiado
en un hospital alguien había aprendido a respirar,
en tu casa las cosas empezaban a dejar de pertenecerte.



Mi padre elige frutas en el mercado


Mi padre elige frutas en el mercado.
Detiene el coche camino al trabajo
para bajar a tocarlas.
Desoye las recomendaciones del vendedor:
sus manos sabias bien educadas
prescinden de consejos
saben que se someten a una cuestión moral.
Presiona con los dedos la piel de un durazno
verifica la blandura de su carne.
Después pesa una pera en el hueco de su palma.
Con la otra mano envuelve una ciruela
y se adueña del mundo.
También su padre elegía las frutas camino al trabajo.
Entraba con mi padre y sin decir palabra
sostenía una fruta en cada mano
lo educaba en el ejercicio de la duda.
Era una escolástica muda y presencial.
Las frutas maduras siempre son las más dulces:
Ahora es mi padre quien deja caer el proverbio.
No me mira al hablar. Piensa en voz alta
y espera que lo tome
si quiero.

Ignacio Di Tullio (Buenos Aires, 1982), Famiglia. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

José Ioskyn | Acerca de un imperio


Foto: Gabi Salomone


José Ioskyn | Acerca de un imperio


La nodriza



Entrego su cuerpo
a médicos y sacerdotes
ellos lo cubrirán con aceites y vendas
lo secarán por siempre.
Un joven sorberá sus sesos
con una caña por su nariz.
Les doy sus juguetes
de piedra y papiro
para cuando despierte
junto a su madre Isis.

No está muerto
está por nacer.
Dentro de cinco mil años
volverá a beber mi leche de nodriza
en el campo negro de la noche.



El proveedor


Mi trabajo es difícil
y al mismo tiempo
no lo es.
Uso mis dedos
mis ojos
mi mente.
Siento a la muchacha
en mis rodillas
palpo su himen
(debe estar entero)
y la llevo ante el César.

Si es de su gusto
ella será la favorita.
A los meses
la dará a un oficial
como esposa
con renta vitalicia.


Con los mancebos
el procedimiento
es más agradable.
El César los prefiere
aunque no se sabe
qué hace con ellos
cuando ya
no los necesita.



Lectura de poesía


Nuestro amigo Rufus
lo ha pasado mal
en la lectura de poesía.
Es sabido que a ese ámbito
no se llevan joyas.
La gente va a pasar el rato
no escuchan ni permanecen
mucho tiempo.
Pero nuestro amigo concurrió
con su Juvencio
su joya adorada
y un viejo se lo arrebató
a cambio de unos cuantos sestercios.
Que no se queje Rufus:
a su Juvencio le gustan tanto
las mujeres como el dinero.
Por eso lo buscó con desesperación
en la calle, entre viejos lascivos
y prostitutas
una de ellas le dijo
“Acá está tu Juvencio”
y abriéndose de piernas
le mostró su tomate partido.




José Ioskyn (La Plata), Acerca de un imperio. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

Maricel Santin | Historia clínica


Foto: Gabi Salomone



Maricel Santin | Historia clínica



Cincuentonas toman mate
desarmadas de la risa.
Si no fuera lo que es este lugar, yo creería
que venden tuppers o se juntan
a criticar a los maridos y salir de la rutina.
Igual también la tarde
se aprovecha para eso.

Quiero saber
qué es
lo que tanto las divierte.
Me acerco en actitud
de maestra de primaria
que pregunta sin hablar
¿por acá qué anda pasando?
Con los ojos chispeantes y un suspiro
que sostiene la siguiente carcajada
una de ellas me responde: ¿vos sabés
cómo quiso matarse
esta hija de puta?




/


Ella se quiebra
ante un modo cariñoso
mío de llamarla
acortando su nombre como si así también
redujera la distancia entre nosotras.
Es automático, termino de decir
y empieza a temblar
su pera, veo
el principio del derrumbe.
Un edificio a punto de perder
parte del techo, un balcón, la columna
vertebral, no importa
lo estructural acá,
cualquier pieza que se pierde
nos deja rotos.

Entre escombros asoma un hilo
de voz pidiendo auxilio

Por favor, no me digas
Mari
que me falta la mitad
del nombre.



Maricel Santin (Lanús, 1978), Historia clínica. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

Federico Espinosa | Intemperie




Federico Espinosa | Intemperie



Religión


Creíste en el hombre
que ayer te prometió
esa religión mentirosa
del beso por la mañana.

Guardaste las fechas exactas
donde nació la traición
tu alma era un estanque
de agua herida.

Hilaste en la rueca del destino
las hebras sin color del pasado
creíste en esa religión.

Hoy postrada en la cama
comenzás a entender:
el amor es apenas
un gesto antes de la muerte.



La Marcia


Tiene los dedos congelados
y la voz escarchada
de tanto ¡diario! ¡diario!
viste de amarillo
igual que el semáforo
en su espalda Río Negro
en su pecho La Mañana de Neuquén
interminable como el brazo
de un dios está la ruta grabada
en los ojos de Marcia
que sólo espera el rojo
para mostrar la última noticia.


Marcia tiene frío
y tan gastados los años
que ya no quiere continuar
quedó boca arriba
con los ojos mirando el cielo
a su esperanza la traía un caracol.


Su muerte no fue noticia

sino una hoja en blanco.


Federico Espinosa (Neuquén, 1987), Intemperie. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

Rafael Felipe Oteriño | Robinson


Foto: Camila Toledo



Rafael Felipe Oteriño | Robinson


Me apena verte, Robinson,
me apena ver tu silla de entretejido cordel,
la templanza de oír correr las horas y no sentir desvelo
por los que están del otro lado del mar;
tampoco urgencia en volver.

Me apena verte ordenar la ración del día:
el grano justo, la incisión justa
en la rama del árbol,
la obediencia de Viernes.

Me apena tu sombrilla,
tu casco de piel cruda, tu bota salvaje,
porque fueron hechos para eternizarte aquí,
donde eres rey solo en reino solo,

donde dices la ley y la haces cumplir,
y hasta el pico del loro repite tu nombre como una coronación.

Me apena tu entereza para durar:
más que fuerza es obstinación,
más que fatalidad, soberbia.

La mañana es bella, es cierto,
las hojas son anchas
como para albergar el recuerdo
y no dejarlo ir;
el mar es transparente, es igual al olvido.

Pero no estás bajo esos árboles ni bajo este cielo
sólo por su color,
ni caminas toda la extensión de la playa
por la sola amistad con las olas.

Cada día no es nuevo para ti, confiésalo.
Porque no es ésta tu prisión: tu prisión eres tú mismo,
tu imposibilidad de partir el pan con otro,
de dar gracias a otro señor.

Me apena ver tu desvelo detrás de una tabla
rescatada del mar, de un espejo partido,
de la ceniza de un cabo de vela.
Porque son señales de un mundo que se deshace,
y eso no es cierto: las manos construirán otro y otro,
con fuerza irresistible y la misma unción.

Me apena tu voluntad: es demasiado ciega
para estar de regreso en una calle de Londres,
oyendo el repiquetear de yunques ajenos
o la caída de la tarde en un reloj
que no sea el tuyo.

Me apena verte en la isla desierta,
porque es tan extraña y sola como extraño y solo
es el mundo entero para ti,
y eso no tiene remedio
en ninguna comarca de la tierra.




Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), En la mesa desnuda. Poemas escogidos 1966-2008. Ediciones al Margen. La Plata. 2008.

Maricel Santin | Historia clínica

Foto: Gabi Salomone




Maricel Santin | Historia clínica



Cincuentonas toman mate
desarmadas de la risa.
Si no fuera lo que es este lugar, yo creería
que venden tuppers o se juntan
a criticar a los maridos y salir de la rutina.
Igual también la tarde
se aprovecha para eso.

Quiero saber
qué es
lo que tanto las divierte.
Me acerco en actitud
de maestra de primaria
que pregunta sin hablar
¿por acá qué anda pasando?
Con los ojos chispeantes y un suspiro
que sostiene la siguiente carcajada
una de ellas me responde: ¿vos sabés
cómo quiso matarse
esta hija de puta?




/


Ella se quiebra
ante un modo cariñoso
mío de llamarla
acortando su nombre como si así también
redujera la distancia entre nosotras.
Es automático, termino de decir
y empieza a temblar
su pera, veo
el principio del derrumbe.
Un edificio a punto de perder
parte del techo, un balcón, la columna
vertebral, no importa
lo estructural acá,
cualquier pieza que se pierde
nos deja rotos.

Entre escombros asoma un hilo
de voz pidiendo auxilio

Por favor, no me digas
Mari
que me falta la mitad
del nombre.



Maricel Santin (Lanús, 1978), Historia clínica. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

Consuelo Fraga | Cuaderno rojo

Foto: Gabi Salomone



Consuelo Fraga | Cuaderno rojo


A la Corporación
Is there anybody out there?
Pink Floyd

Despreocúpense, yo
no vine acá buscando información.
Es cierto que tampoco fue casual
el sentarme a esta mesa,
que estuviera leyendo en aquel banco
o esperara ese taxi allá en la esquina.
Fue mi necesidad de comprobar
si les pica la piel
cuando el mosquito, el ácaro o el piojo
posan su amenazante cuerpo encima
de vuestra humanidad. Era mi duda.
“No puedo concebir la indiferencia.”
–diría si me fuera ajeno el paño
y no es el caso, tengo
años de permanencia en la familia.
Es ingenuo, por eso, fantasear
con la voz moderada y comprensiva,
sincera, no ofensiva
que avanzará hacia vuestras excelencias
haciéndoles llegar una denuncia:
pasa esto y aquello allá tan lejos
donde mandan a encierro a las personas
con orgullo, tres firmas y ocho sellos.




Estaciones intermedias


Cuando se me acercaron
desde otra moto y vi esa mano
queriendo girar la llave
en el tambor de la NX400
aceleré y pensé: “Me voy,
yo de ésta me voy.”
Y no fue así
sino que di unos trompos en el piso,
no se hizo presente el consejo
que mandaba soltar
cuando las papas queman.
En su lugar se apersonó
la quebradura:
una clavícula partida en dos
sus puntas desafiándose
como enemigos blandiendo facas.
Soldó con el tiempo el hueso
aunque quedó deformado
el que fuera ayer
esbelto como un escarbadientes
liviano, gracioso y funcional.



Bienvenida Casandra


Si pregunta, le diría
hay cosas que todos necesitamos
y para algunos es un lío buscarlas
sin alejarse de su familia.

Cierta gente nunca te va a dejar
vivir en paz, igual
no te preocupes mi amor
nadie espera que imites a tu padre.

Con las nenas se les escapa
un poco la tortuga.
Van cabeza a cabeza.
Están cursando la primaria.

No hablar, no mirar, no contar
porque es así como te dice Bart
si algo puede llegar a usarse
en contra tuyo, va a pasar.

Pero mis hijas serán inteligentes
a la manera tonta de la poesía:
“Ma, ¿no parecen todos primos?
Mami, ¿por qué en el penal
casi no hay rubios de ojos celestes?”


Consuelo Fraga (Buenos Aires, 1969). Cuaderno rojo. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

Mariana Suozzo | Cuando la forma del día desvanece



Mariana Suozzo | Cuando la forma del día desvanece


El sol acaricia el patio
más tarde se volverá violento
en la mesita de madera
los cactus parecen grises
a lo largo del día sufrirán
una pequeña mutación cotidiana
dejarán de lado aquel matiz opaco
para adoptar uno mucho más brillante
mientras guardo las cosas en el bolso
no dejo de pensar en rayos de sol
desintegrándose sobre el asfalto.
El manojo de llaves continúa sobre el mueble
antes de salir lo tomo entre las manos
y recuerdo que amo de las llaves
lo que abren
lo que guardan 
lo que nombran.



Mariana Suozzo (San Justo, 1982), Cuando la forma del día desvanece. Ediciones Caleta Olivia. Buenos Aires. 2016.

Juan Carlos Moisés | Una carta de amor




Juan Carlos Moisés | Una carta de amor



Un corte de energía nos ha dejado mudos 
para el mundo desde la mañana,
y las pocas cuadras que nos separan
nos han incomunicado como si estuviéramos
a cien o mil kilómetros de distancia.
Si me viera en la necesidad de hacerte llegar
un mensaje breve o quisiera tener el gusto
sólo de escribirte no podría ni sabría hacerlo
del modo instantáneo en que lo permiten
las maravillas tecnológicas que ya son
inseparables de la intimidad de nuestras vidas.

Debería provocar el momento ahora que todo
se ha detenido y se puede sentir lo que bombea
y fluye por el pulso, algo que en otro tiempo
no era la excepción sino la regla de los días.

Lo haría solo para repetir lo que una vez
fue desafiar a las leyes del sentido común.
Una mañana te escribí una carta con
mi letra, que reconocerías al verla. 
La escribí en el sobre. Quiero decir que
escribí la carta directamente en el sobre,
hasta cubrirlo de ambos lados y de cabo
a rabo con palabras que eran para vos.
En un papelito escribí tu nombre y nuestra
dirección, y lo puse dentro del sobre.
Le pasé la lengua y lo pegué, lo mismo 
hice con la estampilla antes de zambullir
la carta en el buzón siguiendo el rito perdido.
Me pareció un acto de justicia poética
que los otros, los empleados del correo,
el cartero y todos los vecinos del pueblo
que fueran consultados para poder llevar
la carta a destino, leyeran mis palabras
para vos, supieran de qué estaba hecho
nuestro amor, pero no les fuera posible
conocer al remitente ni la destinataria.



Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954), El jugador de fútbol. La Carta de Oliver. Buenos Aires. 2015.

Luciana Reif | La zafra




Luciana Reif | La zafra


La vida durante la zafra
es una dulce y triste refracción del mundo.
Todo comienza en los cañaverales
donde hombres de lugares lejanos
desnudan el campo en un lento y precioso juguetear
con sus dedos, adultos y ásperos por el paso del tiempo
saben más que nadie cómo tratar a la caña,
hábiles para sacarle todos sus secretos, quedan
exhaustos después de cosecharla; el calor tucumano
se entrevera en forma de gotas que brotan de las manos
ajadas y dolidas de un peón que no ignora que ese fruto vital
concebido con sus fuerzas, será después de todo
azúcar que se derretirá en otra boca.
Peón golondrina conoce mas que cualquiera el sabor
agridulce de la tierra, después de despojarla 
-terminada la zafra- partirá a otros suelos 
a cosechar amargos sabores.
¿Acaso no es ésta la verdadera tristeza,
la de un hombre que llega a abrazar la dulzura toda
y se desprende de ella sin apenas saborearla?



Luciana Reif (Lanús, 1990), Entrada en calor. El ojo del mármol. Buenos Aires. 2016.

Mao Tse-Tung | Respuesta a Liu Ya-Tzu




Mao Tse-Tung | Respuesta a Liu Ya-Tzu

29 de abril de 1949


Aún recuerdo que tomamos té en Guangzhou
y que me pediste versos en Chungching, cuando amarilleaban las hojas.
De vuelta en la vieja capital después de treinta y un años,
en la estación en que caen las flores, leo tus delicados versos.

Cuidá que el excesivo descontento no te destroce el corazón,
que tu ojo alcance una visión más amplia.

No digas que el agua del lago Kunming es poco profunda:
para contemplar los peces es mejor que el río Fuchun.



REPLY TO MR. LIU YA-TZU

April 29, 1949


I still remember our drinking tea in Kwangchow
And your asking for verses in Chungking as the leaves yellowed.
Back in the old capital after thirty-one years,
At the season of falling flowers I read your polished lines. 


Beware of heartbreak with grievance overfull,
Range far your eye over long vistas. 

Do not say the waters of Kunming Lake are too shallow,
For watching fish they are better than Fuchun River.


Mao Tse-Tung (Shaoshan, Hunan, 1893 – Pekín, 1976). Traducción GG de una versión en inglés encontrada en internet.

Santiago Sylvester | El punto más lejano



Santiago Sylvester | El punto más lejano


XXIII

Tarjeta postal escrita en 1974:

Tiene razón Chagall:
los violinistas vuelan por encima de las cúpulas
y tocan las campanas de Moscú.

¿Qué hacer a esta hora? Se acabó el cognac
y está todo cerrado. 
Las palomas emigraron de la Plaza Roja,
y ahí están las cúpulas al fondo,
oscuras y algo fuera de cuadro
pero dando la razón a Chagall.

María, Miguel, los mexicanos:
todos discutimos a gritos
pero el problema siempre es otro
aunque ya nadie sabe cuál.

(¿Qué hacemos a esta hora,
sin cognac y saludando violinistas?)

Que es como espiarse a sí mismo por el ojo de la cerradura: no
para sacar conclusiones (quedamos
en que las conclusiones
son maneras de inducir conducta) sino para atar los nudos, juntar
cada tanto los hilos de modo que podamos vernos desde afuera: cuidar
la sintaxis.

¿Qué era yo
en el mercado de Humahuaca (peligro
o versión renovada del hombre de la bolsa)
cuando una colla le dijo a su hija de cuatro años
si te portas mal te robarán los turistas?

¿Qué,
cuando la Anunciación de Fra Angélico
me dio con su milagro en plena cara: milagro
de Fra Angélico
por el que estoy dispuesto a creer en todos los milagros;
que es como decir: si hay
un milagro (y
al parecer no hay otro),
ése es la fe? 
¿Qué hacía yo
subiendo a ese tren con la muchacha ciega; hacia dónde iba cuando,
promesa intensamente erótica, sin
poder saber a dónde, pero yendo,
iba con ella de la mano?
¿Qué queda de mí
cuando una mirada de odio me vuela la cabeza? ¿Quién
habla por mi boca cuando no soy yo quien habla,
tapado el pómulo por la crispación?

No hay una única respuesta, a menos
que sea cada cosa
más su ocultación
y corresponda revisarlo todo, o decir lo ya dicho: que el problema
de siempre es entender, no a uno, sino a dos. 
Asunto
para otro diálogo, cuando yo no esté:
no sea que, errando nuevamente el tiro, me dé por disentir.




Santiago Sylvester (Salta, 1942), El punto más lejano. Ruinas Circulares. Buenos Aires. 2011.

Joni Mitchell | Coyote


Joni Mitchell | Coyote
[Traducción: Griselda García]

sin arrepentimientos, Coyote
venimos de circunstancias tan distintas
yo estoy despierta toda la noche en el estudio
y vos te levantás temprano en tu rancho
vas a estar cepillando la cola de una cría de yegua
mientras el sol asciende
y yo estaré llegando a casa con mi grabador
no hay comprensión
solo lo cerca del hueso y la piel y los ojos
y los labios que se pueda llegar
y aun sentirte tan solo
y aun sentirte conectado
como las postas de un relevo
no sos un conductor fugitivo, no, no
escapándote
sólo levantaste a alguien que hacía dedo
una prisionera de las líneas blancas de la autopista

vimos una granja incendiándose
en el medio de la nada
en el medio de la noche
y pasamos de largo esa tragedia
hasta que paramos ante las luces de una posada
donde estaba tocando una banda del lugar
los lugareños zapateaban y se sacudían sobre el piso
y lo siguiente que recuerdo
es que Coyote está en mi puerta
me clava en un rincón y no va a aceptar un no
me arrastra afuera, hacia la pista de baile
y bailamos cerca y lento
ahora: él tiene una mujer en casa
tiene otra mujer en el pasillo 
parece desearme de todas formas
¿por qué tuviste que emborracharte tanto
y llevarme por ese camino?
sólo levantaste a alguien que hacía dedo
una prisionera de las líneas blancas de la autopista

miré a Coyote directamente a la cara
en la ruta hacia Baljennie, cerca de mi viejo pueblo
corría a través de las espigas de trigo
persiguiendo alguna presa
y un halcón jugaba con él
Coyote estaba saltando y tirándose lances
tenía esos mismos ojos, como los tuyos
bajo los lentes oscuros
investigando en privado lugares públicos
y espiando por cerraduras de puertas numeradas
donde los jugadores lamen sus heridas
y llevan a sus amantes temporarias
y sus píldoras y polvos para meterlas en este juego de pasión

sin arrepentimientos, Coyote
yo simplemente lograré escapar
sólo levantaste a alguien que hacía dedo
una prisionera de las líneas blancas de la autopista

Coyote está en el café
mira un agujero en sus huevos revueltos
huele mi aroma en sus dedos
mientras mira las piernas de las camareras
está muy lejos de la Bahía de Fundy
de las apalusas y las águilas y las mareas
y los cubículos con aire acondicionado
y las vueltas de las cintas carbónicas
lo deletrean muy claramente
va a tener que levantarse y pelear
o irse de acá
yo misma traté de escapar
de escapar y luchar con mi ego
y con esta llama
que pusiste acá, en esta esquimal
en esta que hace dedo
en esta prisionera
de las finas líneas blancas
de las líneas blancas de la autopista libre, libre



Coyote
by Joni Mitchell


No regrets Coyote
We just come from such different sets of circumstance
I'm up all night in the studios
And you're up early on your ranch
You'll be brushing out a brood mare's tail
While the sun is ascending
And I'll just be getting home with my reel to reel
There's no comprehending
Just how close to the bone and the skin and the eyes
And the lips you can get
And still feel so alone
And still feel related
Like stations in some relay
You're not a hit and run driver no no
Racing away
You just picked up a hitcher
A prisoner of the white lines on the freeway
We saw a farmhouse burning down
In the middle of nowhere
In the middle of the night
And we rolled right past that tragedy
Till we turned into some road house lights
Where a local band was playing
Locals were up kicking and shaking on the floor
And the next thing I know
That coyote's at my door
He pins me in a corner and he won't take no
He drags me out on the dance floor
And we're dancing close and slow
Now he's got a woman at home
He's got another woman down the hall
He seems to want me anyway
Why'd you have to get so drunk
And lead me on that way
You just picked up a hitcher
A prisoner of the white lines on the freeway

I looked a coyote right in the face
On the road to Baljennie near my old home town
He went running thru the whisker wheat
Chasing some prize down
And a hawk was playing with him
Coyote was jumping straight up and making passes
He had those same eyes just like yours
Under your dark glasses
Privately probing the public rooms
And peeking thru keyholes in numbered doors
Where the players lick their wounds
And take their temporary lovers
And their pills and powders to get them thru this passion play
No regrets Coyote
I'll just get off up aways
You just picked up a hitcher
A prisoner of the white lines on the freeway
Coyote's in the coffee shop
He's staring a hole in his scrambled eggs
He picks up my scent on his fingers
While he's watching the waitresses' legs
He's too far from the Bay of Fundy
From appaloosas and eagles and tides
And the air conditioned cubicles
And the carbon ribbon rides
Are spelling it out so clear
Either he's going to have to stand and fight
Or take off out of here
I tried to run away myself
To run away and wrestle with my ego
And with this flame
You put here in this Eskimo
In this hitcher
In this prisoner
Of the fine white lines
Of the white lines on the free free way


© 1976. Crazy Crow Music



Joni Mitchell (Canadá, 1943), del extraordinario disco Hejira, 1976. Traducción: Griselda García 



N.B.: Esta traducción se revisa con periodicidad. Si copia y pega en su sitio, vuelva a menudo a ver cómo avanza (o retrocede).