Gary Snyder, Sin dejar la casa



Gary Snyder, Sin dejar la casa


Cuando Kai nace
Yo dejo de salir

Deambulo por la cocina – hago pan de maíz
No permito entrar a nadie.
El correo es escaso.
Masa yace sobre su costado, Kai suspira,
Non lava y barre
Nos sentamos y miramos
A Masa dando de mamar, y bebemos té verde.

Cuentas turquesa navajas sobre la cama
La pluma de la cola de un pavo en la cabecera
La piel de un tejón de Nagano-ken
Como colchón; bajo la sábana;
Un pote de yogur asentándose
Bajo las mantas, a sus pies.

Masa, Kai,
Y Non, nuestra amiga
En la luz verde del jardín reflejada
Sin dejar la casa.
Desde el amanecer hasta la noche tarde
haciendo un nuevo mundo de nosotros
alrededor de esta vida.



Not Leaving the House

When Kai is born
I quit going out

Hang around the kitchen – make cornbread
Let nobody in.
Mail is flat.
     Masa lies on her side, Kai sighs,
     Non washes and sweeps
We sit and watch
     Masa nurse, and drink green tea.

Navajo turquoise beads over the bed
A peacock tail feather at the head
A badger pelt from Nagano-ken
For a mattress; under the sheet;
A pot of yogurt setting
Under the blankets, at his feet.

Masa, Kai,
And Non, our friend
In the garden light reflected in
Not leaving the house.
From dawn till late at night
     making a new world of ourselves
     around this life.


Gary Snyder (San Francisco, California, 1930), Regarding Wave. New Directions Books. New York. 1970. Traducción: Griselda García. 


N.B.: Esta traducción se revisa cada tanto. En un tiempo puede cambiar.


Laura García del Castaño, El animal no domesticado



Laura García del Castaño, El animal no domesticado


Son católicos?
Lo crió una tía
Ayer preguntó por su hermano
Se la podrá teñir?
Me dijo de sacar del fondo la rosa oliva
Era hombre o mujer?
No se le puede mover el cuello
El martes cenamos en casa
Cuánto es todo?
Dejó de sufrir
Para qué lado sale el cortejo?
No tengo recibo
Se podrá cerrar la sala?
Tenía parálisis facial
Y la ropa?
No hay pasajes
Una mesita para el pastor
Siento un frágil aroma de otro mundo pero no alcanza
El recibo es para el subsidio
Altura aproximada?
Pasaremos toda la noche
Faltan atriles
Si vas traeme puchos
Hay alguna florería cerca?
Alguien sopla en la ceniza un posible fuego
Hay que corregir el certificado
Qué hablaron la última vez?
Yo pagué y digo que esa hija de puta no entra
Tendrás un cuchillo para cortar la pizza?
No tenía marcapaso
Cobraba hoy,se podrá hacer algo?
Estará con el nono
Soy el hijo
Seria mi cuñado
Era mi hermana
Es mi padre
Hay velas?
A qué hora lo llevan?
Tienen la boca abierta por la fuga del canto,del espíritu 
y del pájaro
Todavía no caigo
Firme aquí
Cuántos entran en el auto?
Estaba triste
No cierren hasta que venga mi sobrino?
Aceptan débito?
Pedimos por el eterno descanso
El domingo era el cumpleaños
En cinco cerramos
Que ni se le ocurra caer
Se envenenó con una rosa oliva
Fue un aborto
Tenía cáncer
La mató el marido
Lo fui a despertar y estaba helado
Dejó una carta
Las medias no van
El plan incluía el aviso
Pensamos que moriría él primero
Acá velan a Rossi?
Acaban de salir hace diez minutos
Qué poco lo tuvieron.

*-*

Suena Montaner en el teléfono de Marco
mientras arregla a una mujer pequeña
de aspecto apacible.
Afuera el marido camina como un leopardo
La bolsa tiene un vestido floreado, un saco de hilo y un gorro
Y cómo está? -me dice Marco
Linda -le contesto
Miro al techo
en línea recta al ataúd una lámpara y dentro
una mancha borrosa de insectos
Pienso entonces en el sentido de los velatorios
En seres cautivos dentro de sacos translúcidos
en la pequeña luz, no extinguida, que se refracta,
los distorsiona 
y se dispersa


Laura García del Castaño (Córdoba, 1979), El animal no domesticado. Pan Comido Ediciones. Córdoba. 2014

Jorge Ariel Madrazo, ¿Te ame una deidad de pie sobre las uvas?



Jorge Ariel Madrazo, ¿Te ame una deidad de pie sobre las uvas?


¿Te ame una deidad 
de pie sobre las uvas?
¿La preñen tus fémures dinásticos?
¿Arda Ella en deseos por tu
mortal gusano?
¿Y en náuseas por Adonis?
¿Quieres guardarla para ti solo
y el corazón por dentro refrescar?
Nada de mágicos conjuros ni
empollar fantasías como pájaros ni
-mucho menos- reptar el Partenón
en trance de delirio a
cuatro patas:
Ella -la diosa- a quien
todo gozo se debe humillar
es sirvientita y se llama Rosalía en esta
baja tierra
y aunque su novio (lacayo del tal Zeus)
te ha amenazado a sangre
y sevillana
las sábanas de amor de Rosalía
habrás de visitar
en esta noche misma. Así se pudran
tus huesos allí.
Y no temerle al rayo ni a nada.
A nada en este suelo de corteza
atroz.
A la sirvientita y diosa amarás
hasta que (entre jadeos) Ella
la Deidad
mande al demonio mismo
su divina arcilla
para adorarte al fin
-olvidada
de todo- 
con tal prosaica
olímpica
lujuria



Jorge Ariel Madrazo (Buenos Aires, 1931), Para amar a una deidad. Libros de Tierra Firme. Buenos Aires. 1998.

Francisco Madariaga, Criollo del universo



Francisco Madariaga, Criollo del universo


El blanco océano gira en mi corazón
mientras canta el otro océano de
plata amarilla, 
que se desprende de las aguas del sol.

Ya es muy tarde para ser sólo de una provincia, 
          y muy temprano para pertenecer, 
          todo, 
          al planeta del venidero y sangrante
          resplandor.

Oh, acude a mí, a mi jerarquía de peón del planeta, 
           gaucho con trenzas de sangre, 
           mi padre, 
y ensíllame el mejor caballo ruano del
            universo: 
para atravesar el agua de oro de la muerte, 
           y escucharme, 
           todo, 
           siempre en ti.

El blanco océano solloza por la inmortalidad.



Los viajes reales

Sólo los amores podían reclinarme sobre su propio arpegio real de inocencia y de incendio.
Los fuegos de las graciosas tristísimas cuyo rostro se enciende y se apaga a la entrada de los túneles con puertas de manzanos.



Canción

Ah pequeña pecosa,
tómale el agua al plátano.
Parirás con ese líquido en el fondo:
la palmera irritándote el iris
y el pájaro batiéndote en la boca
o en la nuca
recién arrodillada. 


Francisco Madariaga (Buenos Aires, 1927-2000) en "Criollo del universo y otros poemas". Centro Editor de América Latina. Buenos Aires. 1988.

Pablo Gabo Moreno, Tu rito



Pablo Gabo Moreno, Tu rito


Con pasión

Está por arrancar el segundo tiempo
y queremos decirles
que el primer tiempo fue muy pobre,
cero voltaje.
Hoy en el mano a mano
todos pierden con Trapasso.
Trapasso jugó dos
de los últimos diecinueve partidos,
y la bandera alusiva
siempre está:
"Trapasso, ¿para qué te trajimos?"


San Cayetano

Si Cristo no te ama
no esperes en el cobertizo,
vete a las vías de Liniers,
al lado del pasaje Roffo.

Ponte auriculares,
espera a que pase el tren
y que todos digan que te mató
la sordera
o que fallaron los frenos
como declararía el motorman.


Pablo Gabo Moreno (Caleta Olivia, 1974), Tu rito. Ediciones Marfil Seda. Buenos Aires. 2014.

Alexis Comamala, La noticia es el diluvio



Alexis Comamala, La noticia es el diluvio


abre la noche el agua
corona la tibieza llana, su lazo espejado

un río ya sin bordes

montañas de arena acaban con el tiempo
Walden ha comenzado a declinar en la ausencia del bosque

nada crecerá si no es regado por un dios



*-*

la sal revela
el habla extraña de la piedra

su cáliz celestial
entra y sale de los roces
decadentes
de fierros y sudores

lo que aprendió el carbón al quemarse
es cierta verdad sobre lo que acaba


Alexis Comamala (Córdoba, 1979), La noticia es el diluvio. Pan Comido Ediciones. Córdoba. 2014.

Irene Gruss, Tatuaje II


Irene Gruss, Tatuaje II


Versión de Irezumi *


Quizá sea
esa mujer recostada sobre un adolescente
que sufre por mí:
voy a casarme,
la tinta, la aguja
y el plumín
están listos
a un costado, y el viejo maestro
quiso tatuarme así
porque el método es
seguro.
El adolescente tiene
los ojos acuosos, apenas me muevo
o salto por el dolor que
inflinge el canuto de ganso en mi espalda,
como una uña, como incienso
encendido
él me mira
y me toca suavemente los codos.

Si quisiera salir de mi posición
el tatuaje demoraría
y con eso el casamiento: no debo
el futuro esposo
desea ver la espalda desnuda
con dragones dispuestos a lo largo
y flores de cereza, de lis, de manzana
y que mi perfume
se parezca al dibujo.
Quizá sea esa mujer
recostada sobre el adolescente.
El ardor no se soporta
y aquí abajo se trata
de una piel demasiado
tersa que
me ayuda a olvidar esta pluma quemada, persistente,
como pico de pájaro
lengua
o punta
lógica, líquida
sobre la espalda
no, aunque esté ya casi terminado
no voy a casarme
esperaré al aprendiz
del viejo
posiblemente
yo sea
lo que imagino.


 *Este film describe el tatuaje de una mujer a punto de casarse. Siguiendo esta antigua costumbre japonesa el artesano, como método personal, decide colocar debajo de ella a un muchacho, aprendiz del oficio, a efectos de terciar con el sufrimiento.


Irene Gruss (Buenos Aires, 1950), La mitad de la verdad, obra poética reunida 1982-2007). Bajo la luna. Buenos Aires. 2008

Sebastián Hernaiz, De pronto creo tener el tono de un poema...



Sebastián Hernaiz, De pronto creo tener el tono de un poema...


Casas

Zapatillas cuelgan
de los cables,
cruzan calles, me señalan
no sé qué.
En Pomar y Saenz, un cable viejo
sostiene dos zapatillitas de nene. Fumo
y las miro. También acá
hay cables que sostienen
zapatillas colgadas. Me fui
hace diez años, o más, y el azar
de una fiesta una noche me trae
de nuevo a la Pompeya esquina con Boedo.
Las calles empedradas no eran buenas, nostalgia
que deambula en los poemas. Ahora
veo pavimentaron la vieja cuadra en que viví. Camino
de la esquina de la panadería que a esta hora luce opaca
hasta la puerta de casa. Era chico y las cosas
ahora parecen chicas ellas. Un pequeño,
un personal lugar común. A la puerta del garage,
la madera clara, avejentada,
le pusieron un cartel de plástico
“Garage. Prohibido estacionar”. Cruzo,
el balcón tiene rejas que lo envuelven, podaron el árbol
que se colaba en verano a mi cuarto. Nunca me escapé
de mi casa. Era chico y el árbol tenía ramas gruesas,
me golpeaba la ventana. No sé. ¿A dónde
hubiera ido? Las ramas se escalonaban,
a dónde. Las rejas, el cartel
rojo y blanco en el garage, y dos motores
de aire acondicionado
rompieron las paredes. Ya no es mi casa,
cerró la tintorería de al lado, hay un locutorio
donde antes era la carnicería, y el mecánico de enfrente
se mudó a la vuelta, a un lugar más grande. Las zapatillas
cuelgan de los cables que cruzan calles. Chiquitas
de tela roja y goma blanca, tiemblan
con el viento que se lleva
el humo que aspiro. No hay casi tránsito
a esta hora. En la esquina me esperan mis amigos
y cerca hay una fiesta. El cigarrillo
no se acaba y lo tiro
a una zanja aunque no escuche
la brasa que se apaga.



Lectura

Para mañana despertar temprano, por eso de ir a trabajar,
la noche ya nos tiene hace largo rato acostados.
No dormimos, sin embargo, y le leo a mi chica
un poema. Sin importar de quién,
elijo un libro de una fila que se extiende
al borde de la cama. Contra la pared,
libros apoyados en el piso
que se hizo biblioteca al lado del colchón:
no sé cuál leerle, alguno corto,
alguno corto parece lo mejor. ¿Para qué
se le lee un poema a una chica,
en la cama, siendo tarde y que mañana hay que ir a trabajar?
Después de escucharlo, me abraza
y no dice nada. Su piel desnuda
me da calor, así, acurrucada, y sé que cierra los ojos,
quiere dormir. Sigo leyendo
los poemas del libro cualquiera, pero pierden gracia ahora
y los ojos empiezan a pesar, el velador encandila,
las letras adquieren un volumen difuso. De pronto
creo tener el tono de un poema; dejo el libro
tirado boca abajo, apago la luz y me duermo abrazado.



Un pino que en un bosque

El celular silenciado
en la mesa ratona del comedor.
Vos me agarrás de la mano y me hacés carita
con los ojos y me dejo llevar al cuarto.
Queda mi libro abierto sobre el sillón, un mate cebado
con la yerba flotando y la música
encendida de fondo.
Desde el cuarto ya no escucho
nada más del mundo. El teléfono recibe
mensajitos y una llamada lo desliza
vibrando sin ser oído
hasta caer para temblar en el suelo.



Sebastián Hernaiz (Buenos Aires,1981), El prejuicio del sexo. Ediciones VOX. Bahía Blanca. 2014.

Hernán Schillagi, como esas estrellas que portan un fugaz deseo...



Hernán Schillagi, como esas estrellas que portan un fugaz deseo...


la última espera

a veces cuando preguntaba
sobre esos puntos de luz
que aparecen sin orden con la noche y los grillos
a veces cuando mi voz temblaba oscura
bajo el cielo de noviembre
mi padre a veces sabía contarme
que los astros eran una naves lejanas
que atravesaban los canales de la galaxia
para decirnos sin más que la espera tenía un fin
que no éramos los únicos luego del estallido primero 
ese que nadie se atrevió a escuchar
miles de naves espaciales aproximándose
con esa lentitud que tiene el viento
para darle forma a las rocas

pero a veces cuando las preguntas
comenzaban a caer de mi boca de niño
como esas estrellas que portan un fugaz deseo
mi padre elegía cerrarse en el silencio
hasta hacerlo crecer entre las nubes
entonces el planeta suma de océanos y de tierra
se perdía para siempre en el barro de su soledad


el espacio exterior

buscamos sin suerte la cruz del sur en el verano
de un patio de provincia aparecen así las palabras
"meridiano" "coordenadas" "círculo polar" "astrolabio"
en fin navegantes telúricos de los doce tomos de la enciclopedia salvat
que le hablan a la noche como a esas latas de conserva perforadas
con un hilo anudado en el fondo para que del otro extremo
alguien reciba los temblores de nuestra desorientación
los errores sin límites que traspasan la resistencia de la atmósfera
y llegan hasta el vacío más lejano y secreto

mientras sobre la parrilla dos pedazos de carne
lanzan señales de humo hacia el firmamento
y esperan la dentellada certera que los haga desaparecer
de la apacible faz de la tierra


Hernán Schillagi (San Martín, Mendoza, 1976), Ciencia ficción. Libros de piedra infinita. San Martín. Mendoza. 2014.

Rafael Felipe Oteriño, Viento extranjero



Rafael Felipe Oteriño, Viento extranjero


Gallo ciego

Buscamos la forma verdadera de las cosas.
Manos aviesas nos hacen girar tres veces
e iniciamos la búsqueda por un extremo.
Avanzamos, tropezamos, ceñimos el aire,
y otras manos nos apuran
hacia un fondo que no está en nuestra alma.
Reiniciamos la búsqueda por otro extremo.
Un paso, otro paso, una avalancha de sombras
y el mundo entero que se deshace.
Hasta que el juego termina, arrojamos la venda
y sólo esas manos y el miedo eran lo real.


Dos fotografías

1. Fuera de foco


a Horacio Castillo

En esa fotografía estamos los dos fuera de foco.
Quien la obtuvo no fue hábil o un alma lo rozó por detrás.
Quizás se distrajo por la inminencia de nuestros próximos pasos.

Sí, tal vez esto último fue lo que ocurrió.
Porque yo iba a regresar, esa misma tarde, a casa
y vos emprenderías el viaje hacia una boca desconocida.

Es una imagen sabia, sin duda: una anticipación.
La lente captó lo que todavía no había ocurrido,
pero que ya estaba, en el orden de las cosas, por suceder.

La luz nos conduce desde muy lejos.
Insomne, quebradiza, desciende un telón rápido,
que parte en dos la tierra y a nosotros con ella.

Los dos, es cierto, permanecemos fuera de foco,
en una bruma que es una anticipación 
y que, para esta cabeza descarnada, es todo y nada a la vez.


2. Instantánea


a Javier Adúriz

Ahí estamos los dos:
yo, un poco más alto, porque tu cabeza
se inclina hacia la mía;
detrás, la escollera es un puente tendido
hacia algo que todavía no se ve.

Pasaron los años y continuamos ahí,
fijos ante la cámara, es decir, ante hoy,
señalando que el tiempo es ingrato
con sus hijos: los reúne
y los separa -metódico, inflexible-

sin levantar la voz ni oscurecer la tierra.


Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945), Viento extranjero. Ediciones Del Dock. Buenos Aires. 2014.

Alejandro Méndez, Pólder



Alejandro Méndez, Pólder


Ella


Descansa en el baño sólo unos minutos,
sentada en el inodoro. Las paredes descascaradas
y las cenizas que dejaron sus compañeras
mantienen la mente en blanco.

Luego retoma el trabajo, de pie junto a la máquina.
Suya es la mímesis respiratoria,
pero ajena la huida a paisajes más amables.

La vida en la fábrica es aturdimiento
y telas que se pliegan a su paso.

Tiene un estilo lacónico y la mano pesada.
Su heroísmo es moderado.
Hasta su queja es de viuda decorosa.

Aliada a su orgullo
en la bicicleta que la devuelve
cada tarde a mis brazos,
garabatea frases en una agenda.
y allí registra, íntima, su caída.



Atlas


Primera vértebra cervical, el cuello,
columna que recibe el peso.
Toneladas. Una vena en relieve,
el rojo furioso y la voz, ¡ah, la voz!

La precisión del aire
en la estampida de vocales
sostiene en su espalda el cielo,
la bóveda completa.

De reojo, la estructura ósea
y sus tatuajes tumberos.

Recién salido de la cárcel,
me dice que lo agarraron en Suiza
con una Biblia falsa y la droga adentro.

Relata el infierno cual viñeta alpina,
coronada por una cruz celta,
en la orilla izquierda del Ródano.

Pone una pastilla en mi trago,
y me lleva en andas a la cama.

Roba lo que encuentra,
los billetes entre las medias,
algunos alimentos terrestres,
toda la música.


Alejandro Méndez (Buenos Aires, 1965), Pólder. Bajo La Luna. Buenos Aires. 2014.

Santiago Sylvester, Los casos particulares


Santiago Sylvester, Los casos particulares


(peripecia del cuerpo)


El cuerpo es exigente: reclama, ofrece prestaciones, y ahora
me doy cuenta de que elige sólo a medias:
                                                                    sin embargo,
en él está lo que gano y pierdo: vértigo de lo que llega,
descarte de lo que sobra y
perpetuamente sobrará.


                                             La memoria
forma parte del cuerpo: no difieren naturaleza y cultura: todo
en este caso es todo, pero no con el fastidio ontológico sino
con la contundencia del verbo estar.
                                                            La voz, el entusiasmo,
forman parte del cuerpo como la mirada forma parte del
ojo: no hay separación que valga.


Un cuerpo sano o enfermo es igualmente el cuerpo, incluso
la cicatriz;
la caída de un diente, un moretón, son tan cuerpo como la
punta de los dedos:
hasta lo que puede ser cortado, uña, pelo o pellejo, que es
donde más se esmera porque ahí
puede desaparecer.


El enigma que circula por el cerebro, lo intenso del tendón
y resueltamente el sexo: cada tarea
pregunta qué vino mi cuerpo a decir de mí, cuál es la
justificación que me rodea:
el cuerpo, el exigente.


                               Con él
me siento en confianza, no sé si en calma:
un ojo cerrado, el otro abierto,
como el animal que se tiende al lado de su dueño y se duerme,
y sospecha que por ahora todo está bien.




(¿hablando solo?)


En lo mejor de la charla,
vienes a decirme que se ha ido: a dónde se va a ir
con lo que le gusta mirar por esta ventana del café:
no va a dejarme con la palabra en la boca, siendo gente de 
buena educación:
no va a dejarme hablando solo.

Sin embargo, hay enigmas en todas partes: lo que se va y no
desaparece, lo que desaparece y sigue por aquí:
también los amigos tienen su enigma,
además del enigma mayor: que no haya nada que entender.

Estas cosas suceden según lo previsto, y no hablo de asuntos
pendientes o lo que sirva para teorizar: ninguna teoría
sino pura práctica: aquí estuvimos y seguimos con la lógica
confusa en la que suelo estar,
y no vengan con noticias raras:

                                                  decir que estoy hablando solo
es no saber nada de la conversación.



a Javier Adúriz
(1948-2011)


Santiago Sylvester (Salta, 1942), Los casos particulares. Ediciones del Dock. Buenos Aires. 2014.

Anahí Mallol: Como un iceberg

Anahí Mallol: Como un iceberg. Paradiso. 2013.

Habla para que pueda escribir-te

Riesgos de un libro de poemas de amor: ser llorón, obvio o meloso, exacerbar lo sexual, ostentar la disparidad de los vínculos, exhibir la soledad. No es el caso de Como un iceberg, último libro de Anahí Mallol. ¿Poemas a, de, sobre, desde el amor?
Cada texto está trabajado al modo de un artesano que al quitar materia hace surgir la forma real. Como un iceberg, la poesía sólo muestra su verdadera naturaleza si nos animamos a ir más allá de la superficie. Tomemos, por ejemplo, este “iceberg”: “sorprendente y hermoso/ como un iceberg/ descubrir/ una nueva forma del amor/ en la maravilla del cuerpo: / cuando él llora/ de la punta de los pechos brota/ una forma/ perfecta de consuelo/ una leche/ blanca y dulcísima”. Notable economía de palabras con la que el poema revela su alcance mucho más allá de lo que dice. Buena ocasión para recordar uno de los acápites del libro: alude al Kāma-Sūtra, de Vātsyāyana (en sánscrito: kāma: placer sexual y sūtra: hilo, frase corta: aforismos sobre el placer sexual): “No se logra hacerse amar sino dependiendo de las palabras”. En el capítulo cuarto de ese antiguo texto indio (“Sobre las cosas que debe hacer el hombre para conquistar a la mujer y también sobre lo que debe hacer una mujer para conquistar y mantener a un hombre a su lado”), se hace énfasis en la importancia de la conversación. Un hombre nunca conquistará a una mujer sin invertir una gran cantidad de palabras. “Habla para que te conozca”, sí, y también: habla para que pueda escribir-te. Los hombres a veces hablan y a veces dicen cosas. Mallol captura el discurso masculino y lo pasa por su tamiz. Por ejemplo, cuando un hombre pregunta qué quiere una mujer: “¿me preguntás qué quiero?/ quiero tomar tu cara/ con mis dos manos/ que sientas/ fuerte mis manos chicas/ sobre tus mejillas suaves afeitadas/ quiero mirarte fijo y derecho a los ojos/ para que puedas/ de ahora al final/ reconocerte en los míos/ para que en adelante ya no sea posible/ escucharte decir esas cosas”. Si se tratara de otro libro, podría pensarse con cinismo en una versión femenina de: “Me gustas cuando callas…”. Moraleja: el reflejo en los ojos adecuados vuelve vana la pregunta. 
Con una pasión sin estridencias, los textos están hilvanados por un amor calmo y articulados por un yo que es uno y varios recorriendo las distintas instantáneas: el aire zen de esa arquera amorosa, niños-grandes que juegan con pueril seriedad, un abrazo que no llega en la oscuridad de la noche, el cuerpo enfermo de un hermano, un hombre y una mujer que tuvieron –quién lo diría- sus años felices…
La falta de mayúsculas y la ausencia casi total de puntuación no representan problemas, ya que, como recursos, están elegidos a conciencia. Los cortes de versos, en cambio, generan una tensión en la sintaxis que entrecorta un poco el ritmo de lectura. Estas elecciones enrarecen un clima que, de otro modo, correría el riesgo del azucaramiento debido a las características del tema.
Las ilustraciones de la artista Gabi Rubí remarcan cierto tono de infancia que se prolonga en la adultez. La idea de juego insiste en varios momentos. La ternura, plena en este libro, en el mundo adulto se omite o censura y en cambio se exalta su fracaso: la crueldad. Un gesto tierno no sólo vuelve deseable al que lo muestra, como señala Mallol, si no que marca un camino posible: el único que vale la pena transitar.


Griselda García

Se permite la reproducción de este trabajo citando la fuente y esta dirección: http://griseldagarcia.blogspot.com  

Silvia Camerotto, La grosse fugue.


Silvia Camerotto, La grosse fugue. Ediciones Del Dock. 2012.

En La grosse fugue Camerotto desacraliza los temas prestigiosos -que abundan en la poesía- e incluye lo cotidiano en su registro: “Bajo el discreto encanto de la pantalla japonesa/ de la cocina escribo/ la lista del supermercado” (“Continuum”, p.20). “Bajo el encanto de una ristra de ajos/ agotamos los cuerpos” (“Fiesta”, p. 26). Estudiar medicina implica no menos perseverancia que esa mano que baja y sube sobre la tabla de picar. (“Fuga”, p. 24). Pero lo cotidiano es cotidiano y ya… ¿qué es lo que distingue a estos poemas? Hay que seguir buscando en el universo emocional de esa voz poética que a veces se incluye en un nosotros, y otras interpela a un tercero.
Enchastre, traición, perseverancia: una rejilla hacia donde todo escurre. El marco, una casa extrañada, en la que todo está corrido de lugar, sucio, donde los huevos se fríen en un maelstrom, la fruta se pudre, y el café chorrea sobre los zapatos… este desfasaje parece decir que si hubo algo bueno, ya pasó. “Ayer festejamos a Baco/ Ahora, el televisor encendido trae el invierno/ y la lluvia deja tu nombre” (“En el nombre del padre”, p.21); “Limpio las costras de la fuente/ Sonrío/ Él todavía era joven y bello.” (Continuum”, p.20). Además, todo está fuera de tiempo: si se llega a esa casa para fugarse de toda realidad, qué peor que el otro diga: “Voy a comprar un reloj.” (“Tempo”, p. 23). No entendiste nada o el desencuentro es feroz.
En la presentación del libro le preguntaron a Camerotto por el origen del título. Ella dijo que había estado escuchando esa obra de Beethoven mientras escribía los poemas. Dada la complejidad de su técnica, los críticos consideran a La grosse fugue una de sus piezas más inaccesibles. Algo de esa complejidad pudo haberse filtrado al libro, ya que por momentos su entramado resulta arduo de penetrar. Eso podría ser un filtro para lectores desatentos. Para los que nos gusta el lío, este tipo de poemas incita nuestra curiosidad. Y en definitiva les estamos agradecidos porque nos hacen ir en profundidad.
El libro de Camerotto comienza con la palabra “aprovecho” y termina con “fuego”. Propongamos, entonces, un carpe diem recargado: aprovechá el fuego.
  

Griselda García

Se permite la reproducción de este trabajo citando la fuente y esta dirección: http://griseldagarcia.blogspot.com