Joaquín Oreña, El misterio que nos conecta con la respiración



Joaquín Oreña, Yo tuve la suerte


yo tuve la suerte de encontrarte en esta vida

porque ahora que pasó el tiempo
y tal vez ya soy alguien diferente
me doy cuenta que tu mirada
me hizo ir más allá

sufrir e involucrarse
gritar en silencio
y pensar en el mar

cuando dormías conmigo
estabas tan calma
te acariciaba el pelo
y vos
recibías todo eso
sin ninguna restricción

¿te dabas cuenta
confundida entre tus sueños
cómo mirarse así la piel
significa finalmente conocer?

yo
de esa manera
me constituí

mientras vos tenías los párpados cerrados
y viendo como subía y bajaba suave tu vientre 
a la par de nuestras imperfecciones
sentí para siempre

el misterio que nos conecta con la respiración



Atlántico

desde el otro lado del atlántico
las cosas
parecen verse muy diferentes

quizás todavía no lo sepa con precisión
pero creo que cada día que pasa
en este viaje
me hace bien

por las noches
abandono el cuarto del hotel
y simplemente decido
salir a caminar

como si en este punto 
pequeño y preciso de mi vida
descubriese
que me alcanza sólo con ver
cómo las personas
transitan aquello que les toca
en el fondo
todos creemos parecernos un poco
a un marinero atrapado
en alta mar

y el divisar una estrella distante

que con su misterio y su luz
permite darnos cuenta
de nuestra propia soledad
no fuese lo único
que nos obliga a posar la mirada
en el cielo

porque a veces es bueno saber
que el infierno particular
que cada uno de nosotros porta en esta tierra

también puede estar vacío



Joaquín Oreña (Monte Quemado, Santiago del Estero, 1979), Una especie extraviada. Ediciones Viajero Insomne. Buenos Aires. 2014.

Graciela Perosio, Después de treinta y dos años...

Foto: Sara Facio


Graciela Perosio, Después de treinta y dos años...


Después de treinta y dos años
de ejercicio profesional
la escribana quería jubilarse, 
escuchaba la conversación
en la mesa de atrás
mientras tomaba café.
Nunca un problema, sólo aquella vez
que preparó el acta
-porque llamaron diciendo que ya venían...-
y, después no apareció nadie.
No llegaron, no aclararon.
Nunca supe qué ocurrió.
Su voz sonaba tan estricta, 
meticulosa, conforme a.
Fue en el 2006.
Había hecho el encabezamiento.
Y ahora ni siquiera puedo explicar
esa página en blanco.
Lástima, pensé, que no se dedicara a la poesía.
Sólo quise abreviar el trámite.
Tan puntillosa ella.
Tan severa.
Pero una página en blanco
manchaba sin piedad
-quién lo diría-
un expediente impecable.


Graciela Perosio (Buenos Aires, 1950), Balandro. Paradiso. Buenos Aires. 2014.

Marta Cwielong, Los perros son otros pero aparecen cada tanto...


Marta Cwielong, Los perros son otros pero aparecen cada tanto...


Los perros son otros
pero aparecen / cada tanto,
fragmento de alguna historia.
Extraño, no creí pertenecer a alguna. Los 

días fueron
sucediendo/
como las nubes.
Todavía no entiendo qué hice con las horas.
Hasta cuándo hay inocencia?

No puedo recordar mi infancia.
Quién era mi padre?

borracho por las noches,
refugiado,
el nazi,
un polaco,
un
alemán
el que salvó a la niña del campo minado
quien amaba a mi madre
quien amaba a madre de mi hermana
quien castigaba a mi hermano

el ateo

el nazi
el que hace que no tenga memoria?



Marta Cwielong (Buenos Aires, 1952), Pleno de ánimas. Ediciones La Guacha. Buenos Aires. 2008.

Patti Smith, sueño de rimbaud



Patti Smith, sueño de rimbaud


soy una viuda. podría ser charleville podría ser cualquier parte. 
muévase detrás del arado. los campos. el joven arthur acecha 
alrededor de la granja (¿roche?). bombea el pozo artesiano. 
arroja cristal verde alias vidrio roto
me llama la atención.

estoy arriba, en el dormitorio, vendando mi herida. él
entra. se apoya contra uno de los barrotes. sus carrillos sonrosados.
aire despectivo, manos grandes. me parece endiabladamente sexy.
cómo pasó esto pregunta él sin afectar importancia. demasiado indiferente.
levanto el vendaje. enseño el sanguinolento caos de mi ojo; un sueño de Poe, 
él habla con voz entrecortada.

lo suelto sin más consideraciones. alguien lo hizo. tú lo hiciste. 
cae sobre sus rodillas. llora y se aferra a mis piernas. agarro 
su pelo. casi quema mis dedos. espeso fuego de zorro.
suave pelo amarillo, pero con ese inconfundible matiz rojo.
pelo del único. fulguración roja.

oh jesús, lo deseo. puerco hijo de puta. me lame
la mano. yo sobria. vete rápidamente, tu madre espera. él
se levanta. está yéndose. pero no sin la mirada de
esos fríos ojos azules que desintegran. quien vacila
es mío. estamos sobre la cama. tengo un cuchillo junto a su
cuello. lo dejo caer. nos abrazamos. devoro su pelo.
piojos como el dedo gordo de un bebé. piojos, caviar de los cráneos.

oh arthur arthur. estamos en abisinia, en adén. haciendo el amor.
fumando cigarrillos. nos besamos. pero es mucho más. azul brillante.
piscina azul. diestro lago de aceite. las sensaciones se concentran,
se animan. dorado cristalino. bolas de cristal coloreado estallando.
costura de tienda berebere desgarrándose. aberturas, abierta como
una caverna, más abierta. rendición total.

Patti SmithBabel. 1978.

Fabián San Miguel, Sueño 800



Fabián San Miguel, Sueño 800


Sueño 801
se distorsiona la señal de radio, parece sumergida en una tormenta. Tengo un pie en el agua y me confundo. Me acosté con jeans y doy vueltas en la cama, atrapado. Averiguo lo que hay en la caja, el zumbido insistente de un insecto. Alguien dice: "en Laos se coloca un coleóptero en el sexo para provocar mayor placer en el momento del orgasmo". Busco el mío mientras suena el teléfono, un aparato blanco, inmaculado. Está apoyado sobre un mesa negra, inmensa. Tengo frío y tiemblo acurrucado. Hablo con un extraño: "Bautizaría este sueño con el nombre de Alicia". Apenas un desliz de claridad me despierta, guardo un sabor extraño en la boca.


Sueño 803
estoy despierto. Hablo con alguien sobre las burbujas en la sangre. El televisor se acuesta a mi lado, con el volumen en mínimo, apenas los gestos. Lo demás lo recordaré más tarde. Busco un libro en la mesa de luz, un fogonazo. Se cae uno de los murciélagos que duermen en el taparrollo de la ventana. Sueño que sueño con un pintor sin manos, la sombra de su obra es apenas un boceto que anuncia el alba. Acaricio los hongos con la palma de los pies, es un prado extenso. Una mujer llora en otro cuarto. Estoy despierto, anoto un recuerdo que después olvido. Cuando más tarde vuelvo al papel la escritura me parece rasgada, ajena. Temo volverme inútil.

  
Sueño 814
estoy guarecido en un maizal que se quiebra. Los relámpagos abren huellas en una habitación vacía, el lugar huele a campo abierto. Nado hasta uno de los rincones del cuarto, trato de comprender lo que sucede: recorro una ruta cerrada. Es de noche. No siento más que mis pies adormecidos. Las gotas de lluvia ocupan la totalidad de una mirada. El cuerpo, entrelazado en sueños, aún está seco y a cobijo. La ventana recobra mis sentidos para volverlos opacos, intransferibles. El negativo de una fotografía deja entrever a un caballo desbocado refugiarse más allá de la tormenta. Abro el vidrio y apenas toco el aire mis manos se estremecen. En el cielo, las cruces blancas se reflejan desde un costado del asfalto. Cuando regreso a la cama la luz me ahoga, el resto es lo que permanece en la retina.

a la Kon-tiki, Junín.


Sueño 806
escribo una carta que nunca te escribí. Me cuesta anotar en el sobre San Francisco, no reconozco mi caligrafía. Te cuento un sueño, los gatos cruzan la calle detrás mío, veo los autos y me despierto escuchando los maullidos de dolor. Busco mensajes en el contestador. Recuento los cuerpos que yacen en mi memoria, su dolor se parece tanto a la muerte. Tomo mucho líquido; creo que es agua pero parece viscoso, elástico. En el lugar donde debería estar mi boca hay un enorme vacío. Intento gritar y tengo la sensación de caerme de la cama. Ahora sí, te envío la carta que nunca te escribí. Tu voz se escuchaba extraña, tan parecida a la mía.

a lelé santilli.


Sueño 826
las uñas se despedazan contra el mármol. Es una madrugada prematura. Sé que estoy aquí y, sin embargo, no puedo entenderlo: al tacto mi epitafio resulta grotesco. Observo las vendas y un colgajo de sábanas secándose en la parte de atrás de un edificio desconocido. Ginsberg acaba de fotografiarlas desde su cocina. Ahora realiza varias tomas del interior: es un lugar amplio, hay platos sucios por todas partes. Las cortinas se mecen por el viento. Estoy ahí, afuera o adentro. Apenas alcanzo a reconocer las fechas en los negativos. Un ángel canoso está sentado a la mesa, en un papel escribe el poema que más tarde llamará Sao Paulo revisited. Todo se detiene unos instantes, nos miramos a los ojos. Con él sólo puedo ir hacia la apertura del juego. Con cierto temor muevo una primera pieza. Las palabras desnudan mis sentidos y la cama se llena de presencias inútiles. Intento salir del sueño pero un cigarrillo me retiene en la ranura del silencio. Veo por encima de mi naturaleza el hombro del horror que nos acompaña.


a Mario Trejo.


Fabián San Miguel (Buenos Aires, 1964- 2013) en BEAT 57. El Camino Nunca Termina. Año 1 – N° 1 / noviembre del 2000.

Patricio Foglia, No había escapatoria



Patricio Foglia, No había escapatoria


Algunas noches de insomnio, en plena madrugada
caminaba hacia la heladera.
Era chico y también
uno de los más gordos de la escuela.
No tenía muy claro por qué
pero en medio de la noche, abrir la heladera
y dejarme hipnotizar por su luz
me calmaba. Por eso
me siento amigo de los que roban,
de los que se drogan, de todos esos pibes
en la esquina, esperando.

*

No había escapatoria, aunque afuera el sol
iluminara la tarde en el campito. 
Yo podía bajar, fingir que jugaba
con mis nuevos vecinos
pero en realidad no había escapatoria.
Como cualquier hámster, estaba desesperado,
mis dedos ardían de tanto rasgar un vidrio
al que nada ni nadie parecía quebrarlo.


Patricio Foglia (Buenos Aires, 1985), Lugano 1 y 2. Viajero insomne. Buenos Aires. 2014.

Huang O, A la canción Nubes suspendidas

Jos Van Riswick. Black Cherry



Huang O, A la canción Nubes suspendidas

Tuviste mi capullo de loto entre tus labios 
y te dedicaste a jugar con el pistilo.
Comimos una parte del 
cuerno mágico de rinoceronte
y no pudimos dormir en toda la noche.
Toda la noche la cresta colorida del gallo
se mantuvo erguida. Toda la noche la abeja
se aferró temblando a los estambres de la flor.
¡Oh, mi dulce joya perfumada!                                      
Sólo permitiré
que mi señor posea mi sagrado
estanque de loto, y cada noche
hará nacer en mí
flores de fuego.


Huang O (China, 1498- 1569)

Carlos Battilana, Unos días


Carlos Battilana, Unos días


Imagen

Haces sombra, dolor. ¿Es posible
que pueda, sin mediaciones, tocarte?

Nombro con palabras precisas
a los seres queridos
pero
sin respiración.

En el lago ácido
de la memoria
una niña enferma
se ahoga
perpetuamente
en aguas brumosas y negras.
Esa imagen tenaz
me acompaña
convive
con las palabras
nuevas
que un antiguo lenguaje
me concede. Entonces
mediante un esfuerzo
físico
apelo a mi parte más religiosa
y elaboro un estado material,
como si se tratara
de una sólida
piedra que se acumula
a pesar de mí.

Aire invernal, ramas
del viento, hojas verdes y amarillas
en la
quietud
y en el movimiento
lo que acontece
es un cúmulo silencioso
de bondad, como una
espuma delgada.

En esa larga acumulación
de energía
miro mi cara en el agua,
remojo los ojos
las regiones más
crueles, y sin mayor optimismo
sin miedo

que estuve en lugares
oscuros: mesas gentes casas.
El deseo ¿qué fue de mi deseo?
Mi culpa ¿qué
fue de la culpa? ¿De qué modo
constato una ideología?
¿Es posible
la bondad?

- En el tiempo.



El pasto que hace poco me acompaña

Mi madre me pone el delantal
blanco. Nos sacan
a los dos hermanos
la foto
del comienzo de clases. Sonreímos.
Al fondo
la pared gris
es lisa,
hace de nuestra vida
un panorama lleno de color
monótono. Sin embargo
la luz del sol
el aire liviano del verano
acompañan
nuestros primeros días de marzo.
De algún modo
somos felices
estamos habilitados
para querer
a nuestro Padre.

Hoy,
mi hijo Marcos
nombra a Andrés
a Ricardo. Le pongo
el delantal, lo acaricio,
sus palabras no me reclaman
nada, y hago un esfuerzo
sobrehumano
por comprender, por devolverle
parte de mi vida.
En la comparación
siempre me vuelvo menor. Los días
pasan. ¿Qué hacer?
Acumulo poco a poco
todas las horas vividas,
no podré leer muchos más libros,
mi comunicación
resulta insuficiente, ¿qué hacer?

Con el oxígeno que queda
haré un círculo perfecto
y no alabaré
el desgaste de la materia, lo que pronto
se acaba. Furioso, impasible,
pediré
besar todas las noches a mi hijo
mirar por TV todos los partidos del Campeonato
caminar sobre el pasto verde
que hace poco
me acompaña.



Una pieza

Toco a mi mujer. Nos besamos, rastreamos en la piel el punto ignorado de la felicidad. Hallamos tramos de la infancia en la saliva, en la oscura ternura de nuestro abrazo, y el deseo se circunscribe a tomarnos de la mano como dos personas que se acarician amorosamente, que comprenden el lapso pequeño que los días les han asignado. Como una guerra perdida, miramos el sol del sur, vamos en busca de un pozo al que llamamos nuestra intimidad.


Carlos Battilana (Paso de los Libres, Corrientes, 1964). Velocidad Crucero y otros libros. Editorial Conejos. Buenos Aires. 2014.

José Ioskyn, Olor a caramelo de frutilla...



José Ioskyn, Olor a caramelo de frutilla...



olor a caramelo de frutilla
en el taxi averiado
los chicos en la puerta
rebuscan en sus bolsas:
interminables golosinas
muy dulces e intercambiables
sólo un esbozo de box
los separa de los tratos adultos

cumpleaños feliz
un resto de frutilla artificial
el interior rancio de gasoil
que las ventanillas bajas
no alcanzan a airear

volvemos a casa
con el viento del río en las caras
y la esencia de frutilla
en el interior de la cabina

criatura de mi espejo
en otro tiempo te hubiera llenado de besos
ahora triunfa el pudor
-entre hombres no hay esos tratos-
el taxi deja la avenida y el río
hasta la puerta de mis pesadillas

deja su estela de combustible
mientras te cargo dormido
creo que creo en algo:
verte dormir, con la bolsa de golosinas

entre las manos


José Ioskyn (La Plata, 1962). Nunca vi el mar. Huesos de Jibia. Buenos Aires. 2014.

Jorge Rivelli, besame la frente...



Jorge Rivelli, besame la frente...


besame la frente
que hace frío y
tengo fiebre
besame besame
que las piernas
arden en el aire
la luz es oro
que quema
canta y cae
besame
que cauteriza
calma la furia
y el brillo alza
flores y frutas
besame y frotá
la espalda húmeda
como una lámpara
sin genio encendido
viste la noche
de luna negra
entre sombras y
los ojos lácteos
en el patio
dame aliento
que alivie
la frente
del hervidero
de pólvora y
el sol estival
bajame todo
que encandila
el corazón
sabe de tus
nervios de seda
besame y
dejame los pies
en el mar
que mañana
te espero
en llamas


Jorge Rivelli (Buenos Aires, 1954), baila baco baila. la porteña. colección acento urbano. Buenos Aires. Agosto 2013.

Gonzalo Rojas, La salvación


Gonzalo Rojas, La salvación

Me enamoré de ti cuando llorabas
a tu novio, molido por la muerte,
y eras como la estrella del terror
que iluminaba al mundo.

Oh cuánto me arrepiento
de haber perdido aquella noche, bajo los árboles,
mientras sonaba el mar entre la niebla
y tú estabas eléctrica y llorosa
bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento
de haberme conformado con tu rostro,
con tu voz y tus dedos,
de no haberte excitado, de no haberte
tomado y poseído,
oh cuánto me arrepiento de no haberte
besado.

Algo más que tus ojos azules, algo más
que tu piel de canela,
algo más que tu voz enronquecida
de llamar a los muertos, algo más que el fulgor
fatídico de tu alma,
se ha encarnado en mi ser, como animal
que roe mis espaldas con sus dientes.

Fácil me hubiera sido morderte entre las flores
como a las campesinas,
darte un beso en la nuca, en las orejas,
y ponerte mi mancha en lo más hondo
de tu herida.

Pero fui delicado,
y lo que vino a ser una obsesión
habría sido apenas un vestido rasgado,
unas piernas cansadas de correr y correr
detrás del instantáneo frenesí, y el sudor
de una joven y un joven, libres ya de la muerte.

Oh agujero sin fin, por donde sale y entra
el mar interminable
oh deseo terrible que me hace oler tu olor
a muchacha lasciva y enlutada
detrás de los vestidos de todas las mujeres.

¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé
de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos?
¿Por qué no te preñé como varón
aquella oscura noche de tormenta?


Gonzalo Rojas (Chile, 1917-2011). Audio.

Diego E. Suárez, Para quien está al lado



Diego E. Suárez, Para quien está al lado

Para quien está al lado
los días pasan pesadamente
arrastrando los pies.

A no ser por los ciclos de la luna
y los resignados amaneceres
cualquiera pensaría: esto
es un mal sueño que nunca termina
de empezar. Después de todo
quien está al lado sabe que está
ahí para algo: asiste a otro cuerpo
(al sufrimiento de otro en su cuerpo)
y al asirlo por dentro se siente carcomer
a medida que en su roce contra el suelo
cada hora levanta una polvareda insoportable.


Diego E. Suárez (Posadas, 1979), Sufrimiento de otro en su cuerpo. Editorial Serapis. Rosario. 2013.

Fernando Escobar Páez, Chiquito



Fernando Escobar Páez, Chiquito

Volverse loco es como no haber nacido
Y hasta es cómico:
Pasar del confinamiento del útero al confinamiento del manicomio.

Osvaldo Lamborghini

Cada vez que escribo
me convierto en peor persona,
cuando no lo consigo
                                    solo soy un fracasado inocente
                                                                        añorando la mierda
                                                                        que marca su frente,
mi sombra más puerca
donde solo la venganza me vuelve hermoso,
lo que no pude ser,
aplauso genérico
cuando me quejo
obedeciendo mi supuesta herencia judía
que –además de la nariz ganchuda-
justificaría mi proverbial culto a los muros
                        inutilidad para jugar al fútbol
                        temor al mar
                        y mi verga chiquita de tanta culpa
tanta pero tanta tanta
                                         culpa
que solo es visible cuando le sonríe una pantalla,
todo un Alexander Portnoy pero posmoderno y más pajero todavía.

Madre, dile a esa puta que no me mande más fotos en tanga
que mis trabajadoras manos se estancan
                                                                  de tanta tanga,
yo demasiado culpable para secarme bien
y no dejar pegajoso el teclado
                                            que luego usarán padre, hermana y empleada
para mandar e-mails donde notifiquen
a los medios de comunicación
que ya mismo consigo trabajo honesto,
que mis treinta años no han sido tan fieros,
solo confusión y alcoholismo que no hace mucho daño
porque sigo siendo chiquito como un pene mal circuncidado,
                                             tan chiquito
que no lastima
a nadie más que a mí mismo,
y que a veces hasta llevo dinero a la casa
                                                        con esa farsa de la literatura,
aunque pareciera que trabajo en ese shawarma
donde siempre me encuentran fumando lechuga
y con siete botellas menos,
las manos como servilleta vieja
llenas de ceniza y orines ajenos
                                                    como mi futuro
cuando al fin ustedes se decidan
a mandarme a la casita de la verga,
porque solo les presento chicas ebrias
a las que no siempre me culeo,
y a veces familia quisiera nietos
que no se parezcan a mí,
porque entre mi tío muerto y yo
nos hemos bebido mínimo tres ríos Jordan y un Mar Muerto
y mi primo va por el mismo camino.

¡Vergüenza!
                 ¡vergüenza!
                                  ¡vergüenza!
en el vasito de cerveza
que me pego lunes en la mañana
                                                      porque si me quedo en casa
pongo en la compu la foto en tanga que me mandó esa pendejita que no me follé
y aunque me moje la verga,
                                             no se me quita la sed del cráneo,
y que pereza hacer la tesis o buscar trabajo
cuando uno se siente tan chiquito y seco
como la cadena de pixeles rojos
que cubren ese pubis playero
                                                que jamás oleré.

Mejor beberse la culpa
y bancarse la puteada de madre judía
cuando llegue ebrio y chiro
peor que egipcio en fiestas de Seth
a fingir que duermo y no siento
los paraísos muertos
donde yo tenía churos
y era el mejor alumno al que todos sus compañeros golpeaban,
pero que era admirado por su madre,
pese a que nunca escribió

un solo poema decente.


Fernando Escobar Páez (Quito, 1982), Escúpeme en la vergaAntrología de textículos, 2002 – 2012.

Jhumpa Lahiri, La hondonada



Bijoli lleva el sari manchado y sus huesos se han reblandecido, los dientes le bailan en las encías. Ha olvidado lo vieja que es, pero, sin necesidad de pararse a pensarlo, sabe que Udayan habría cumplido treinta y nueve años esa primavera.
Lleva un amplio cesto poco profundo donde se guarda carbón. Camina hasta la hondonada, levantándose el bajo del sari, de modo que se le ven las pantorrillas con manchas marrones, que recuerdan la cáscara de algunos huevos. Se mete en un charco y se agacha para remover el agua con un palo. Entonces, con las manos, empieza a sacar objetos del agua, verde y turbia. Un poco, unos minutos cada día; ése es su plan, mantener la zona de alrededor de la lápida de Udayan libre de basura.
Va metiendo la basura en el cesto, que vacía un poco más allá, antes de empezar a llenarlo otra vez. Saca botellas vacías de Dettol, de champú Sunsilk. Cosas que no comen las ratas, que los cuervos no se molestan en llevarse. Paquetes de cigarrillos que la gente tira al pasar. Una compresa ensangrentada.
Sabe que nunca lo sacará todo. Pero sale cada día y llena su cesto una vez y luego unas cuantas más. No le importa que algunos, cuando se paran a ver qué hace, le digan que es un esfuerzo inútil. Que es repugnante, que está por debajo de su dignidad. Que podría contraer alguna enfermedad. Está acostumbrada a que los vecinos no sepan qué pensar de ella. Está acostumbrada a no hacerles caso.
Todos los días retira una pequeña porción de las cosas que la gente no quiere en su vida, a pesar de que antes sí las querían, de que en su momento les fueron útiles. Nota el sol abrasándole la nuca. Es la época más calurosa del año, todavía faltan unos meses para que lleguen las lluvias. La tarea la satisface. Hace que pase el tiempo.



Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) La hondonada. Ediciones Salamandra, 2014.

Marina Serrano, Simón, que nos decías...



Marina Serrano, Simón, que nos decías...



Sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos.
Evangelio de Mateo


Simón, que nos decías:
Ustedes eligen: ser cola de león o cabeza de ratón.
Cola de león: pelos endurecidos por el estiércol, rey
que se espanta las moscas y deja su oficio caudal
de a ratos a la intemperie.
Cabeza de ratón: apéndice cefálico, materia gris
dentro de una calavera, humus del ser omnívoro e inteligente.

Ser cola de león, o cabeza de ratón, 
significan ahora lo mismo para mí
porque tus opciones
ya no son las únicas, Simón.
Yo quería ser parte del gran animal, de lo grandioso,
pero no lo entendí entonces: sólo podía
y puede conformarme
ser la testa, la voracidad, la musculatura toda, y el esperma
del animal más feroz sobre la tierra.


Marina Serrano (Quequén, 1973). La única cosa necesaria. Ediciones Del Copista. Córdoba. 2012

Hokusai, el viejo loco por la pintura




Pese a sus deseos por seguir viviendo una década más, el día 18 del cuarto mes del 1849, «el viejo loco por la pintura», como él mismo se definía, murió a los 89 años, sin haber satisfecho la búsqueda de la última verdad sobre la pintura.

Años antes, en el prefacio de la publicación de Cien vistas del Monte Fuji había escrito:

[...] a la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia [...]