Marina Tsvetáyeva | Conato de celos





Marina Tsvetáyeva | Conato de celos



¿Qué tal le va con la otra?
¿La vida le resulta más simple? ¡Un golpe de remo!
Pronto desapareció el recuerdo
de la isla flotante que soy yo,
desapareció

¿Como la línea de la costa?
Isla flotante en el cielo, no en el agua.
¡Almas, almas deberíais ser hermanas,
y no amantes!

¿Qué tal le va con una mujer
simple, sin divinidades?
¿Después de destronar a la reina
(y de abandonar el trono usted mismo)?

¿Cómo le va, se desvela?
¿Le da escalofríos? ¿Cómo se siente cuando se levanta?
¿Cómo se las arregla para pagar el impuesto
de la vulgaridad inmortal, pobre hombre?

"¡Basta de convulsiones y
sobresaltos! Arrendaré casa".
¿Qué tal le va con cualquiera,
elegido mío?

La comida es mucho mejor y más sabrosa,
¿verdad? -¡No me oculte su dicha!
¿Diga, qué tal le va con esa fulana,
usted, que holló el Sinaí?

¿Se vive bien con una extraña,
con una mujer de aquí? Diga: ¿la ama?
¿La vergüenza no le cruza la frente
con las riendas de Zeus?

¿Cómo le va, cómo está la salud?
¿Qué tal? ¿Todo bien?
¿No le supura la úlcera
de la conciencia inmortal, pobre hombre?

¿Le va bien con la mercadería
de la feria? ¡El tributo es duro!
¿Qué le parece el polvo de yeso
después de haber conocido el mármol de Carrara?

(Dios fue esculpido en una roca
y destruido totalmente.)
¿Cómo lo pasa con la cien mil,
usted que conoció a Lilit?

¿No se siente ahíto de novedades
de feria? Hastiado de las maravillas.
¿Cómo le va yendo con una mujer
terrena, desprovista de sextos
sentidos?

Vamos, sea franco, ¿es feliz?
¿No? Cuénteme, ¿cómo le va
con el vacío sin profundidad? ¿Peor que antes?
¿Lo mismo que a mí con otro?


Marina Ivánovna Tsvetáyeva (Moscú, 1892- Yelábuga, 1941). Traducción: Nicanor Parra

Facundo D´Onofrio | Cada pliegue del cielo



Facundo D´Onofrio | Cada pliegue del cielo


22

A las tres de la tarde
bajo el sol del conurbano
buscaba un cassette
en la caja de cassettes
y me disponía a escucharlo.
El radiograbador que me regaló la tía sonaba lo suficiente.
La voz se oía desde algún rincón
diciéndome:
es la hora de la siesta, se van a enojar los vecinos.

Yo sabía que a Don Emilio le gustaba descansar en su fondo
bajo el frescor
del limonero
pero enero sin amigos
era un enigma 
que sin música 
no se resolvía



Facundo D´Onofrio (Buenos Aires, 1990), Cada pliegue del cielo. El ojo del mármol. Buenos Aires. 2015.

Diego Formía | Poemitas




Un dibujito

En la mesa mi hija me pide
me pide
el papel en el que escribo

el crayón traza irregular
el contorno de una cara, envuelve versos:
un monstruo débil
se revela en toda su bravura

mi hija me mira, dibuja
me mira y vuelve a dibujar:
me hace ojos, nariz
una boca sobre el poema

y me hace mejor



Economía

Hoy fue un día productivo
escribí un poema



Andamio

Me preguntás cómo va y te digo para qué
para qué vamos a decir mal
si te cobran lo mismo
en este empecinado mundo
en ser una compraventa

Entonces te pregunto ¿y vos?
¿cómo andamio? Me decís mejor que dios
mejor que dios nos ayude.


Diego Formía (La Palestina, Córdoba, 1970), Poemitas. Ediciones Violeta. Río Cuarto. 2015

Alicia Silva Rey | Sólo cuando los pájaros empezaron a gritar...


Alicia Silva Rey


5

Sólo cuando los pájaros empezaron a gritar,
me acerqué a tu cama, te toqué la cabeza, el pecho, los pies.
Te escuché respirar con fuerza y estremecimientos de dolor.
La bandada gritaba más y más fuerte pero a medida que cobraba altura
se desflecaba el diseño de su desplazamiento,
y los gritos
se contorsionaban una y otra vez en la atmósfera hasta perderse.
La funcionalidad de esas aves negras en lo alto de un cielo
de ventana de hospital me es indiferente y lo menciono
como una incógnita o una inquietud, lejanas.
Un año lúgubre me diste.
"Tartamuda", sí. Habías encontrado
la manera apropiada de restituirme al balbuceo del mundo.


Alicia Silva Rey (Quilmes, 1950), Partes del campo. Ediciones De la Eterna. Buenos Aires. 2015.

Click aquí para leer Orillos, otro libro suyo editado por Barnacle. 

Griselda García, Aire


Corto Aire
(clic en el título para verlo)



versión libre de 
"Un día perfecto para el pez banana", 
de J.D. Salinger.

Elena Anníbali | Ya no soy una mujer silenciada...





Elena Anníbali | Ya no soy una mujer silenciada...


ya no soy una mujer silenciada, puedo
hacer lo que quiera

ya no puedo echarle la culpa a un hombre
al trabajo
a la falta de tiempo o dinero

¿querés escribir? –me dije–
vas a escribir, entonces,
sin quejarte
sin victimizarte
y cuando puedas

donde puedas
es así que entre las 7.30 y las 9.0 de los domingos,
antes de entrar a mi segundo trabajo
me siento en el bar y lo hago:
un ejercicio solitario y un poco clandestino

por una hora y media mi cuerpo es una casa que arde
el caleuche
la casa de los locos

las ventanas dan al infierno
el patio, el corredor con geranios
dan al infierno

después me pongo el uniforme
y la que fui por un rato
me saluda por las ventanas

el muñón, la cabeza ardida
y soy otra

y soy otra



Elena Anníbali (Oncativo, Córdoba, 1978), La casa de la niebla. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2015.

Enrique Molina | Alta marea




Enrique Molina | Alta marea



Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
                 sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
                de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
                con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
                la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
               días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
               insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
               cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
               enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
               marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 
               de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
               desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
               aguas y de los campos con las violencias de este planeta 
               que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
               como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
               cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
               acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
               a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
               del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.



Enrique Molina (Buenos Aires, 1910 — 1997).

Martín Vázquez Grillé | Pequeños botes cruzando lo negro del río



Martín Vázquez Grillé | Pequeños botes cruzando lo negro del río


ESPIÁS EL COLOR DE LA MEDIANOCHE
esperando el momento propicio para darte a la luz
o al menos, un baño de aire fresco sentada en el umbral.
Enfrente los chicos juegan con palabras que ya nadie dice
nombran el verde oscuro
como un árbol lejano que sobresale en el descampado
y vos no ves la hora de reunirte con tus amigas
tus hermanas, danzarinas de sábado a la tarde, soñadoras en un bosque
cerrado y terso como una diminuta caja de cristal.
El frío está al caer, de un momento a otro habrán pasado
los días de regar la santa rita
quisieras que en la siesta, alguien viniera a decirte
las palabras que ya nadie nombra.


SI AMANECIERA EL DÍA ESCARCHADO
y un silencio de estalactita nos acompañara
a salir a mojarnos los pies, y la plaza
vacía de enfrente se entregara a lo rojo de la luz
podríamos sentarnos a conversar
de las heladas anteriores
de los muertos que el frío dejó en la cuadra:
casi todos viejos que no atinaron
a prender las estufas y en un estado
parecido a la gracia permanecieron durante días
mirando el techo, las manchas de las filtraciones
en el cielorraso, cada tanto una gota desprendiéndose,
sin mover una sola pestaña
creyendo, quién sabe, que morir es una cosa
tan deslumbrante, tan encantadora
como un callejón enorme
con una pequeña abertura en la esquina.


ME HE SENTADO A ESPERAR JUNTO A TU CAMA
el lugar donde tal vez quieras volver
aunque todo esté distinto ahora y tus vestidos
ya no se amontonen en el ropero
ni se escuche el silbato del afilador
a la mañana, temprano, con una música imprevista
como el verano recién llegado al patio, las islas
de luz haciéndose más anchas cada día
y tus flores recién cortadas
llenando los floreros de la casa donde crecimos
y vimos el agua entrar para llevárselo todo
y algunos años después, nos despedimos, junto a tu cama
mientras mirabas hacia arriba y el mundo se paraba
para no moverse nunca más.



Martín Vázquez Grillé (Buenos Aires, 1976), Pequeños botes cruzando lo negro del río. Viajero insomne. Buenos Aires. 2014. 

Anne Sexton | La música nada hacia mí




Anne Sexton | La música nada hacia mí
[traducción: Griselda García]


Espere, señor. ¿Para qué lado queda mi casa?

Apagaron la luz
y la oscuridad está moviéndose en la esquina.
No hay postes de señales en este cuarto,
cuatro mujeres, de más de ochenta,
cada una con pañales.
La la la, oh… la música nada hacia mí,
y puedo sentir la melodía que tocaban
la noche en que me dejaron
en este instituto privado sobre una colina.

Imagínelo. Una radio sonando
y todos aquí estaban locos.
Me gustó y bailé en un círculo.
La música se derrama sobre la razón
y, de un modo raro,
la música ve más que yo.
Quiero decir que recuerda mejor;
recuerda la primera noche aquí.
Era asfixiante el frío de noviembre,
hasta las estrellas estaban pegadas al cielo
y esa luna demasiado brillante,
pasando a través de los barrotes para pegarme
con un canto en la cabeza.
He olvidado todo el resto.

Me atan a esta silla a las 8 de la mañana
y no hay señales que indiquen el camino,
sólo la radio, sonando para sí misma,
y la canción que recuerda
más que yo. Oh, la la la
esta música nada hacia mí.
La noche en que llegué bailé un círculo
y no tuve miedo.
¿Señor…?



Music swims back to me


Wait Mister. Which way is home? 
They turned the light out
and the dark is moving in the corner.
There are no signs post in this room,
four ladies, over eighty,
in diapers every one of them.
La la la, oh music swims back to me
and I can feel the tune they played
the night they left me
in this private institution on a hill. 

Imagine it. A radio playing
and everyone here was crazy
I like it and danced in a circle.
Music pours over the sense
and in a funny way
music sees more than I.
I mean it remembers better;
remembers the first night here.
It was the strangled cold of November;
even the stars were strapped in the sky
and that moon too bright
forking through the bars to stick me
with a singing in the head.
I have forgotten all the rest. 

They lock me in this chair at eight a.m.
and there are no signs to tell the way,
just the radio beating to itself
and the song that remembers 
more than I. Oh, la la la,
this music swims back to me.
the night I came I danced a circle
and was not afraid.
Mister?



Anne Sexton (1928-1974). Traducción: Griselda García.


N.B.: Esta traducción está en constante revisión.

Anne Sexton | El beso




Anne Sexton | El beso

[traducción: Griselda García]


Mi boca florece como un corte.
Estuve equivocada todo el año, tediosas
noches, nada sino ásperos codos en ellas
y delicadas cajas de Kleenex llamando bebé llorón
¡bebé llorón, tonto!

Antes de ayer mi cuerpo era inútil.
Ahora está desgarrándose en sus esquinas cuadradas.
Está desgarrando los vestidos de la vieja Mary, nudo a nudo
y mirá: ahora está bombardeada con estos tornillos eléctricos.
¡Zing! ¡Una resurrección!

Una vez fue un bote, bastante rígido
y sin trabajo, sin agua salada debajo
y necesitada de pintura. No era más
que un conjunto de tablas. Pero la elevaste, la arreglaste.
Ella ha sido elegida.

Mis nervios están encendidos. Los oigo como
instrumentos musicales. Donde había silencio
los tambores, las cuerdas, están tocando sin cura. Vos hiciste esto.
Puro genio trabajando. Querido, el compositor ha entrado
al fuego.



The Kiss


My mouth blooms like a cut.
I´ve been wronged all year, tedious
nights, nothing but rough elbows in them

and delicate boxes of Kleenex calling crybaby

crybaby, you fool!

Before today my body was useless.
Now it´s tearing at its square corners.
It´s tearing old Mary´s garments off, knot by knot
and see -- Now it´s shot full of these electric bolts.
Zing! A resurrection!

Once it was a boat, quite wooden
and with no business, no salt water under it
and in need of some paint. It was no more
than a group of boards. But you hoisted her, rigged her.
She´s been elected.

My nerves are turned on. I hear them like
musical intruments. Where there was silence
the drums, the strings are incurably playing. You did this.
Pure genius at work. Darling, the composer has stepped
into fire.



Anne Sexton (1928-1974). Traducción: Griselda García.


N.B.: Esta traducción está en constante revisión.

Clínica de obra 2016


Ted Hughes | Poemas de animales



Ted Hughes | Poemas de animales

Traducción de Diego Alfaro Palma y Alejandro Crotto

Revista Hablar de Poesía



El pensamiento-zorro 
Imagino este momento del bosque a medianoche:
algo más está vivo
junto a la soledad del reloj
y esta página en blanco que mis dedos recorren. 
A través de la ventana no se ve ninguna estrella:
algo más cercano,
aunque profundamente dentro de lo oscuro,
está entrando en la soledad: 
frío y delicado, como nieve negra,
el hocico del zorro roza una rama, una hoja;
y dos ojos dirigen el movimiento que ahora
y nuevamente ahora, y ahora, ahora 
deja nítidas huellas en la nieve
entre los árboles; con sigilo una delgada
sombra pasa junto a un tocón; y en la cavidad
de un cuerpo que se atreve 
a atravesar los claros, un ojo,
un abierto y profundo verdor,
brillante, concentradamente,
se ocupa de lo suyo. 
Hasta que con un repentino, afilado y caliente olor a zorro
entra al oscuro agujero de la cabeza.
Sigue aún sin estrellas la ventana; suena el tictac del reloj,
está impresa la página.

The Thought-Fox// I imagine this midnight moment’s forest: / Something else is alive/ Beside the clock’s loneliness/ And this blank page where my fingers move.// Through the window I see no star:/ Something more near/ Though deeper within darkness/ Is entering the loneliness:// Cold, delicately as the dark snow,/ A fox’s nose touches twig, leaf;/ Two eyes serve a movement, that now/ And again now, and now, and now/ Sets neat prints into the snow/ Between trees, and warily a lame/ Shadow lags by stump and in hollow/ Of a body that is bold to come//Across clearings, an eye,/ A widening deepening greenness,/ Brilliantly, concentratedly,/ Coming about its own business// Till, with a sudden sharp hot stink of fox/ It enters the dark hole of the head.// The window is starless still; the clock ticks,// The page is printed.



Los caballos

Subí a través del bosque en la hora oscura antes del alba.
Un aire amenazante, una quietud de hielo; 
ni una hoja, ni un pájaro:
un mundo hecho de escarcha. Llegué a lo alto del bosque 
donde creaba al respirar figuras retorcidas en la luz de hierro.
Pero drenaban ya la oscuridad los valles 
y luego –ennegreciendo los vestigios grises– en la linde
del claro se abrió el cielo. Y vi entonces los caballos. 
Enormes en la espesa niebla –diez en total–
quietos como menhires. Respiraban inmóviles, 
sus crines lacias, sus precisos cascos angulados,
sin hacer ningún ruido. 
Pasé a su lado. Ninguno resopló ni giró la cabeza.
Fragmentos grises, silenciosos 
de un silencioso mundo gris. 
Y arriba en la ladera me detuve a escuchar el vacío.
Y el lamento de un pájaro mostró su filo en el silencio. 
De a poco era posible percibir detalles. Luego
brotó naranja, rojo el rojo sol 
en silencio, y rompiendo desde el centro una rasgada nube,
sacudió el fondo abierto, hizo ver el azul 
y los grandes planetas suspendidos.
Yo volví, 
tropezando en la fiebre de mi sueño, hacia el bosque
desde las cimas encendidas, 
a donde estaban los caballos. Ahí seguían,
ahora humeando y brillantes en la luz, 
sus lacias crines pétreas, sus cascos delicados
conmoviéndose en el deshielo mientras todo alrededor 
fulguraba en los fuegos de la escarcha. Pero seguían en silencio.
Ninguno hizo un sonido, 
con sus cabezas suspendidas, sin apuro, igual que el horizonte,
muy arriba del valle, bajo los altos rayos rojos. 
En las calles ruidosas, a través de los años, las personas,
ojalá pueda siempre recordar este sitio solitario 
entre los rayos y las nubes rojas, donde escuché los pájaros,
donde escuché durar los horizontes.

The Horses //I climbed through woods in the hour-before-dawn dark./ Evil air, a frost-making stillness,// Not a leaf, not a bird-/ A world cast in frost. I came out above the wood// Where my breath left tortuous statues in the iron light./But the valleys were draining the darkness// Till the moorline -blackening dregs of the brightening grey-/ Halved the sky ahead. And I saw the horses:// Huge in the dense grey ten together/ Megalith-still. They breathed, making no move,// With draped manes and tilted hind-hooves,/ Making no sound.// I passed: not one snorted or jerked its head./ Grey silent fragments// Of a grey still world.// I listened in emptiness on the moor-ridge./ The curlews tear turned its edge on the silence./ Slowly detail leafed from the darkness. Then the sun/ Orange, red, red erupted// Silently, and splitting to its core tore and flung cloud,/ Shook the gulf open, showed blue,/ And the big planets hanging/ I turned// Stumbling in a fever of a dream, down towards/ The dark woods, from the kindling tops,// And came the horses./ There, still they stood,/ But now steaming, and glistening under the flow of light,/ Their draped stone manes, their tilted hind-hooves// Stirring under a thaw while all around them/ The frost showed its fires. But still they made no sound./ Not one snorted or stamped,// Their hung heads patient as the horizons,/ High over valleys, in the red levelling rays// In din of the crowded streets, going among the years, the faces,/ May I still meet my memory in so lonely a place// Between the streams and the red clouds, hearing curlews,/ Hearing the horizons endure.
  

Para pintar un nenúfar

Las hojas verdes del nenúfar techan
el agua del estanque y son el piso 
del coliseo cruel de los insectos. Estudie
los dos aspectos de esta femenina planta. 
Primero observe atento las libélulas
que comen carne y pasan como balas 
o se suspenden en el aire para elegir su blanco;
otros insectos, no menos peligrosos, 
patrullan el zumbido de los árboles. Hay gritos
de batalla y gemidos de muerte en todas partes, 
pero son inaudibles y es por eso que el ojo
se admira al contemplar cómo dibujan 
arcoiris los cuerpos irisados o descansan
como gotas fundidas de metal enfriándose. 
Piense cuánto peor debe de ser
por debajo, en el lecho del estanque: 
una fauna de épocas prehistóricas
avanza por lo oscuro con sus nombres latinos. 
Casi no habido evolución ahí,
mandíbulas atentas por cabeza, 
ajenas a los siglos o las horas. Pinte
ahora la flor esbelta y frágil del nenúfar 
que participa de ambos mundos, pero puede
quedarse casi inmóvil, como un cuadro, 
aunque se posen las libélulas en él
y rocen su raíz esos horrores.

To Paint a Water Lily // A green level of lily leaves/ Roofs the pond’s chamber and paves// The flies’ furious arena: study/ These, the two minds of this lady.// First observe the air’s dragonfly/ That eats meat, that bullets by// Or stands in space to take aim;/ Others as dangerous comb the hum// Under the trees. There are battle-shouts/ And death-cries everywhere hereabouts//But inaudible, so the eyes praise/ To see the colours of these flies// Rainbow their arcs, spark, or settle/ Cooling like beads of molten metal// Through the spectrum. Think what worse/ Is the pond-bed’s matter of course;// Prehistoric bedragoned times/Crawl that darkness with Latin names,// Have evolved no improvements there,/ Jaws for heads, the set stare,// Ignorant of age as of hour-/ Now paint the long-necked lily-flower// Which, deep in both worlds, can be still/ As a painting, trembling hardly at all// Though the dragonfly alight,/ Whatever horror nudge her root.


Lucios

Lucios, ocho centímetros de largo, en todo
perfectamente lucios, oro atigrado en verde.
Desde el huevo asesinos, con expresión siniestra.
Se agitan en la superficie entre las moscas. 
O pasan admirados por su propia grandeza
sobre el lecho esmeralda, son siluetas
de un submarino, delicado horror.
Miden trescientos metros en su mundo. 
En los estanques, bajo las hojas del nenúfar
en el calor, la pesadez de su inmovilidad:
disimulados en las hojas muertas, negras del fondo
o en las cavernas ámbar de los juncos, al acecho. 
Los colmillos ganchudos que traban sus mandíbulas
y no serán cambiados a esta altura.
Toda una vida subordinada a ese instrumental.
Sus agallas moviéndose en silencio, sus aletas. 
Pusimos tres en la pecera un día, llena
de juncos; uno de ocho centímetros, los otros dos
de diez y once. Les dábamos de comer mojarritas.
Y de pronto hubo dos. Y después uno solo 
con la panza abombada y su expresión de siempre.
Y en verdad no perdonan a nadie.
Vi dos, de unos sesenta centímetros de largo,
varios kilos, secándose ya muertos en la orilla, 
uno embuchado hasta las branquias en el otro.
Y un ojo que miraba– como te atrapa un vicio.
El mismo hierro en su mirada
a pesar de la córnea reseca por la muerte. 
Yo solía pescar en un estanque de unos cincuenta
metros, cuyos nenúfares y tencas poderosas
habían durado más que cualquier piedra visible
del monasterio que las había sembrado. 
Era de una tranquila y legendaria hondura.
Hondo como Inglaterra. Y albergaba
un lucio tan inmenso y tan antiguo,
que yo no me animaba a ir a pescar si estaba oscuro. 
Pero en silencio comencé a pescar,
erizado el cabello en mi cabeza por eso que quizá
se pudiera mover, por el ojo que quizá se moviera.
El ruido amortiguado de las olas oscuras, 
los búhos ululándoles a las ramas flotantes,
me hablaban al oído sobre el sueño que algo oscuro
debajo de lo oscuro de la noche había liberado
y que emergía hacia mí, lentamente, buscándome.

Pike // Pike, three inches long, perfect/ Pike in all parts, green tigering the gold./Killers from the egg: the malevolent aged grin.They dance on the surface among the flies.// Or move, stunned by their own grandeur,Over a bed of emerald, silhouette/Of submarine delicacy and horrorA hundred feet long in their world.// In ponds, under the heat-struck lily pads-Gloom of their stillness:Logged on last year’s black leaves, watching upwards.Or hung in an amber cavern of weeds// The jaws’ hooked clamp and fangsNot to be changed at this date:A life subdued to itsinstrument;/ The gills kneading quietly, and the pectorals.// Three we kept behind glass,Jungled in weed: three inches, four,And four and a half: fed fry to them-/Suddenly there were two. Finally one// With a sag belly and the grin it was born with.And indeed they spare nobody./ Two, six pounds each, over two feet long/High and dry and dead in the willow-herb-// One jammed past its gills down the other’s gullet:The outside eye stared: as a vice locks-/ The same iron in this eye/Though its film shrank in death.// A pond I fished, fifty yards across,/ Whose lilies and muscular tench/ Had outlasted every visible stoneOf the monastery that planted them-// Stilled legendary depth:It was as deep as England. It heldPike too immense to stir, so immense and oldThat past nightfall I dared not cast// But silently cast and fished/ With the hair frozen on my headFor what might move, for what eye might move.The still splashes on the dark pond,// Owls hushing the floating woods/ Frail on my ear against the dream/ Darkness beneath night’s darkness had freed,That rose slowly toward me, watching.


El oso

En el abierto, vasto, dormido ojo de la montaña,
el oso es un destello en la pupila,
listo para despertar
y enfocar al instante. 
El oso está pegando
el principio al final
con pegamento de hueso humano
en su sueño. 
El oso está cavando
en su sueño
a través del muro del universo
con el fémur de un hombre. 
El oso es un pozo
demasiado profundo para brillar,
donde tu grito
está siendo digerido. 
El oso es un río
donde la gente al agacharse a beber
se ve a sí misma muerta. 
El oso duerme
en un reino de muros.
En una red de ríos. 
Es el balsero
al mundo de los muertos. 
Su precio es todo.

The Bear // In the huge, wide-open, sleeping eye of the mountain/ The bear is the gleam in the pupil/ Ready to awake/ And instantly focus.// The bear is glueing/ Beginning to end/ With glue from people’s bones/ In his sleep.// The bear is digging/ In his sleep/ Through the wall of the universe/ With a man’s femur.// The bear is a well/ Too deep to glitter/ When your shout/ Is being digested.// The bear is a river/ Where people bending to drink/ See their dead selves.// The bear sleeps/ In a kingdom of walls./ In a web of rivers.// He is the ferryman/ To dead land.// His price is everything.


Chaucer



“Whan that Aprille with his shoures soote
The droghte of March hath perced to the roote…”



A viva voz, encaramada encima de la pirca,
los brazos levantados –un poco por el equilibrio, un poco
por sujetar las riendas de la atención del público imaginario–
le recitaste Chaucer a un potrero de vacas. Entre el cielo
primaveral, fragante, y el esmeralda nuevo
de los espinos, los crataegus y endrinos,
un arrebato del champagne de tu espíritu puro.
Avanzaba tu voz por los potreros hacia el este,
perdiéndose. Pero las vacas te miraban
y se acercaron, les gustaba Chaucer.
Seguiste recitando y recitando. Te parecía
muy bien recitar Chaucer en el campo. Y llegaste
a la Viuda de Bath, tu personaje preferido
de toda la literatura. Estabas como en éxtasis.
Las vacas te rodearon arrobadas, empujándose,
para mirar tu cara, con bufidos
de admiración, atónitas, atentas,
moviendo las orejas para captar mejor
los mínimos matices, a dos metros,
con temor reverente. No podías creerlo. Y no podías
dejar de recitar. ¿Qué iba a pasar
si te callabas? ¿Te atacarían asustadas
por el silencio súbito, pidiendo más? Seguiste.
Y te miraban veinte vacas hipnotizadas.
¿Cuándo fue que dejaste de recitar? No lo recuerdo.
Supongo que las vacas se fueron tambaleándose,
los ojos dando vueltas, como si las atrajesen

con su ración de comida. Quizá
las alejé yo mismo. Pero tu alta interpretación de Chaucer 
era ya eterna. Lo que pasó después 
encontró mi atención demasiado ocupada 
y cayó en el olvido.


Chaucer // ‘Whan that Aprille with his shoures soote/ The droghte of March hath perced to the roote…’/ At the top of your voice, where you swayed on the top of a stile,/ Your arms raised – somewhat for balance, somewhat/ To hold the reins of the straining attention/ Of your imagined audience – you declaimed Chaucer/ To a field of cows. And the Spring sky had done it/ With its flying laundry, and the new emerald/ Of the thorns, the hawthorn, the blackthorn,/ And one of those bumpers of champagne/ You snatched unpredictably from pure spirit./ Your voice went over the fields towards Granchester./ It must have sounded lost. But the cows/ Watched, then approached: they appreciated Chaucer./ You went on and on. Here were reasons/ To recite Chaucer. Then came the Wyf of Bath,/ Your favourite character in all literature./ You were rapt. And the cows were enthralled./ They shoved and jostled shoulders, making a ring,/ To gaze into your face, with occasional snorts/ Of exclamation, renewed their astounded attention,/ Ears angling to catch every inflection,/ Keeping their awed six feet of reverence/ Away from you. You just could not believe it./ And you could not stop. What would happen/ If you were to stop? Would they attack you,/ Scared by the shock of silence, or wanting more –?/ So you had to go on. You went on –/ And twenty cows stayed with you hypnotized./ How did you stop? I can’t remember/ You stopping. I imagine they reeled away –/ Rolling eyes, as if driven from their fodder./ I imagine I shooed them away. But/ Your sostenuto rendering of Chaucer/ Was already perpetual. What followed/ Found my attention too full/ And had to go back into oblivion.

Traducción de Diego Alfaro Palma y Alejandro Crotto

http://hablardepoesia.com.ar/numero-31/capturar-animales/

Ted Hughes (West Riding of Yorkshire, 1930 - Londres, 1998)